Mostrando entradas con la etiqueta gestión cultural. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gestión cultural. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de junio de 2021

Sin lo diverso no existe lo homogéneo. Carlos Lara G.

Sin lo diverso no existe lo homogéneo 

Sobre la ciudadanía cultural, a propósito de Carlos Monsiváis 

En febrero de 2008, Carlos Monsiváis, en uno de sus artículos publicado en la revista Nexos, intitulado Tres aproximaciones a la cultura (si esta se deja), expuso un esclarecedor acercamiento a lo que denominó “Las ciudadanías culturales en el siglo XXI”. El contexto por el que atravesaba el país era, entre otros, el de la todavía alternancia en el poder, el tripartidismo en el Poder Legislativo y el ascenso de algunas pequeñas expresiones políticas que comenzaron a crecer en las axilas de la transición. La izquierda aún resentía aquella enorme desilusión que fue el hecho histórico de que la salida del autoritarismo en el país se hubiera dado por el centro-derecha y el PAN, y no por una izquierda. Se discutía la reforma constitucional que establecería un año más tarde el derecho a la cultura en la Constitución. Esto es, el derecho de acceso a la cultura y el ejercicio de los derechos culturales, que no era una realidad aún. Tampoco lo era la reforma constitucional que cambió el paradigma de los derechos humanos en méxico, que vendría tres años después a modificar la antropología jurídica de la cultura.
En ese contexto se preguntaba ¿Qué es ciudadanía cultural? Y señalaba que era una definición sucinta de un término sujeto a debate en Estados Unidos, concebida como la pertenencia de una comunidad a la que integran los gustos, las prácticas y las sensibilidades compartidas. Decía que esto, idealmente se daba en torno a las creaciones más notables de la especie humana, o bien, desde una perspectiva antropológica, en torno a los modos de vida. Recurría a Renato Rossaldo para argumentar que desde el carácter global de las disciplinas científicas, éramos, somos o podíamos ser ciudadanos culturales: “se extraiga poco o bastante de esa identidad, se adscriba uno o no a un plan de prácticas, por lo común ligadas a las artes y las humanidades de la tradición de Occidente, pero ya también, y de modo creciente, a las tradiciones de Oriente y, apenas, a las del mundo africano”.
Sostenía que si la definición de ciudadanía cultural abarcaba el disfrute y difusión de bienes básicos (en otras palabras, el acceso a la cultura, el ejercicio de los derechos culturales y la participación en la vida cultural de la comunidad), los primeros obstáculos, decía, para esa ciudadanía, serían la desigualdad y las costumbres del uso del tiempo libre, ahora a cargo de las denominadas industrias culturales. En efecto, dichos obstáculos están condicionados cada vez más por el desarrollo tecnológico, la conectividad y el consumo cultural algorítmico, puesto que la convergencia digital de estos tres elementos que hacen posible el consumo cultural, determinan el uso del tiempo libre de forma desigual.  

Como sabemos, Monsiváis solía pontificar, no solo el fundamentalismo de la derecha por carecer de de ideas, sino también la vulgarización dogmática de la izquierda. No sé qué pensaría del actual gobierno federal, del desmantelamiento cultural que vive el país, si tendría mayor incidencia moral que Elena Poniatowska y adláteres luego de que, según pudo atestiguar (por lo menos en la teoría), la renovación del canon cultural, simpatizaba mayoritariamente con el centro-izquierda. Por lo menos era bilingüe, solía decir. En verdad me hubiera gustado saber su punto de vista en relación a esto que ha dicho de forma inmejorable Guillermo Sheridan acerca de la rareza de nuestro país, fundado por curas que querían ser presidentes y que ha terminado bajo el poder de un presidente que quiere ser cura.
Murió sin atestiguar los avances jurídicos en materia de acceso a la cultura, el ejercicio de los derechos culturales y el desarrollo de los derechos humanos en general, a partir de las reformas constitucionales antes señaladas, que este mes cumplen diez años. Una década en la que hemos visto avanzar lo que en su tiempo se combatía; la diversidad cultural y la homogeneidad. Dos de sus banderas. Aún a pesar del anacrónico gobierno mal llamado de izquierda que ejerce lo peor de las ideas de los años setenta en el país. Ejemplo de ello, es la unidad nacional y ese discurso chafarrinoso que le rodea. Fuera de eso, muchas cosas han cambiado. La fe católica, por ejemplo, la raza que, ya no solo se admite una sola; tampoco una sola pigmentación reconocida como propia, mucho menos un género dominante. En la actualidad superamos la legislatura de la paridad a nivel federal y en varios estados, lo mismo que el número de gobernadoras en el país, que ha crecido de forma notable y plausible. Me encantaría decir que ya no hay un solo partido único y hegemónico, pero es de las cosas que se empeña el actual presidente en mantener. El patriarcado tampoco es lo mismo, cada vez tiene menos influencia en la desaprobación familiar y en la vida social. Y qué decir de la llamada moral y las buenas costumbres, y de las minorías sexuales, un sector que hasta hace poco no tenía derechos ni humanidad reconocida.
Los retos para la alianza opositora en la Ciudad de México
Todo lo anterior representa un reto enorme para la Alianza Opositora de la Ciudad de México que gobernará los próximos tres años, porque la ciudadanía cultural se ejerce, entre otros en los espacios culturales públicos. Existen poco más de 260 espacios de esta naturaleza en las 16 Alcaldías de la ciudad, de acuerdo al Sistema de Información Cultural de la CDMX. Dentro de la infraestructura básica se contabilizan 162 museos más de 160 teatros y poco más de 340 bibliotecas. Además de los centros, foros y espacios culturales que cada alcaldía tiene, algunos propios, otros universitarios y otros más privados que, independientemente de eso, comparten agenda. En ambos tipos de infraestructura cultural la Alianza Opositora integrada por el PAN, el PRI y el PRD, tendrá la gestión del mayor número de espacios destinados al fomento y promoción del arte y la cultura. Y, al margen del historial político de cada partido, es una alianza integrada por quienes han desarrollado la creación de instituciones artísticas y culturales, la legislación y consolidación del derecho a la cultura y los derechos culturales en la Constitución, la creación de la Secretaría de Cultura, el presupuesto más alto de la historia para la cultura y las artes, la creación de la política cultural de estímulos fiscales para el fomento al arte y la cultura. Todo lo que la alianza gobernante ha estancado, eliminado y desestabilizado. 
Monsiváis consideraba que de modo fundamental la cultura dependía de los sistemas educativos, en especial, de la enseñanza superior. Digamos que es uno de los ámbitos mediante los cuales se garantiza, ya que por el derecho a la educación aprendemos leer y a escribir, en tanto que por el derecho a la cultura aprendemos a pensar. Es aquí donde, bajo mi particular punto de vista, residen las bases de la denominada ciudadanía cultural que ejercemos en el marco de, entre otros tantos, el derecho a participar en la vida cultural de la comunidad, un derecho que comporta por supuesto, una contribución a la misma. 
Es aquí donde debemos repensar muchas cosas que hace apenas diez años eran una suerte de requisitos previos a la convivencia. Por ejemplo, “el amor que no puede decir su nombre” del que hablaba Monsiváis, o la tendencia de los jóvenes gays y lesbianas de informar a sus padres sobre su orientación sexual, que ya no es una práctica reservada a las grandes ciudades como a él le tocó observar y analizar; desigualdades que solo han podido ser superadas por la vía del ascenso jurídico. Hoy, el qué dirán está infravalorado y en la explosión demográfica los comportamientos legales, como bien afirmaba, se vuelven legítimos, y viceversa. Los próximos gobernantes de las 16 alcaldías, en particular quienes integran la Alianza Opositora, deberán entender que la renovación del canon cultural donde se enmarca al ciudadanía cultural, ya no simpatiza de forma mayoritaria sólo con el centro-izquierda; que ha dejado de ser bilingüe, que es políglota. Que habitamos una entidad federativa que ha decidido llevar el derecho a la ciudad, de una categoría sociológica a una categoría jurídica en su Constitución. Y que si algo se había venido combatiendo de forma injusta durante mucho tiempo, era la diversidad, olvidando que sin lo diverso no existe lo homogéneo, como acertadamente sostenía Carlos Monsiváis.

miércoles, 24 de marzo de 2021

El derecho a la cultura y el derecho a la salud

El derecho a la cultura comporta el acceso a la seguridad social de los agentes culturales 

 Carlos Lara G.
José Manuel Hermosillo

Una de las muchas enseñanzas que nos ha dejado la pandemia es la necesidad de robustecer los sistemas de salud para la prestación de este derecho fundamental. En el caso de los agentes culturales, entiéndase creadores y promotores del arte y la cultura, ha sido de los sectores más afectados por el Covid 19. Es por ello que, a partir de la sentencia lograda por las personas trabajadoras del hogar, hacemos el siguiente planteamiento en las mesas de negociaciones con el área de Normatividad y la Coordinación de Afiliación al IMSS.

En esta peregrina idea de facilitar el acceso a la seguridad social a los creadores y promotores de bienes y servicios culturales, resulta peligroso confundir al trabajador independiente, con las garantías que todo trabajador tiene a la seguridad social frente al Estado. Aún más peligroso es el hecho de desconocer el carácter de prioritario que esta actividad económica representa para el desarrollo social. Con lo que el Instituto Mexicano del Seguro Social ha hecho hasta el momento, podemos decir que se equivoca al pretender incluir al sector cultural, a través del modelo de incorporación voluntaria establecido por el Instituto, al Régimen Obligatorio que presta. Lo primero que debemos entender es que el Estado tiene obligaciones constitucionales inmediatas, a partir de la sentencia emitida por la Corte, en el caso de las personas trabajadoras del hogar, respecto al derecho a la seguridad social. Es clara en el sentido de que debe garantizar el ejercicio de ese derecho sin discriminación alguna; con igualdad de derechos de hombres y mujeres; y la obligación de adoptar medidas para lograr la cabal aplicación del referido derecho a la seguridad social.

Dicho de otra forma, dentro del núcleo esencial o niveles mínimos indispensables del derecho humano a la seguridad social, la sentencia establece que el Estado “debe asegurar el derecho de acceso a los sistemas o planes de seguridad social sin discriminación alguna, en especial para las personas y los grupos desfavorecidos y marginados”. Para los trabajadores del arte y la cultura, el derecho a la seguridad social es importancia fundamental para garantizar su dignidad humana. Es un derecho que todo trabajador debería tener, situación que en la práctica no siempre. 

La cobertura voluntaria, de acuerdo con la OIT, "carece de efectividad, toda vez que recaería en los trabajadores del arte y la cultura la difícil tarea de convencer al empleador para inscribirse en el Seguro Social". (Véase el Informe 319 sobre Libertad Sindical emitido por el Comité de la OIT)

En cambio, "el carácter obligatorio de la afiliación juega un papel fundamental para la extensión de la cobertura". El Estado debe generar el régimen de seguridad social para atender las distintas necesidades del sector cultural, incluidos los grupos vulnerables o marginados. 

La propuesta que hacemos en este importante tema, no olvida por supuesto que el Estado cuenta con un margen de discrecionalidad o libertad configurativa necesaria para determinar, conforme a los recursos que disponga y frente a sus circunstancias específicas, las distintas maneras en que los trabajadores del arte y la cultura puedan acceder a la seguridad social, acorde a los diversos planes, regímenes o políticas públicas existentes. Lo anterior, atendiendo a la trascendencia sistémica y estructural del problema de discriminación detectado en los trabajadores del arte y la cultura, así como a la obligación derivada del artículo 1º Constitucional, lo procedente es poner a conocimiento del IMSS la discriminación que genera el excluir a los trabajadores del arte y la cultura del régimen obligatorio del Seguro Social, así como la ineficacia del diverso régimen voluntario de seguridad social para tutelar, adecuadamente y de manera digna, el derecho humano a la seguridad social de este sector estratégico para el desarrollo. 

Asimismo, para guiar la instrumentación de la política pública que deba emprenderse para solventar el referido problema de seguridad social, se plantea al IMSS que, dentro de un plazo prudente, y solicitando para ello las partidas presupuestales que se estimen necesarias en el ejercicio fiscal que corresponda, implemente un programa piloto que tenga como fin último, diseñar y ejecutar un régimen especial de seguridad social para los trabajadores del arte y la cultura, con base en los siguientes lineamientos:

i. El régimen especial de seguridad social debe contar con condiciones no menos favorables que las establecidas para los demás trabajadores;

ii. deberá tomar en cuenta las particularidades del trabajador del arte y la cultura;

iii. debe resultar de fácil implementación para los patrones;

iv. no puede ser de carácter voluntario, sino obligatorio;

v. debe ser viable para el IMSS, desde el punto de vista financiero; y

vi. se deberá explorar la posibilidad de facilitar administrativamente el cumplimiento de las obligaciones que deriven de este régimen a los patrones.

No está de más argumentar que la Suprema Corte de Justicia de la Nación considera que la finalidad de los anteriores lineamientos o directrices estriba en que, también mediante un programa piloto, el IMSS, acorde a sus capacidades técnicas, operativas y presupuestales, se encuentre en aptitud de proponer al Congreso de la Unión las adecuaciones normativas necesarias para la incorporación formal del nuevo sistema especial de seguridad social para los trabajadores del arte y la cultura en forma gradual y, en ese sentido, se logre obtener la seguridad social efectiva, robusta y suficiente a la totalidad de los trabajadores del arte y la cultura.

 

jueves, 18 de febrero de 2021

El patrimonio sensorial y los sonidos del campo. Carlos Lara G.

A simple vista puede parecer absurdo hablar de una valoración jurídica del patrimonio sensorial, pero no lo es. Tengo la fortuna de poder visitar cada año la zona del mediterráneo español, la región de La Mancha y otras maravillosas comunidades cuya gastronomía, paisajes, oficios y formas de vida, ayudan a entender la relevancia de esta categoría del patrimonio natural. 

Puertas al campo

Hace aproximadamente un año, en una isla de la costa atlántica francesa llamada Saint-Pierre D'Oleron, que se ha convertido en un apacible destino de casas de campo, un gallo de nombre Maurice ganó una batalla legal por su derecho a seguir cantando. También podría parecer absurdo, lo sé, pero no lo es. La corte francesa le otorgó, mediante un fallo judicial su derecho a cantar, luego de un juicio que movilizó a la sociedad francesa a nivel nacional, poniendo de relieve las tensiones, cada vez mayores, entre lo urbano y lo rural. La batalla inició en 2017 a partir de las quejas de un grupo de vecinos que no soportaban el canto del gallo que comenzaba a las 4:30 de la mañana y continuaba a lo largo del día hasta entrada la noche. El caso escaló a la Corte al mismo tiempo que las redes sociales lograban conseguir 140 mil firmas, que defendían, además del gallo, el tipo de vida rural en esas comunidades. Y así fue. La sentencia del tribunal sostuvo que el campo debía permanecer tal y como es y no debían silenciar sus sonidos. Un criterio acertado sin duda, ya que de lo contrario pudo haber sentado un mal precedente para el resto del ecosistema del campo. La decisión del tribunal, no solo libró a la dueña del gallo de pagar costosas multas, como lo exigían los demandantes por considerar que perturbaban la calma del sitio, sino que el fallo en su favor vino acompañado de una indemnización que debieron pagar los propios querellantes por los daños causados, tanto a la dueña del gallo como al ave. 

Un año después, en enero de 2021, el parlamento francés aprobó la protección de los sonidos y olores del campo como “patrimonio sensorial”, desde el canto del gallo y las campanadas de las iglesias, hasta los efluvios de los establos, bajo el criterio de que forman parte del entorno tradicional de un territorio y son indispensables para el equilibrio social y económico de estas pequeñas comunidades. En la exposición de motivos, se estima además que el reconocimiento de esos sonidos, olores e identificación como elementos integrales de los territorios rurales, permitirá frenar posibles actos contenciosos entre vecinos. Es interesante que, en el caso de las campanas de las iglesias, los alcaldes de cada ayuntamiento son quienes deberán conciliar el orden público con el respeto a la libertad de culto. Llama mi atención este punto ya que en México, luego de la aprobación de las Leyes de Reforma en el siglo antepasado, comenzamos a ver en diversos templos, incluso en aquellos que son patrimonio histórico, un reloj adosado en la parte frontal superior, cuyo mensaje simbólico era precisamente que a partir de esas reformas, cuyo principal fundamento fue la separación de la iglesia y el Estado, el tiempo sería dictado por el poder civil, ya no por el poder religioso. Sin embargo la tradición fue más poderosa. De hecho, en casa de mis padres, se siguen escuchando las campanas de la iglesia, solo que a través de bocinas y un regulador de decibeles. Volviendo al caso, creo que lo más relevante del fallo es que ofrece una primera base jurídica para el desarrollo de la mediación.

Hace unos años visité la ciudad francesa de Grasse, conocida como la capital internacional de los perfumes, aproveché para recorrer también los bellos alrededores de la Provenza-Alpes-Costa Azul, bordeando el Mediterráneo en tren. Lo único que puedo decir es que comencé a entender la relevancia del patrimonio sensorial. De hecho, una de las cosas que más me agrada del Tour de Francia, son las espléndidas imágenes aéreas que muestran maravillosos campos, extensos valles, cristalinos ríos y vastos territorios agrícolas bien ordenados. Pese a lo rápido de las tomas, se aprecia el entorno de la vida campirana de esas comunidades. Es entendible también a la distancia, la lucha altermundista que encabezó el legendario Josep Bové hace más de 20 años, quien en su etapa de agricultor y sindicalista llevó a cabo la destrucción de un McDonald´s con la ayuda de sus seguidores, en protesta por las importaciones del gobierno que afectaban la producción y el consumo local. 

El derecho a la ciudad y a la vida de pueblo

Es verdad que el denominado derecho a la ciudad comienza a ser una categoría jurídica además de sociológica, que en este momento tiene al menos tres características esenciales, la un derecho complejo, colectivo y emergente. El término, acuñado en el año 1968 por el filósofo y sociólogo francés Henri Lefebvre, quien lo definió como “(...) el derecho a la vida urbana, transformada, renovada”, en sus antecedentes estuvo también ligado a las reflexiones filosóficas. Su desarrollo en el ámbito jurídico se ha dado en los debates promovidos por la Coalición Internacional para el Hábitat, ONU hábitat, los diversos movimientos sociales y las ciudades interesadas en este derecho. En términos generales hay un cierto consenso en que el Derecho a la Ciudad se manifiesta a través del derecho a la libertad; al desarrollo de la individualidad en la sociedad, el hábitat y la población de la ciudad; el derecho a participar y a apropiarse en términos diferentes a la propiedad privada; la movilidad, el medio ambiente… Plantea el acceso a la ciudad como una integralidad de bienes, servicios y oportunidades que permiten el ejercicio pleno de la ciudadanía. Podemos decir que el Derecho a la Ciudad está conceptualmente vinculado al ejercicio pleno de la ciudadanía entendida como la realización de todos los derechos humanos y libertades fundamentales, asegurando la dignidad y el bienestar colectivo de los habitantes en condiciones de igualdad y justicia, así como al pleno respeto a la producción social del hábitat. (Véase Carta mundial por el Derecho a la Ciudad: articulo II) 

Así las cosas, si interpretamos la resolución de la corte francesa y tomamos en consideración la incorporación de los sonidos y olores del campo a la legislación, podríamos decir que estamos ante especie de Derecho a la Vida de Pueblo, encaminado a no permitir su urbanalización. Sí, esta peculiar resolución de la corte francesa nos recuerda que a la naturaleza hay que imitarla, no transformarla. Es un llamado a volver a hacer simbiosis con ella y no tanto con la tecnología, a valorar el estar juntos y no solo el estar conectados, porque es verdad ese popular adagio que sostiene que lo que el hombre hace, el hombre deshace.

La foto que ilustra este texto es de la artista Carmen Maturana.

jueves, 28 de enero de 2021

La servucción en la prestación de bienes y servicios culturales. Carlos Lara G.

La Servucción es necesaria como estrategia de gestión cultural. Particularmente en momentos de crisis como el que estamos viviendo, pero más aún en un país donde el gobierno se desentiende de la cultura, descalifica a la sociedad civil organizada, desaparece mecanismos financieros de participación público privada y apuesta por un solucionismo populista que no ha podido estar a la altura de las circunstancias. Un gobierno donde fallar es cuestión de método. En días pasados circuló una nota en el diario Reforma sobre la renta (otra vez), de la Biblioteca Vasconcelos para la realización de escenas de una narco serie sobre la corrupción en México. El señalamiento es por la violación al Reglamento General de Servicios Bibliotecarios, que establece que estos recintos no pueden ser usados para otros fines que no sean los propios del espacio cultural. Como sabemos, en 2007 este mismo recinto fue escenario también de una pasarela para un catálogo del Palacio de Hierro. 

Bajo mi particular punto de vista, no podemos ver la renta de un espacio cultural solo desde la antropología o la sociología, sino también desde la administración pública, pues la cultura además de ser un fenómeno y un derecho, es también un servicio público. Esto nos permitiría separar el valor simbólico del inmueble para analizar las posibles oportunidades que nos podría dejar este caso. Haré un apretado ejercicio de reflexión. Si bien esta biblioteca es un recinto cultural que promueve el libro y la lectura, dicha función no debiera frenar la diversificación de sus bienes y servicios, la posibilidad de generar recursos financieros adicionales y sobre todo la posibilidad de retenerlos. Así recuperaría una parte de los recursos que le ha quitado el gobierno en el presupuesto. Es decir, si el gobierno no es capaz de dar un presupuesto digno, por lo menos debería generar condiciones para compensar la situación. Al ser una disposición reglamentaria, es decir, que está en el tramo competencial del Poder Ejecutivo, tiene fácil solución a través de un decreto presidencial, de esos que tanto gustan al mandatario. La Secretaría de Cultura debería impulsar dicho decreto para generar y retener el recurso autogenerado en estos recintos. Pensemos en lo que hubiera hecho la Biblioteca Vasconcelos con estos 311 mil 110 pesos que han ido a parar a la Tesofe. 

Es verdad que el Reglamento General de Servicios Bibliotecarios establece que las instalaciones, mobiliario, equipo y acervo de las bibliotecas, serán de uso exclusivo de las mismas, y que ninguna persona o institución ajena a ellas puede disponer o hacer uso de estos para actividades ajenas a su naturaleza. Sin embargo, también es verdad que la Ley General de Bibliotecas, en su artículo noveno, establece que el Consejo de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, formulará a solicitud expresa, recomendaciones para lograr una mayor participación de los sectores social y privado, comunidades y personas interesadas en el desarrollo de la Red. Con criterios como este, Secretaría de Cultura podría impulsar el mencionado decreto que permita el aprovechamiento de estos espacios culturales. Es una pena ver al director de la Vasconcelos hablar del heroísmo solidario de sus bibliotutores, personas que ofrecen sus servicios por solidaridad y con sus propios recursos, puesto que lo único que muestra es un menosmalismo reprochable (menos mal que no cobran). Envía un mensaje negativo a la administración central: podemos vivir del presupuesto y del salario emocional. 

Tony Puig es un destacado analista catalán que ha escrito, entre otras, una obra intitulada Ciudades con marca, en la que contrapuntea el marketing de servicios con las burocracias casposas. Expone el concepto de Servucción, entendido como la síntesis entre servicio y producción, con un énfasis especial en la idea de que un servicio está siempre en proceso de producción. Esto es, todo servicio concluye su producción en la personalización, en el momento del uso. La idea central de este concepto es que en la prestación de servicios siempre se está en acción: “La repetición monótona no es posible”. Es así que la calidad del servicio público puede depender más del embalaje o la artesanía de su proceso de producción, que de la tecnología, el personal especializado o la operación en edificios arquitectónicos de firma. 

En la Servucción el usuario de cualquier servicio público siempre espera encontrar en él respuestas, propuestas, soluciones y pistas útiles. En el caso de la biblioteca, soportes y acompañamiento para su vida cultural, social, educativa, vecinal y recreativa. Por tanto, en un tipo ideal weberiano, el equipo de producción de cada bien o servicio cultural que presta, debería ser capaz de diseñar, a partir de competencias profesionales y mediáticas, cada utilidad de manera satisfactoria y darle forma de servicio, en lugar de negarlo, o peor aún, de condenarlo.

En otras palabras, un servicio no es un producto que se manufacture una vez y, que mediante los retoques necesarios, se repita casi infinitamente mientras encuentre usuarios. Esto es, la prestación (que no el servicio en sí), termina cuando el ciudadano, usuario o prosumidor lo usa. Recintos como la Vasconcelos corren el riesgo, pese a los esfuerzos que hace su director, de padecer el mal de los museos del país; el de tener dos visitas en la vida del mexicano, la de cuando eres niño y la de cuando eres padre. Y es que la peor la gestión de un recinto cultural como este, es intentar hacerlo pertinente y necesario en el ecosistema del nuevo consumo cultural, con mentalidad y actitudes de bibliotecario. ¿Por qué no pensar en una gran pasarela literaria anual que combine moda y literatura? Demasiada osadía para este gobierno claro.

Volviendo al punto. En la Servucción un servicio no es, casi nunca, un sólo servicio, siempre es un conjunto de servicios. Un servicio central (el núcleo) fuerte, pensado y trazado para satisfacer la necesidad comprendida de los destinatarios. El servicio nuclear en este caso es el acceso a la base de la cultura que es el libro, así como la promoción de la lectura. El libro es un bien cultural, un bien físico, que al ser digitalizado pasa a ser un servicio, un servicio prestacional que ofrece el Estado a través de este tipo de instituciones culturales. La pregunta es, qué otros servicios radiales pueden prestar en un marco de aprovechamiento para salir del precariato y sostener su actividad sustancial de una forma más digna. Además de la citada pasarela, se me ocurre otro tipo de Servucción, la de ofrecer el espacio como set de grabación para películas y series; cenas, recepciones etc… con los respectivos controles por supuesto. Creo que deberíamos abrir un poco nuestra mentalidad bibliotecaria. Dicho esto sin desdén de la profesión, antes bien como una de sus cualidades que la hace ser tan seria que vive encorsetada por inercias históricas y normas inoperantes. Debemos aprender que la única ley científica que la historia enseña, es que las cosas cambian, como bien dice el maestro José Álvarez Junco. 


martes, 12 de enero de 2021

El sofisma de la resiliencia en las políticas culturales. Carlos Lara G.

El término resiliencia, como muchos seguramente saben, es propio del campo de la epidemiología social. Con el tiempo, fue abrazado con especial ahínco por la física y más recientemente llevado por diversos especialistas a las área de la psicología y las relaciones humanas. Su cualidad más reconocida es esa de resistir. Creo que es precisamente esa idea de resistencia la que imantó la atención de algunos gestores y promotores culturales para sugerir su adopción en el ámbito del arte y  la cultura, y más particularmente al de la cultura comunitaria mediante la denominada Gestión Cultural. Lo hicieron asumiéndola generalmente a partir de la gastada definición de conjunto de procesos socioculturales e intrafísicos que pueden generar una vida sana en un medio insano.
Hace un par de años tuve la oportunidad de conocer al mercadólogo francoamericano Clotaire Rapaille, estuve en una de sus intensas dinámicas de grupo en la Ciudad de México. Clotaire es especialista en arquetipos culturales, creatividad e innovación, ha escrito diversos libros y ensayos a lo largo de su vida en los que analiza y explota el código cultural de determinadas culturas en el desarrollo de bienes y servicios comerciales. En una de sus obras más recientes, El verbo de las culturas, identifica esa marca verbal que suele definir a los habitantes de cada país. A partir de esta identificación sostiene, por ejemplo, que el verbo de la cultura alemana es obedecer; que dentro de su objetivo como cultura esta el orden y la planeación. Asimismo, que el orden, la disciplina, los sistemas, la inteligencia y la búsqueda permanente de la perfección (ingeniería), son parte de su complejo de superioridad. En tanto que el verbo de la cultura estadounidense es hacer y el de los franceses pensar. En efecto, para estos es más importante pensar que hacer. En América Latina el verbo de la cultura colombiana, según Clotaire, es vivir (su música es prueba de ello), en tanto que el de la cultura argentina es ser soberbio (Maradona nos lo recordó). En el caso mexicano identifica tres verbos: sufrir, sobrevivir y aguantar. En ese orden, siendo el último de estos el verbo más representativo de nuestra cultura. Esto explica muchas cosas.
Ahora bien, ¿Por qué sostengo que la resiliencia es una suerte de sofisma en el campo de las políticas culturales? Por la razón de que llevamos décadas escuchando, leyendo y comentando ese estribillo verbal ya casi algorítmico, de la resiliencia como resistencia, aguante y capacidad para seguir adelante regenerando el también desgastado tejido social (otro estribillo). Haciendo comunidad (uno más), sin recursos, y por ende, sin resultados. Sin infraestructura, con una escasa participación del mercado, un reducido apoyo de mecenas y mecanismos de patrocinazgo, así como un nulo acompañamiento del Estado para abrir mercado. Así las cosas solo queda la familia y el sacrificio personal, eso sí, con un alto salario emocional. ¿Quieren ver casos de éxito de otras comunidades que han sido más inteligentes en el desarrollo de sus respectivos temas? Vean la historia del desarrollo del derecho de acceso a la información (que inició dos años después que el derecho a la cultura) , o bien, el tema de género en las políticas públicas.
Recientemente, el medievalista Martín Ríos Saloma, entrevistado por la periodista Mónica Mateos Vega para el diario La Jornada, señalaba la resiliencia como la principal enseñanza que nos han dejado las pandemias. Que las sociedades han demostrado que se saben coordinar para enfrentar esos males. El especialista reflexiona acerca de las consecuencias y cambios que se derivan de crisis sanitarias mundiales, como esta del Covid-19. Sostiene que la principal enseñanza que las pandemias dejan en una sociedad es la capacidad de resiliencia para enfrentar esas tragedias, y una de las grandes herramientas es la esperanza, la cual tiene que ver con la idea de que “así como sobrevivió una parte importante de la población en el pasado, así vamos a sobrevivir nosotros. Por tanto, bajo su punto de vista, es la sensación de esperanza la que nos tiene que motivar a construir entre todos una sociedad más justa, equitativa, solidaria y respetuosa con el medio ambiente, y evitar las grandes desigualdades sociales que esta pandemia ha mostrado. Lo cual quiere decir que, desde la visión clásica del término resiliencia, después de la pandemia, volveremos a recobrar la esperanza. Sin embargo, si vamos más allá del término clásico, que solo nos instala de regreso al mismo sitio, podríamos en verdad construir una sociedad más justa. Esta me parece la forma más apropiada en que debieramos concebir el término; asumiéndola como una capacidad humana para enfrentar una determinada situación adversa y salir fortalecido por la experiencia que nos dejó. Como capacidad de voluntad y superación que nos aleje lo más posible de la visión medianera y conformista que tiende a situar a la comunidad cultural siempre en el mismo auditorio, para escuchar el mismo discurso, pues es también como se justifica la mediocridad gubernamental.
En lo personal, considero que debemos ser capaces ya, de superar esa suerte de glosario emocional que nos han implantado por décadas para referirnos a conceptos que han venido quedando huecos y ya nada representan, porque no van acompañados de acciones, sino de emociones. Hay una gran cantidad de gestores que creen que el tejido social, el lazo social y la cohesión social, se restauran con alitas de mariposa. La creación de comunidades está muy bien, pero ¿para qué? Para hablar de universos posibles, resiliencia, gobernanza. No hay mejor teoría que una buena práctica.
En ese contexto, el gestor cultural más osado en una pandemia logra hacer cubre bocas de diseño independiente, ecológico, sostenible, biodegradable e inclusivo, pero sin mercado donde colocarlo. Porque solo pensó en cómo iba a recrear la identidad cultural de quienes lo portaran y lo colorido que se vería circulando por las redes sociales. Peor aún, sin autoridades que le abran paso a sus creaciones. Por eso sostengo que hoy el Embajador estadounidense Cristopher Landau, y la empresa Amazon, hacen más que la Secretaría de Cultura y Fonart juntos, en el desarrollo del Arte Popular Mexicano. 
A estas alturas ya deberíamos saber que la comunidad cultural no es resiliente. Bajo la máxima de Jesús Reyes Heroles: “Lo que resiste apoya”, el sector cultural resiste, apoya, ayuda e impulsa a otras comunidades y sectores a superar su adversidad, pero este sector en sí, no supera nada, vuelve al estado en que estaba antes de cada crisis. La historia nos dice que la cultura es un sector al que suele recurrir el gobierno cuando hay una crisis social, política, económica y ahora también sanitaria. Es como el perro de pueblo, al que sacan al frente de la casa cuando sienten la amenaza de algún forastero, y lo encierran en el patio trasero cuando vienen las visitas. Suelen ponerla al frente de cualquier amenaza a la soberanía para detonar el patrioterismo de clóset, de cara, por ejemplo, a las ocurrencias del Presidente y su esposa, sobre el Penacho de Moctezuma o el pretendido préstamo de códices, pero la esconden en el patio trasero cuando viene la discusión del presupuesto o la firma de un tratado comercial como el TMEC, un tratado que demostró lo farsante que es la autodenominada izquierda gobernante, que hizo creer a sus seguidores en otra torpe ocurrencia, esa de “sacar la cultura de los tratados comerciales”. 
Así las cosas, la pandemia que vivimos a causa del Covid, aunada al desenfrenado desarrollo tecnológico, a la crisis económica y la tensión creciente entre un mundo que no termina de morir y otro que no termina de nacer, como diría David Konsevik, nos deben llevar a superar la antropologizada visión de la resiliencia, el lenguaje agrícola y toda esa floritura discursiva de las instituciones culturales que solo recrea reuniones de zoom y charlas de café en las que se vierten ideas contemplativas bien pensadas, mejor formuladas, pero que generalmente no llevan a ninguna parte. En el mejor de los casos, conducen al punto anterior de partida. Por cierto, en una de las conferencias mañaneras recientes el presidente preguntó: “A ver, que es eso de la resilencia (sic), porque está de moda…” Sin comentarios...
Lo dicho, si queremos diseñar e implementar políticas culturales con impacto social, es necesario abandonar los elementos discursivos de la gastada resiliencia, que mucho daño han generado; exigir una mejor promoción por parte del Estado y una mayor intervención del mercado, sin miedo a emprender: sin miedo a hacer empresa con la promoción del arte y la cultura.    






lunes, 1 de junio de 2020

¿Para qué subir el piso si podemos bajar el techo? La mediocridad como política pública. Carlos Lara G.

Para qué pensar en ir al espacio, si vamos a tener un tren, para qué pensar en energías limpias, mejor el carbón, así ingresamos a los records destructivos del populismos continental; para qué impulsar una economía creativa, en la que somos líderes en América Latina, si podemos implementar una economía moral para acomplejados, para qué universidades con estándares de calidad si podemos tenerlas con estudiantes felices sin exámenes ni eficiencia terminal; para qué seguir midiendo el PIB si podemos medir la felicidad, para qué guiarnos por el estado de derecho, si podemos hacerlo con el estado de ánimo. Para qué invertir en ciencia y tecnología, si tenemos trapiches, bombas de mecate, carbón, elotes, piña de miel y petróleo. En síntesis: Para qué subir el piso, si podemos bajar el techo. 
En abril del año pasado, el mexicano Edmundo Gómez Moreno, estudiante de ingeniería, realizaba una estancia en la NASA, estancia que decidió abandonar para perseguir su verdadero sueño: hacer cumbias (Cada quien su sueño). Sí, con 28 años de edad y una formación musicial adquirida en el coro de la iglesia de su barrio, este joven promesa oriundo del Estado de México, dejó un prometedor camino dentro de su carrera para ser cumbianchero. Medianamente conocido en YouTube como “Raymix” tiene en su haber una cumbia viral que le ha dado un premio Billboard en la categoría de Canción Regional Mexicana, con el tema “Oye mujer”. No sé ustedes, pero hasta el momento, no conocía un caso tan alarmante de baja audioestima. Ahora, creo que a la NASA se abandona con algo más original, no sé, algo así como: En realidad, siento que la agencia me exige más de lo que me ofrece… ¿A que suena chingón? Pues nada, perdió la oportunidad de ser el primer cumbianchero en llegar cantando a Marte y tener su nombre en alguna calle del país, como lo tiene la perrita Laika, de hecho, y sin ser mexicana. Imaginen a Edmundo cantando una canción al planeta rojo. Pues nada, Dios te bendiga Raymix. La NASA siempre estará ahí, por si cambias de opinión. Lo sé, perdimos un talento de la ingeniería espacial, pero ganamos un cumbianchero. Andamos escasos en eso. Pasemos de esta anécdota coyuntural, al problema estructural. Mientras Estados Unidos lanza una nave espacial por todo lo alto, México da el banderazo a la construcción... de un tren. Sí, de un tren. La diferencia entre estos dos proyectos de nación, radica en que el gobierno estadounidense entiende bien la función que desempeña el empresariado en una misión de esta naturaleza, en tanto que el empresariado entiende también el papel del mandatario en el regreso de Estados Unidos a la carrera espacial. En México no, aquí el presidente y su gabinete impulsan la política pública del rencor en contra del empresariado. Por lo que crean sus propios indicadores, sus propios datos, sus propias empresas, sus propias licitaciones (directas) y sus propios beneficiarios. Es más, sus propios científicos y sus propias cifras, unas para que el pueblo debe seguir quedándose en casa y otras para que el presidente salga a hacer campaña. Duro golpe para quienes han defendido, tanto los títulos de los médicos especialistas como sus cifras.  
México tiene un gobierno de vapor en pleno siglo XXI, si consideramos el dato del conservador y vituperado diario Reforma: La nave de SpaceX que acaba de lanzar Estados Unidos le tomará 19 horas llegar a la Estación Espacial Internacional, más o menos lo mismo que el presidente López Obrador tardará en ir de la CDMX a Cancún... en auto.
En 2006 la escritora Elena Poniatowska presentó lo que según ella y la pléyade de intelectuales de izquierda de chaqueta de pana con coderas, consideraban era un programa cultural para el ahora presidente. Aquel intento de propuesta, publicado en el semanario Proceso, era en realidad una oda al petróleo y al elote. Hoy están viendo su sueño hecho realidad.
El problema del populismo mediocre y acomplejado de la Cuarta Transformación, no es la bisoñez de sus operadores, sino su política pública de bajar el techo en lugar de subir el piso. A este paso, habrá toda una generación que crea que hemos subido un peldaño en la carreta espacial, al pasar de crédulos espectadores de una Agencia Espacial Mexicana, a diseñadores de trajes de astronauta. Por cierto, felicidades el emprendedor mexicano José Fernández por otro más de sus éxitos. Su talento y osadía le han permitido rebasar la barrera de la ciencia ficción y llegar al espacio. Espero que en México los trapiches, las bombas de mecate, el carbón, los elotes, la piña de miel, o ya de plano la música de Edmundo Gómez Moreno, mejor conocido como “Raymix” desde que renunció a la NASA, generen, si no bienestar, por lo menos algo de felicidad... a través de la cumbia

miércoles, 27 de mayo de 2020

El Fonca, el Foprocine y el Fidecine. Una batalla por la libertad creativa Carlos Lara G.

El Fonca, Foprocine y el Fidecine; una batalla por la libertad creativa


Carlos Lara G.


El poco o nulo entendimiento de la autodenominada Cuarta Transformación en materia de arte y cultura es alarmante. No solo por el estancamiento presupuestal (por cierto, la única curva que han podido aplanar), sino por el triste papel de la Secretaría de Cultura ante los caprichos presidenciales. Si a esto sumamos ocurrencias como el Centro Cultural Chapultepec en el centro del país, el invasivo Tren Maya en el sureste, la caprichosa compra de un estadio de béisbol en el norte y la escuálida visión agrícola de la propia Secretaria, el panorama de ese estornudo mental al que llamaron “El poder de la cultura”, queda en eso, en un estornudo.
La desaparición del Fonca, el absorbido Foprocine y el intento de desaparición del Fidecine han generado una suerte de hipoxia en el sector cultural que ya comienza a asfixiar la libertad creativa. No podría ser de otra manera, si consideramos que el presidente comulga con una economía moral, enemiga de la economía creativa; economía en la que México es líder continental. Entendible también desde la peregrina idea de los índices de felicidad y bienestar…El presidente es un digno profesor titular de la materia optativa de Economía Política del Rencor, como bien dice Enrique Serna. 
Está visto que el populismo es incapaz de producir algo, sé que es un pleonasmo esto que digo, ya quer el populismo es alérgico a la productividad; su talento está en la destrucción. No cabe duda, la Cuarta Transformación es una era geológica.
Hemos insistido desde hace año y medio en la necesidad de diseñar e implementar acciones transversales, una política cultural y programas con esta visión. De hecho, en el discurso, la transversalidad ha sido incorporada ya al algoritmo verbal cuatroteista en voz de la propia secretaria, pero en los hechos, la única acción transversal que han implementado, tanto ella como sus compañeros de gabinete, es la de aplaudir los caprichos presidenciales en Twitter.
La movilización generada por la pretendida desaparición del Fidecine fue posible, no solo por la participación de figuras relevantes de este sector, sino también porque en la apretada negociación y acercamiento con el Poder Legislativo se puso sobre la mesa lo que en realidad representaba: un ataque directo a la libertad creativa. Pero efectivamente, no nos engañemos, el amago al Fidecine y la absorción del Foprocine solo demuestra que en materia de cultura, la solución está en manos del problema.

jueves, 30 de abril de 2020

A los colegas gestores culturales, con aprecio

El seminario virtual en gestión cultural organizado por la red de universidades ha generado un poco de todo. Interés, buen ánimo, críticas, descalificaciones…todo suma sin duda, fuimos convocados por casas de estudio, al amparo de la libertad de cátedra y de expresión.  
Agradezco la invitación a la red y a los organizadores por al apoyo técnico. A Eduardo Nivón por su acertada moderación y a mi tocayo por este enriquecedor mano a mano. Asimismo, comparto tres reflexiones en relación a preguntas y reacciones de algunos colegas: 
1.- La primera parte del ejercicio era comentar acerca de si considerábamos había crisis en la Política Cultural. Yo sostengo que sí y que además fue inducida... Muchos se pusieron nerviosos cuando comencé a relatar los desafortunados hechos de la 4T en materia cultural. Sé que duele, más cuando no se tienen argumentos para responder a la afirmación de que no hay proyecto, sino un catálogo de reivindicaciones. Hechos: Se las metimos doblada camarada…(Paco Ignacio Taibo II en la FIL de Guadalajara) “Menos Paz y más Revueltas” (el mismo personaje) Hagamos un homenaje desde el FCE a escritores perseguidos (mismo personaje). Considerar que los asesinos de un empresario en la denominada Guerra sucia, son una suerte de héroes (el exdirector del Archivo General de la Nación). La creencia de que la gestión y promoción de la cultura consiste en ponerse un huipil, dejarse el cabello largo y comenzar a hablar de diversidad cultural… El diseño de los algoritmos verbales que dan forma al lenguaje agrícola de la actual Secretaría (lenguaje que jamás pensó en el sistema de riego). El innegable estancamiento presupuestal, la senadora Jesusa Rodríguez y su pobre visión sobre Fonca, del que vivió por años; los ataques de San Juana Martínez y Hernán Gómez desde dos medios público, el golpeteo interno, la pobreza intelectual y desorganización de la Comisión de Cultura de Cámara de Diputados, la miopía de la Comisión de Cultura del Senado, con reformas absurdas e inoperantes a la legislación del derecho de autor, la intromisión de la no primera dama en todo aquello que se le antoja (con todas las facilidades de los recursos públicos, pero sin ninguna responsabilidad). Así el slogan de “El poder de la cultura”.
La otra parte de esta primera sesión del seminario consistía opinar sobre el contexto del Covid-19, y cómo creíamos repercutirá en el sector cultural. No lo sé comenté, pero cualquiera puede ver que el escenario no es ni será alentador... Comenté sí, la necesidad de que los agentes culturales especializados y capaces de diseñar una política (transversal), puedan sumarse a la posible reconstrucción del sector, que la necesitará. 
Algunos colegas que se sienten aludidos cuando señalo la diferencia, que considero existe entre gestores culturales y agentes culturales, dicen entender la diferecnia y el entorno de la gestión cultural, pero el único entorno que vio entienden y dominan es el de Facebook. Hay una conducta muy peculiar en algunas reacciones, esa que no tener argumentos y a sacar de contexto una expresión para quedar bien con tus empleadores... es, creo, la peor de todas. 
Los hay que, convertidos en verdaderos porristas mentales de un alumnado de diplomaturas, talleres y licenciaturas donde todo cabe, sabiéndolo acomodar, dicen estar construyendo la paz con retazos de alitas de mariposas y hacen de ello una materia, una profesión, vamos una maestría y un proyecto de vida. No está mal, pero creo que la actualidad nos exige más; nos reta a ser más creativos y a superar la necedad, o incapacidad, de adaptarse a nuevas realidades. Entiendo la resistencia a ello, no la justifico. Creo que quienes no lo hacen es porque ven más fácil adaptar la realidad a su discurso, para seguir viviendo del cuento. 
2.- La cultura, bajo mi punto de vista, tiene vertientes: antropológica, sociológica, económica, tecnológica y jurídica por citar algunas. Pregunto ¿Desde cuál de ellas desean intervenir en la política cultural? No se puede ir por la vida diciéndose gestor cultural, sin un entendimiento y dominio de la profesión; entrando a todo tipo de debates y convocatorias, desde una sola visión; sin leer, estudial y preparar de forma ordenada una intervención. Es necesario comprometerse un poco más. Ya desde la consecusión de fondos, ya desde la difusión cultural, la legislación cultural, la administración pública de la cultura, la economía creativa… y dejar de hacerle al gestor cultural monsivariano. Carlos Monsivais era un ser excepcional, irrepetible, que se preparaba en cada uno de los terrenos que abordaba, escribía, opinaba. Por eso es inclasificable. 
Es necesario entender el mercado, sus dinámicas: Ya no son las instituciones culturales y educativas las que determinan el consumo cultural. Es necesario saber curar: conocer las bondades y el poder de la curaduría selectiva; entender que el valor de los bienes y servicios culturales reside hoy en la curaduría. Es necesario ser disciplinado. Es necesario tener la capacidad de destruir para construir. Cuatro de las conclusiones que establezco en el libro El salario emocional de la cultura
Un amigo empresario de los medios de comunicación me dijo hace unos años (cuando los politólogos y economistas comenzaron a desplazar a los comunicólogos de los espacios radiofónicos y televisivos), que para él como empresario era mejor contratar a un a un economista y capacitarlo en comunicación para estar a cuadro o al frente de los micrófonos, que a un comunicólogo y capacitarlo en economía. Lo mismo con los politólogos. Decía. Esto mismo pasa con los denominados gestores culturales. Los empleadores optan por contratar a un diseñador, a un community manager, a un abogado… y capacitarlos en gestión cultural, que contratar gestores culturales para capacitarlos en estas áreas. Es necesario que los gestores culturales sepan defender ese territorio que dicen conocer, profesionalizándose.
3.- Fito Páez señala en su método de creación algo milenario que traigo a colación para quienes crean y recrean elementos de identidad cultural. Más allá de la voluntad personal, dice, es necesaria la fuerza del otro. Ahí aparece algo milenario que hay que entender: Que uno hace el pan, el otro entierra los muertos, otro corta el tikcet de la entrada del cine, otro hace la leche y uno cuenta la historia. No a manera de historiador, sino de una suerte de pequeño chamán del barrio que canta con la guitarra para que todos se diviertan el sábado por la noche. A esto me refiero cuando hablo de los tramos de competencia y responsabilidad. El problema lo tenemos cuando el gestor cultural pretende asistir a la reunión del sábado por la noche, queriendo ser el que hace el pan, entierra a los muertos, corta el ticket de la entrada del cine…
La cultura es una fogata, como bien nos recuerda Juan Villoro. Aunque en estos momentos, creo que es una suerte de chimenera, donde todos tenemos un rol específico, si queremos divertirnos el sábado por la noche. 
El hábito no hace al monje, dicen; pero lo distingue de orden. Y en la gestión cultural pasa lo mismo, con la atenuante de que aquí hay órdenes y congregaciones. 

Con aprecio, Carlos Lara G.


viernes, 21 de junio de 2019

Fraustofobia


-->
Fraustofobia
Carlos Lara G.

Pareciera que el programa cultural en ciernes del presente sexenio no está siendo dirigido por Alejandra Frausto, sino por Paco Ignacio Taibo desde el FCE, Jesusa Rodríguez desde el Senado y San Juana Martínez desde Notimex. ¿Qué quiero decir? Que son ellos quienes han estado haciendo frente y llenando el hueco generado por la secretaria y sus asesores, al decidir abandonar  el escenario público donde se están dando las discusiones en torno de las acciones culturales. Son ellos, y no ella, quienes se han encargado de fijar, desde su peculiar complejo de minoría maltratada por el neoliberalismo, las líneas fundacionales del embrionario programa cultural de la cuatroté.
Existe una máxima en comunicación social que dice que, el proceso comunicativo no admite vacíos, por la razón de que son llenados por la opinión pública. A la Secretaria de Cultura alguien le ha aconsejado hacer uno y grande, lo que ha permitido que cobren mayor relevancia de lo normal, casos como el limitado presupuesto asignado a la cultura para este año; el Tren Maya, donde pretenden hacer creer que un convenio con turismo puede suplir la consulta legal, constitucional y convencional a que están obligados; la salida de Mario Bellatin, la primera renuncia de su equipo de trabajo; la dura disminución salarial del funcionariado cultural; la pobre visión del desarrollo cultural expuesta en ese intento de Plan Nacional de Desarrollo, donde no se distinguen objetivos de estrategias; el vergonzoso memorándum presidencial que no permite salidas del país sin su autorización (medida que al parecer ya se normalizó); el fallido intento de federalismo, descentralización o como quieran llamar a la ocupación intermitente de la casona de Tlaxcala; la fallida presentación de Elena Poniatowska en La Mañanera, los penosos balbuceos del presidente intentando definir el vocablo cultura; la apropiación indebida de diseños artesanales que hizo Carolina Herrera; la polémica grabación de una voz atribuida a Frida Kalho, las torpes declaraciones de la Senadora Jesusa Rodríguez en relación al FONCA; la prepotencia de la directora del Munal que llama escoria a sus trabajadores, así como el visceral ataque de San Juana Martínez desde Notimex.
Alguien está mal asesorando a la Secretaria de Cultura, haciéndole creer que es mejor no aceptar entrevistas, que no aparezca en medios y lo que es peor, que no asista a eventos donde puede haber prensa. Es verdad también que desde el politing los mercadólogos sostienen esa suerte de principio de que el que explica pierde. De acuerdo, cuando no hay una estrategia es lo más probable, lo estamos viendo. Así las cosas, la secretaria de cultura está en el peor de los mundos, debido a que no informa ni explica nada, ofrece el hueco a la opinión pública para que lo llene. Si lo hiciera, si tuviera una estrategia, la mitad de los problemas antes señalados, serían un tema más a atender en la agenda de la secretaría, el problema es que no fija posición de forma adecuada, no ofrece entrevistas de fondo, no acude a medios de comunicación y lo peor, decide desaparecer y mantenerse lejos de su alcance. Su desdibujamiento ha generado en el equipo que dirige y en el funcionariado cultural en general, un desánimo preocupante, pues sienten que no lucen ni las cosas que se vienen haciendo bien (que las hay), las reuniones regionales, la reorientación de programas, la priorización de acciones, y es porque no les permiten informar qué es lo que suplirá todo lo que están desapareciendo… Tiene así un equipo que está dejando de creer en lo que se está haciendo, que no ve a su líder defendiendo ese trabajo; y lo peor que puede ver un equipo de trabajo en su líder, es la pérdida de fe en lo que se hace, la falta de osadía para defender lo bueno y enfrentar lo malo hasta lograr equilibrar la percepción pública de sus acciones. Quieren ver a una Secretaria de Cultura, no a una encargada de despacho. Hay momentos para salir a medios y otros para marcar distancia, una crisis como la que le han generado, hace necesaria su presencia en medios. Ojalá decida tomar todas y cada una de las atribuciones que el cargo le confiere, para que comience a ser vista como lo que es: la Secretaria de Cultura. Decía un profesor que hay cargos que hacen a las personas y hay personas que hacen al cargo. Bajo mi punto de vista, Alejandra Frausto y quienes le asesoran, no quieren que salga del primer supuesto. Ojalá corrijan, elaboren una estrategia y superen esta suerte de Fraustofobia, pues en lo personal, me resisto a creer que lo expresado por Jesusa Rodríguez desde el Senado y lo hecho por San Juana Martínez desde Notimex, sean parte de las líneas estratégicas del embrionario programa cultural de la cuatroté.  

domingo, 8 de abril de 2018

El salario emocional de la cultura ¿Son los agentes culturales los destinatarios de las acciones públicas en materia de cultura? (Última de tres partes) Carlos Lara G.


  • ¿Por qué los agentes culturales no saben cobrar?

  • Es momento de escribir con la cabeza, motivados por el corazón. 

Existe un vasto universo de creadores, gestores y promotores de la cultura que no saben cobrar. Por tanto, viven de su salario emocional. Terminan haciendo determinados trabajos por la cantidad que les quieran dar, y siempre hay alguien que cobra menos, y saben que tengo razón. Pero los hay peores, aquellos que no quieren cobrar, para quienes es más importante el día de la presentación del libro, el coctel de la exposición, el vino tinto con los amigos y colegas, la reseña de la curaduría y tener su nombre bien puesto en el producto final de la creación, ah y por supuesto, la publicación del estatus en sus redes sociales. Por tanto, si ni los propios agentes culturales valoran lo que hacen en términos económicos, mucho menos lo harán quienes contraten sus servicios.

Recientemente me solicitaron hacer un ejercicio de integración para los ejecutivos de una empresa de contenidos audiovisuales; propuse contratar los servicios de un artesano del Estado de México para que, en lugar de hacer el consabido trabajo en equipos para sacar la misión, visión etc…hicieran entre todos, con el artesano como mediador cultural de este proceso, un árbol de la vida, con los valores de la empresa; que fueran ellos quienes plasmaran dichos valores en barro, y una vez terminado y horneado, lo pintaran con los colores de la empresa etc…Los directivos, se empeñó en contratar a un porrista mental que les motivara mientras el árbol se horneaba. Al término de la sesión, de la cual quedaron fascinados, entre otras cosas por la experiencia de haber elaborado un árbol de la vida que ahora forma parte de sus oficinas, me dijeron que el porrista mental había cobrado doscientos mil pesos, en tanto que el artesano pedía solo diez mil, por supuesto que terminaron pagándole más. El punto es que ¡Ni el propio artesano valora su trabajo! Está claro que requiere los servicios de un promotor cultural, pues su trabajo es crear y recrear experiencias.

Por supuesto que esto requiere de una profesionalización del saber para poder tasar lo que se hacen ¿Cuánto cuesta un dictamen de factibilidad cultural? Por ejemplo, para que no sea encargado a un despacho privado ajeno al sector cultura, cuánto un dictamen jurídico, cuánto el diseño de una política pública, su implementación, acompañamiento, evaluación etc. Cosas como estas son las que pueden dignificar el salario económico y emocional de los agentes culturales. 

Romper el modelo endógeno y pensar en el ciudadano

Durante décadas hemos vivido un modelo de promoción y gestión cultural basado en la creencia de que deben ser los creadores, gestores y promotores de la cultura, los destinatarios de las acciones culturales que genera el Estado. Algo que, bajo mi punto de vista, no debe ser así. Los destinatarios finales de las acciones culturales del Estado son y deben ser los ciudadanos. Los creadores, gestores y promotores de la cultura, son facilitadores de los procesos que deben garantizar de forma progresiva el derecho de acceso a los bienes y servicios culturales que presta el Estado. En todo caso, son doblemente destinatarios, en su calidad de ciudadanos y como agentes mediadores, pero no los únicos destinatarios como han creído por décadas candidatos y gobernantes.

¿Que por qué lo digo? Por la lógica editorial aún vigente, que recoge los cuestionamientos de la autodenominada comunidad cultural con cierta indignación, acerca de lo que el gobierno hace o deja de hacer. Ejemplo de ello es la reciente apertura del museo Leonora Carrington en San Luís Potosí, donde un grupo de creadores y promotores cuestionaba hace unas semanas la inauguración de un museo para una artista que no significaba más en la entidad que otros creadores oriundos de esas tierras. Dicho arranque de provincianismo, dejaba de lado, entre otras cosas, que el hecho de que el museo fue creado en un Centro NACIONAL de las Artes. Otro ejemplo es el también recientemente inaugurado museo Juan Soriano en el estado de Morelos. Un pequeño grupo de artistas se manifestó en contra por los mismos motivos, es más, decían que debía llevar el nombre de un artista local. En ambos casos cuestionaban el motivo, el concepto, la forma, los nombres, como si los museos fueran solo para ellos. Pasaron por alto cuestiones más importantes tales como, si las obras de Leonora Carrington exhibidas en su museo de San Luís, son todas originales, o bien, qué sucedió con las obras de Juan Soriano que no están en este nuevo museo.

Cambiar el enfoque de la inversión pública en cultura

Considero que es necesario cambiar la forma en que es concebida la inversión pública en el ámbito del arte y la cultura; esa que se realiza a través de becas, estímulos y cursos de formación, inversión que hasta el momento sigue orientada por el criterio de atender a los creadores y promotores de la cultura, para ayudarlos a ascender peldaños en la escalera del ego, lo cual es válido, pero más válido, moral y pertinente, sería poner la mirada en el impacto cultural de las comunidades donde podría incidir el creador. Transformar la realidad que viven sus habitantes a través del arte y la cultura. Nuevamente, pensar en los ciudadanos como destinatarios finales de las acciones públicas en esta materia, y no solo en los integrantes de una autodenominada comunidad.

En lo particular, considero también que es necesario que los agentes culturales tengan ganas de formar parte del funcionariado cultural, que dejen de verle como esa burocracia que todo lo frustra. Por supuesto que lo anterior comporta dos cosas fundamentales: que los gobernantes apuesten por la integración de estos agentes culturales en la función pública, que abandone la inercia de trabajar con funcionarios sin el perfil para el cargo, sin el conocimiento apropiado ni las ganas de transformar la realidad de las comunidades del país; un funcionariado que se limita solo a cumplir una jornada laboral. Por otro lado, comporta también la profesionalización del conocimiento por parte de los agentes culturales. Uno de los principales problemas que hacen que el salario económico se estanque en el salario emocional en el ámbito cultural, es que hay una gran cantidad de creadores que se sienten también gestores, y además promotores de su trabajo y del de otros, hasta terminar como el pato. El pato es un ave que camina, nada y vuela, pero ninguna de estas tres cualidades las hace bien, con destreza. Prueba de que el creador, gestor y promotor de la cultura es poco capaz de asumirse como parte de un proceso de creación, gestión y promoción, es que apenas está entendiendo la dinámica de estos tres ámbitos, y alguien viene y le sugiere que puede ser un gran emprendedor, en el universo de las industrias culturales y este va y se lo cree, y comienza así otro camino hacia el emprendurismo, intentando volar como un pato.

Comenzar a escribir con la cabeza

Comencé esta reflexión en tres entregas, haciendo referencia al artículo de Vargas Llosa y su primo Peté. Entiendo que para muchos sea admirable la actitud de Peté, su apuesta por abandonar las finanzas y abrazar una segunda profesión, la literatura, que solo le garantizaba un salario emocional. Esta historia me sirve para entender por qué la primera vez que escribimos, como bien dice el guionista Mike Rich, lo hacemos con el corazón, en tanto que la segunda, lo hacemos  con la cabeza. Creo que los creadores, gestores, promotores y analistas del arte y la cultura, debemos comenzar a escribir por segunda vez, pero siempre motivados por el corazón, hasta lograr un equilibrio entre el salario económico, que da el saber, y el salario emocional que da el aprecio a al arte y la cultura.