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miércoles, 24 de marzo de 2021

El derecho a la cultura y el derecho a la salud

El derecho a la cultura comporta el acceso a la seguridad social de los agentes culturales 

 Carlos Lara G.
José Manuel Hermosillo

Una de las muchas enseñanzas que nos ha dejado la pandemia es la necesidad de robustecer los sistemas de salud para la prestación de este derecho fundamental. En el caso de los agentes culturales, entiéndase creadores y promotores del arte y la cultura, ha sido de los sectores más afectados por el Covid 19. Es por ello que, a partir de la sentencia lograda por las personas trabajadoras del hogar, hacemos el siguiente planteamiento en las mesas de negociaciones con el área de Normatividad y la Coordinación de Afiliación al IMSS.

En esta peregrina idea de facilitar el acceso a la seguridad social a los creadores y promotores de bienes y servicios culturales, resulta peligroso confundir al trabajador independiente, con las garantías que todo trabajador tiene a la seguridad social frente al Estado. Aún más peligroso es el hecho de desconocer el carácter de prioritario que esta actividad económica representa para el desarrollo social. Con lo que el Instituto Mexicano del Seguro Social ha hecho hasta el momento, podemos decir que se equivoca al pretender incluir al sector cultural, a través del modelo de incorporación voluntaria establecido por el Instituto, al Régimen Obligatorio que presta. Lo primero que debemos entender es que el Estado tiene obligaciones constitucionales inmediatas, a partir de la sentencia emitida por la Corte, en el caso de las personas trabajadoras del hogar, respecto al derecho a la seguridad social. Es clara en el sentido de que debe garantizar el ejercicio de ese derecho sin discriminación alguna; con igualdad de derechos de hombres y mujeres; y la obligación de adoptar medidas para lograr la cabal aplicación del referido derecho a la seguridad social.

Dicho de otra forma, dentro del núcleo esencial o niveles mínimos indispensables del derecho humano a la seguridad social, la sentencia establece que el Estado “debe asegurar el derecho de acceso a los sistemas o planes de seguridad social sin discriminación alguna, en especial para las personas y los grupos desfavorecidos y marginados”. Para los trabajadores del arte y la cultura, el derecho a la seguridad social es importancia fundamental para garantizar su dignidad humana. Es un derecho que todo trabajador debería tener, situación que en la práctica no siempre. 

La cobertura voluntaria, de acuerdo con la OIT, "carece de efectividad, toda vez que recaería en los trabajadores del arte y la cultura la difícil tarea de convencer al empleador para inscribirse en el Seguro Social". (Véase el Informe 319 sobre Libertad Sindical emitido por el Comité de la OIT)

En cambio, "el carácter obligatorio de la afiliación juega un papel fundamental para la extensión de la cobertura". El Estado debe generar el régimen de seguridad social para atender las distintas necesidades del sector cultural, incluidos los grupos vulnerables o marginados. 

La propuesta que hacemos en este importante tema, no olvida por supuesto que el Estado cuenta con un margen de discrecionalidad o libertad configurativa necesaria para determinar, conforme a los recursos que disponga y frente a sus circunstancias específicas, las distintas maneras en que los trabajadores del arte y la cultura puedan acceder a la seguridad social, acorde a los diversos planes, regímenes o políticas públicas existentes. Lo anterior, atendiendo a la trascendencia sistémica y estructural del problema de discriminación detectado en los trabajadores del arte y la cultura, así como a la obligación derivada del artículo 1º Constitucional, lo procedente es poner a conocimiento del IMSS la discriminación que genera el excluir a los trabajadores del arte y la cultura del régimen obligatorio del Seguro Social, así como la ineficacia del diverso régimen voluntario de seguridad social para tutelar, adecuadamente y de manera digna, el derecho humano a la seguridad social de este sector estratégico para el desarrollo. 

Asimismo, para guiar la instrumentación de la política pública que deba emprenderse para solventar el referido problema de seguridad social, se plantea al IMSS que, dentro de un plazo prudente, y solicitando para ello las partidas presupuestales que se estimen necesarias en el ejercicio fiscal que corresponda, implemente un programa piloto que tenga como fin último, diseñar y ejecutar un régimen especial de seguridad social para los trabajadores del arte y la cultura, con base en los siguientes lineamientos:

i. El régimen especial de seguridad social debe contar con condiciones no menos favorables que las establecidas para los demás trabajadores;

ii. deberá tomar en cuenta las particularidades del trabajador del arte y la cultura;

iii. debe resultar de fácil implementación para los patrones;

iv. no puede ser de carácter voluntario, sino obligatorio;

v. debe ser viable para el IMSS, desde el punto de vista financiero; y

vi. se deberá explorar la posibilidad de facilitar administrativamente el cumplimiento de las obligaciones que deriven de este régimen a los patrones.

No está de más argumentar que la Suprema Corte de Justicia de la Nación considera que la finalidad de los anteriores lineamientos o directrices estriba en que, también mediante un programa piloto, el IMSS, acorde a sus capacidades técnicas, operativas y presupuestales, se encuentre en aptitud de proponer al Congreso de la Unión las adecuaciones normativas necesarias para la incorporación formal del nuevo sistema especial de seguridad social para los trabajadores del arte y la cultura en forma gradual y, en ese sentido, se logre obtener la seguridad social efectiva, robusta y suficiente a la totalidad de los trabajadores del arte y la cultura.

 

jueves, 28 de enero de 2021

La servucción en la prestación de bienes y servicios culturales. Carlos Lara G.

La Servucción es necesaria como estrategia de gestión cultural. Particularmente en momentos de crisis como el que estamos viviendo, pero más aún en un país donde el gobierno se desentiende de la cultura, descalifica a la sociedad civil organizada, desaparece mecanismos financieros de participación público privada y apuesta por un solucionismo populista que no ha podido estar a la altura de las circunstancias. Un gobierno donde fallar es cuestión de método. En días pasados circuló una nota en el diario Reforma sobre la renta (otra vez), de la Biblioteca Vasconcelos para la realización de escenas de una narco serie sobre la corrupción en México. El señalamiento es por la violación al Reglamento General de Servicios Bibliotecarios, que establece que estos recintos no pueden ser usados para otros fines que no sean los propios del espacio cultural. Como sabemos, en 2007 este mismo recinto fue escenario también de una pasarela para un catálogo del Palacio de Hierro. 

Bajo mi particular punto de vista, no podemos ver la renta de un espacio cultural solo desde la antropología o la sociología, sino también desde la administración pública, pues la cultura además de ser un fenómeno y un derecho, es también un servicio público. Esto nos permitiría separar el valor simbólico del inmueble para analizar las posibles oportunidades que nos podría dejar este caso. Haré un apretado ejercicio de reflexión. Si bien esta biblioteca es un recinto cultural que promueve el libro y la lectura, dicha función no debiera frenar la diversificación de sus bienes y servicios, la posibilidad de generar recursos financieros adicionales y sobre todo la posibilidad de retenerlos. Así recuperaría una parte de los recursos que le ha quitado el gobierno en el presupuesto. Es decir, si el gobierno no es capaz de dar un presupuesto digno, por lo menos debería generar condiciones para compensar la situación. Al ser una disposición reglamentaria, es decir, que está en el tramo competencial del Poder Ejecutivo, tiene fácil solución a través de un decreto presidencial, de esos que tanto gustan al mandatario. La Secretaría de Cultura debería impulsar dicho decreto para generar y retener el recurso autogenerado en estos recintos. Pensemos en lo que hubiera hecho la Biblioteca Vasconcelos con estos 311 mil 110 pesos que han ido a parar a la Tesofe. 

Es verdad que el Reglamento General de Servicios Bibliotecarios establece que las instalaciones, mobiliario, equipo y acervo de las bibliotecas, serán de uso exclusivo de las mismas, y que ninguna persona o institución ajena a ellas puede disponer o hacer uso de estos para actividades ajenas a su naturaleza. Sin embargo, también es verdad que la Ley General de Bibliotecas, en su artículo noveno, establece que el Consejo de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, formulará a solicitud expresa, recomendaciones para lograr una mayor participación de los sectores social y privado, comunidades y personas interesadas en el desarrollo de la Red. Con criterios como este, Secretaría de Cultura podría impulsar el mencionado decreto que permita el aprovechamiento de estos espacios culturales. Es una pena ver al director de la Vasconcelos hablar del heroísmo solidario de sus bibliotutores, personas que ofrecen sus servicios por solidaridad y con sus propios recursos, puesto que lo único que muestra es un menosmalismo reprochable (menos mal que no cobran). Envía un mensaje negativo a la administración central: podemos vivir del presupuesto y del salario emocional. 

Tony Puig es un destacado analista catalán que ha escrito, entre otras, una obra intitulada Ciudades con marca, en la que contrapuntea el marketing de servicios con las burocracias casposas. Expone el concepto de Servucción, entendido como la síntesis entre servicio y producción, con un énfasis especial en la idea de que un servicio está siempre en proceso de producción. Esto es, todo servicio concluye su producción en la personalización, en el momento del uso. La idea central de este concepto es que en la prestación de servicios siempre se está en acción: “La repetición monótona no es posible”. Es así que la calidad del servicio público puede depender más del embalaje o la artesanía de su proceso de producción, que de la tecnología, el personal especializado o la operación en edificios arquitectónicos de firma. 

En la Servucción el usuario de cualquier servicio público siempre espera encontrar en él respuestas, propuestas, soluciones y pistas útiles. En el caso de la biblioteca, soportes y acompañamiento para su vida cultural, social, educativa, vecinal y recreativa. Por tanto, en un tipo ideal weberiano, el equipo de producción de cada bien o servicio cultural que presta, debería ser capaz de diseñar, a partir de competencias profesionales y mediáticas, cada utilidad de manera satisfactoria y darle forma de servicio, en lugar de negarlo, o peor aún, de condenarlo.

En otras palabras, un servicio no es un producto que se manufacture una vez y, que mediante los retoques necesarios, se repita casi infinitamente mientras encuentre usuarios. Esto es, la prestación (que no el servicio en sí), termina cuando el ciudadano, usuario o prosumidor lo usa. Recintos como la Vasconcelos corren el riesgo, pese a los esfuerzos que hace su director, de padecer el mal de los museos del país; el de tener dos visitas en la vida del mexicano, la de cuando eres niño y la de cuando eres padre. Y es que la peor la gestión de un recinto cultural como este, es intentar hacerlo pertinente y necesario en el ecosistema del nuevo consumo cultural, con mentalidad y actitudes de bibliotecario. ¿Por qué no pensar en una gran pasarela literaria anual que combine moda y literatura? Demasiada osadía para este gobierno claro.

Volviendo al punto. En la Servucción un servicio no es, casi nunca, un sólo servicio, siempre es un conjunto de servicios. Un servicio central (el núcleo) fuerte, pensado y trazado para satisfacer la necesidad comprendida de los destinatarios. El servicio nuclear en este caso es el acceso a la base de la cultura que es el libro, así como la promoción de la lectura. El libro es un bien cultural, un bien físico, que al ser digitalizado pasa a ser un servicio, un servicio prestacional que ofrece el Estado a través de este tipo de instituciones culturales. La pregunta es, qué otros servicios radiales pueden prestar en un marco de aprovechamiento para salir del precariato y sostener su actividad sustancial de una forma más digna. Además de la citada pasarela, se me ocurre otro tipo de Servucción, la de ofrecer el espacio como set de grabación para películas y series; cenas, recepciones etc… con los respectivos controles por supuesto. Creo que deberíamos abrir un poco nuestra mentalidad bibliotecaria. Dicho esto sin desdén de la profesión, antes bien como una de sus cualidades que la hace ser tan seria que vive encorsetada por inercias históricas y normas inoperantes. Debemos aprender que la única ley científica que la historia enseña, es que las cosas cambian, como bien dice el maestro José Álvarez Junco. 


martes, 26 de enero de 2021

El pensamiento a granel en la promoción del arte y la cultura. Carlos Lara G.

El pensamiento a granel suele producir demasiados entes diletantes en la promoción del arte y la cultura. Es incluso hasta perjudicial, en particular en este momento en el que estamos por entrar a una siguiente etapa de la pandemia, la de la vacuna. Los promotores, gestores, trabajadores, agentes, o como quieran llamarles, del arte y la cultura deben saberlo y entenderlo. Es verdad que fue uno de los sectores más golpeados, que la cultura fue fundamental en el confinamiento, que el comportamiento gubernamental ha sido ingrato y que juntos, el arte y la cultura, son algo más que la sustancia activa de cualquier vacuna contra el Covid… La pregunta es ¿Qué hacemos con todo esto? 

Organismos internacionales como la Unesco, parecen haberse quedado en la primera etapa de la pandemia, no paran de documentar la deplorable situación del sector durante el confinamiento, pero se quedan cortos al momento de plantear posibles soluciones. Promueven y publican documentos con señalamientos como: el arte y la cultura han sido las actividades humanas más golpeadas por la pandemia, el Coronavirus ha obligado a los gobiernos a tomar medidas drásticas de aislamiento social; durante esta época el mundo se ha volcado hacia el arte y la cultura... Es ahora que se hace notorio el valor de la música, el arte, el cine, la literatura, el baile y todas las disciplinas de contenido cultural a las que la población mundial recurre buscando calmar la ansiedad, liberar el estrés provocado por el confinamiento, por lo que han lanzado diversas campañas de promoción y acceso virtual a bienes y servicios artísticos y culturales.

En lo personal, considero que todo esto ha estado muy bien, pero como parte de una primera etapa pandémica. Ahora es necesario comenzar a pensar en las siguientes etapas. Pasar del recuento de daños y el autoelogio al arte, a la cultura y a sus promotores, a la necesidad de que los planes, estrategias y programas de recuperación económica de cada gobierno incluyan a la cultura como sector estratégico. Por ejemplo, materializar el llamado que hace la Organización Mundial de la Salud a los gobiernos del mundo para aprovechar la conexión de estos ámbitos en la mejoría y beneficio adicional de la salud física y mental de los pacientes. Aquí hay una vertiente prometedora para emplear al sector en el desarrollo integral de los tratamientos médicos.

La reunión de Ministros del G20 del 4 de noviembre pasado fue histórica por haber reconocido la creciente contribución de la cultura a la economía mundial; en particular “su potencial en el espectro de las políticas públicas para forjar sociedades y economías más sostenibles”. Más específicamente, este grupo geopolítico llamó a la cultura, por primera vez en su historia, al centro de sus debates por ver en ella un componente clave para la recuperación económica y social. Muy bien, pero ¿Qué hacemos con esto? ¿Seguir regando este discurso para alimentar el pensamiento a granel? ¿O exigir y acompañar el desarrollo de estas inclusiones estratégicas desde la sociedad civil organizada? El gobierno mexicano ha sido incapaz de ver y entender esto. A mediados de la pandemia, el sector empresarial del país presentó 68 ideas para la recuperación económica. El documento no solo no contenía una sola idea en materia de cultura, sino que el presidente no lo entendió, mucho menos lo acepto. Recientemente, su cuestionada Secretaria de Economía, publicó un plan de recuperación económica verdaderamente pobre, el cual tampoco contiene en ninguno de sus cuatro ejes, una sola idea en materia de arte y cultura. Así las cosas, solo quedaría insuflar el aislado, separado, solitario y nada transversal ñoñismo verbal de una secretaría que no para de repetir “La cultura es la herramienta más poderosa de la transformación social”, “Que nadie se quede atrás”, “La cultura no ha parado” “La cultura comunitaria…”.- Este ñoñismo verbal es fuente inagotable del pensamiento a granel. 

Solo espero que el sector cultural no sea ingenuo, cretino ni pretencioso que siga creyendo que la cultura será esa arma poderosa de transformación social, ahora en su versión de antibiótico post pandémico. No lo es porque la sustancia activa de esa poderosa herramienta es el ñoñismo verbal de siempre en otra presentación. Es decir, un intento por promover el arte y la cultura como placebo para seguir dando de comer a la diletancia. 

Creo que la cultura, vista desde un punto de vista menos pretencioso, será algo más parecido al suero en la etapa postpandémica, que no es cosa menor. El suero permite inyectar sustancias al organismo que aportan elementos imprescindibles. Tiene la capacidad de irrigar cavidades y tejidos, así como entrar a las venas cuando hay disminución de líquidos o volumen de sangre. Una perfusión intravenosa en la sociedad, haría llegar de mejor forma los beneficios de un programa de recuperación económica publico-privado de mejor manera, si se hiciera a través del suero de la cultura. Se trata de que la sangre salga del corazón y llegue al cerebro de las personas y comunidades de otra manera. Ahora, esto no va a ocurrir por obra y gracia de la taumaturgia. O exigimos, acompañamos y persuadimos a golpe de señalamientos y denuncias al Estado y a la iniciativa privada la inclusión del arte y la cultura en la recuperación económica del país; o hacemos de coro de acompañamiento al ñoñismo verbal, que este 2021 viene con el discurso del “Año Internacional de la Economía Creativa para el Desarrollo Sustentable” y anda en busca de gestores dispuestos a alimentar el pensamiento a granel.  

Menos mártires y más apóstoles en este proceso es lo que necesita la promoción del arte y la cultura en esta etapa de la vacuna. Aquí, el primer paso es dejar de ser diletantes repetidores del ñoñismo verbal que parece no haber pasado por la pandemia. 



martes, 12 de enero de 2021

El sofisma de la resiliencia en las políticas culturales. Carlos Lara G.

El término resiliencia, como muchos seguramente saben, es propio del campo de la epidemiología social. Con el tiempo, fue abrazado con especial ahínco por la física y más recientemente llevado por diversos especialistas a las área de la psicología y las relaciones humanas. Su cualidad más reconocida es esa de resistir. Creo que es precisamente esa idea de resistencia la que imantó la atención de algunos gestores y promotores culturales para sugerir su adopción en el ámbito del arte y  la cultura, y más particularmente al de la cultura comunitaria mediante la denominada Gestión Cultural. Lo hicieron asumiéndola generalmente a partir de la gastada definición de conjunto de procesos socioculturales e intrafísicos que pueden generar una vida sana en un medio insano.
Hace un par de años tuve la oportunidad de conocer al mercadólogo francoamericano Clotaire Rapaille, estuve en una de sus intensas dinámicas de grupo en la Ciudad de México. Clotaire es especialista en arquetipos culturales, creatividad e innovación, ha escrito diversos libros y ensayos a lo largo de su vida en los que analiza y explota el código cultural de determinadas culturas en el desarrollo de bienes y servicios comerciales. En una de sus obras más recientes, El verbo de las culturas, identifica esa marca verbal que suele definir a los habitantes de cada país. A partir de esta identificación sostiene, por ejemplo, que el verbo de la cultura alemana es obedecer; que dentro de su objetivo como cultura esta el orden y la planeación. Asimismo, que el orden, la disciplina, los sistemas, la inteligencia y la búsqueda permanente de la perfección (ingeniería), son parte de su complejo de superioridad. En tanto que el verbo de la cultura estadounidense es hacer y el de los franceses pensar. En efecto, para estos es más importante pensar que hacer. En América Latina el verbo de la cultura colombiana, según Clotaire, es vivir (su música es prueba de ello), en tanto que el de la cultura argentina es ser soberbio (Maradona nos lo recordó). En el caso mexicano identifica tres verbos: sufrir, sobrevivir y aguantar. En ese orden, siendo el último de estos el verbo más representativo de nuestra cultura. Esto explica muchas cosas.
Ahora bien, ¿Por qué sostengo que la resiliencia es una suerte de sofisma en el campo de las políticas culturales? Por la razón de que llevamos décadas escuchando, leyendo y comentando ese estribillo verbal ya casi algorítmico, de la resiliencia como resistencia, aguante y capacidad para seguir adelante regenerando el también desgastado tejido social (otro estribillo). Haciendo comunidad (uno más), sin recursos, y por ende, sin resultados. Sin infraestructura, con una escasa participación del mercado, un reducido apoyo de mecenas y mecanismos de patrocinazgo, así como un nulo acompañamiento del Estado para abrir mercado. Así las cosas solo queda la familia y el sacrificio personal, eso sí, con un alto salario emocional. ¿Quieren ver casos de éxito de otras comunidades que han sido más inteligentes en el desarrollo de sus respectivos temas? Vean la historia del desarrollo del derecho de acceso a la información (que inició dos años después que el derecho a la cultura) , o bien, el tema de género en las políticas públicas.
Recientemente, el medievalista Martín Ríos Saloma, entrevistado por la periodista Mónica Mateos Vega para el diario La Jornada, señalaba la resiliencia como la principal enseñanza que nos han dejado las pandemias. Que las sociedades han demostrado que se saben coordinar para enfrentar esos males. El especialista reflexiona acerca de las consecuencias y cambios que se derivan de crisis sanitarias mundiales, como esta del Covid-19. Sostiene que la principal enseñanza que las pandemias dejan en una sociedad es la capacidad de resiliencia para enfrentar esas tragedias, y una de las grandes herramientas es la esperanza, la cual tiene que ver con la idea de que “así como sobrevivió una parte importante de la población en el pasado, así vamos a sobrevivir nosotros. Por tanto, bajo su punto de vista, es la sensación de esperanza la que nos tiene que motivar a construir entre todos una sociedad más justa, equitativa, solidaria y respetuosa con el medio ambiente, y evitar las grandes desigualdades sociales que esta pandemia ha mostrado. Lo cual quiere decir que, desde la visión clásica del término resiliencia, después de la pandemia, volveremos a recobrar la esperanza. Sin embargo, si vamos más allá del término clásico, que solo nos instala de regreso al mismo sitio, podríamos en verdad construir una sociedad más justa. Esta me parece la forma más apropiada en que debieramos concebir el término; asumiéndola como una capacidad humana para enfrentar una determinada situación adversa y salir fortalecido por la experiencia que nos dejó. Como capacidad de voluntad y superación que nos aleje lo más posible de la visión medianera y conformista que tiende a situar a la comunidad cultural siempre en el mismo auditorio, para escuchar el mismo discurso, pues es también como se justifica la mediocridad gubernamental.
En lo personal, considero que debemos ser capaces ya, de superar esa suerte de glosario emocional que nos han implantado por décadas para referirnos a conceptos que han venido quedando huecos y ya nada representan, porque no van acompañados de acciones, sino de emociones. Hay una gran cantidad de gestores que creen que el tejido social, el lazo social y la cohesión social, se restauran con alitas de mariposa. La creación de comunidades está muy bien, pero ¿para qué? Para hablar de universos posibles, resiliencia, gobernanza. No hay mejor teoría que una buena práctica.
En ese contexto, el gestor cultural más osado en una pandemia logra hacer cubre bocas de diseño independiente, ecológico, sostenible, biodegradable e inclusivo, pero sin mercado donde colocarlo. Porque solo pensó en cómo iba a recrear la identidad cultural de quienes lo portaran y lo colorido que se vería circulando por las redes sociales. Peor aún, sin autoridades que le abran paso a sus creaciones. Por eso sostengo que hoy el Embajador estadounidense Cristopher Landau, y la empresa Amazon, hacen más que la Secretaría de Cultura y Fonart juntos, en el desarrollo del Arte Popular Mexicano. 
A estas alturas ya deberíamos saber que la comunidad cultural no es resiliente. Bajo la máxima de Jesús Reyes Heroles: “Lo que resiste apoya”, el sector cultural resiste, apoya, ayuda e impulsa a otras comunidades y sectores a superar su adversidad, pero este sector en sí, no supera nada, vuelve al estado en que estaba antes de cada crisis. La historia nos dice que la cultura es un sector al que suele recurrir el gobierno cuando hay una crisis social, política, económica y ahora también sanitaria. Es como el perro de pueblo, al que sacan al frente de la casa cuando sienten la amenaza de algún forastero, y lo encierran en el patio trasero cuando vienen las visitas. Suelen ponerla al frente de cualquier amenaza a la soberanía para detonar el patrioterismo de clóset, de cara, por ejemplo, a las ocurrencias del Presidente y su esposa, sobre el Penacho de Moctezuma o el pretendido préstamo de códices, pero la esconden en el patio trasero cuando viene la discusión del presupuesto o la firma de un tratado comercial como el TMEC, un tratado que demostró lo farsante que es la autodenominada izquierda gobernante, que hizo creer a sus seguidores en otra torpe ocurrencia, esa de “sacar la cultura de los tratados comerciales”. 
Así las cosas, la pandemia que vivimos a causa del Covid, aunada al desenfrenado desarrollo tecnológico, a la crisis económica y la tensión creciente entre un mundo que no termina de morir y otro que no termina de nacer, como diría David Konsevik, nos deben llevar a superar la antropologizada visión de la resiliencia, el lenguaje agrícola y toda esa floritura discursiva de las instituciones culturales que solo recrea reuniones de zoom y charlas de café en las que se vierten ideas contemplativas bien pensadas, mejor formuladas, pero que generalmente no llevan a ninguna parte. En el mejor de los casos, conducen al punto anterior de partida. Por cierto, en una de las conferencias mañaneras recientes el presidente preguntó: “A ver, que es eso de la resilencia (sic), porque está de moda…” Sin comentarios...
Lo dicho, si queremos diseñar e implementar políticas culturales con impacto social, es necesario abandonar los elementos discursivos de la gastada resiliencia, que mucho daño han generado; exigir una mejor promoción por parte del Estado y una mayor intervención del mercado, sin miedo a emprender: sin miedo a hacer empresa con la promoción del arte y la cultura.    






martes, 23 de octubre de 2018

Día del gestor cultural, vale cultura, tarjeta rosa, economía naranja y otras ingeniosidades


Día del gestor cultural, vale cultura, tarjeta rosa, economía naranja y otras ingeniosidades
Carlos Lara G.

Por más de dos décadas he visitado las diversas capitales del país y sus aún más diversas comunidades,  gracias a la cultura. Me siento afortunado por ello. Cursos, seminarios, talleres, debates, foros, presentaciones de libros, mesas redondas etc. Analizando, debatiendo y dando más vueltas que forma a las bases, líneas, teorías y fundamentos de la denominada gestión cultural, y no dejo de constatar dos cosas. Por un lado el gran entusiasmo que despierta esta práctica (quisiera decir profesión pero aún no lo es), y por el otro, la poca especialización en la gran mayoría de campos que abraza, a saber, diseño e implementación de políticas culturales, legislación cultural, economía creativa, gestión de recursos, patrimonio cultural, turismo cultural, programación de festivales, marketing y emprendurismo cultural etc. Sin embargo, contagiados quizá por la buenaondez que generan los actos fundacionales del revisionismo perspectivista que estamos viviendo en las redes socioculturales, no acabamos de dar forma a la profesionalización, cuando vemos propuestas como esa del primer encuentro de gestoras culturales (no imagino una gestión cultural con perspectiva de género, pero sí a lo mejor un debate entre la pertinencia de la Tarjeta Rosa en lugar del Vale Cultura). Y qué decir de la idea de tener un día dedicado al gestor cultural. Bueno pues antes de que alguien proponga que sea de los gestores y las gestoras, comparto tres reflexiones.

Primera. Creo que debemos comenzar siendo, por lo menos, más auténticos en esta práctica, para poder ser más profesionales. Lo digo porque las ansias de visibilidad hacen parecer al gestor cultural como legislador de los de ahora, de esos que legislan revisando las notas periodísticas cada mañana, para ver qué iniciativas presentan. Por tanto, tenemos legisladores y gestores culturales de ocasión, compradores de todo lo que aparece en los medios y las redes socioculturales. La economía naranja, por ejemplo, tan de moda en el BID y en Colombia, en este país, debido, entre otras cosas, a que su actual presidente escribió un artículo en un libro sobre el tema. En México hay colegas que quieren adoptarla casi como la tarjeta rosa, sin detenerse a pensar que en nuestro país, esa economía para la cual eligieron el segundo color del espectro solar, se llama “empresas culturales”, así está establecida en la Ley de la micro, pequeña y mediana empresa, y son empresas que deben tener un régimen especial y muchas otras cosas más, pero partiendo de esta base. Es así como en la reflexión académica, en los foros de gestores y promotores culturales, así como entre los abajofirmantes y mesaredonderos de la cultura, se adoptan estas tendencias sin contextualizarlas a nuestra realidad cultural, jurídica y fiscal. Así nos han venido de Colombia pues, con la ciudadanización de la cultura, la movilidad y ahora la economía naranja, de España con las industrias sin chimenea y el peso en taquilla para el cine; de Estados Unidos con las industrias del entretenimiento, de otras partes del mundo con las industrias culturales y de la Unesco con la economía creativa. De Francia nos vinieron en su momento con el mítico 1% a cultura, la excepción cultural y la ley de mecenazgo; de Brasil con el Vale Cultura y la Acupuntura Antropológica, y más recientemente de Argentina con el día del gestor cultural. Se olvida aquí lo que bien advierte el maestro Alfons Martinell: las políticas culturales son contextuales. Se olvida también que el pensamiento mágico está peleado con la técnica jurídica y las disposiciones fiscales, y se hace creer a la gente que existen derechos como el derecho a la movilidad (en todo caso lo es el derecho al libre tránsito), y de este falso derecho desprenden otros como el derecho a la ciudad. Solo diré que el Vale Cultura quedó como quedó en la Ley General de Cultura y Derechos Culturales, debido a una ocurrencia y al desconocimiento de nuestro contexto. Por ello, creo que es mejor comenzar a llamar las cosas por su nombre y entender las tendencias señaladas en su contexto cultural, en su marco normativo y a partir del régimen fiscal establecido en cada país. Tarea de gestores culturales.

Segunda reflexión. La afición a todo y la especialidad en nada concreto que caracteriza a la mayoría de los denominados gestores culturales, incluso a los químicamente puros, que han estudiado la licenciatura y la maestría en gestión, afecta a la práctica misma, puesto que solo beneficia a los empleadores de una serie de servicios relacionados con la cultura, así, en lo general. Al no haber profesionalización en las diversas áreas de la gestión cultural, no solo no se reconoce como profesión, sino que se abarata el trabajo y el talento de los agentes culturales, en particular el de quienes se esfuerzan por dominar y desarrollar un tema en específico, porque siempre habrá un pocholo dispuesto a cobrar menos, y un empleador llamado a ofrecer menos aún. El problema que veo, es que en lugar de contribuir a apuntalar esta práctica mediante la profesionalización, el gestor cultural tiende a hacer lo mismo que el artista que opta por el arteobjeto o la instalación y se dice artista, pero no sabe dibujar un dorso o unas manos desde lo figurativo.

Tercera reflexión. Hasta donde sé, Jalisco fue el primer estado donde se constituyó un Colegio de Gestores Culturales, un esfuerzo derivado de la maestría en Gestión y Desarrollo Cultural de la Universidad de Guadalajara, una de las mejores del país en su género, de las primeras en formar gestores culturales químicamente puros, y que este año va por la octava generación. La Universidad de Sonora es sede también de un colegio denominado Colegio Mexicano de Gestión Cultural A. C. Pues bien, el problema es que no desarrollan la actividad sustancial de la colegiación que es, entre otras, la especialización a través de la actualización y certificación del conocimiento, en las áreas sustantivas que componen este vasto universo llamado gestión cultural. Conozco más el primer esfuerzo, el del colegio impulsado por la maestría en Gestión y Desarrollo Cultural de la Universidad de Guadalajara, he sido parte de esta maestría como profesor de la materia política y legislación cultural. Es una maestría y un Colegio en los que cifro la esperanza de poder desarrollar la gestión cultural como una profesión, entre otras cosas porque cuenta con el respaldo de la Universidad de Guadalajara, universidad que ha desarrollado un Modelo de Gestión Cultural Parauniversitario, que es referente nacional e internacional, en cuyos eventos se han involucrado estratégicamente los egresados de esta maestría.

Creo que el 3er. Encuentro Nacional de Gestión Cultural, celebrado este año en la ciudad de Mérida, bajo el título “Aportes de la acción cultural a la Agenda 2030 del desarrollo sostenible”, era una oportunidad para poner en el centro del análisis la profesionalización, como aportación a este horizonte estratégico, en lugar de seguir confeccionando una vitrina interminable de experiencias desde lo local, lo comunitario, lo regional, lo universitario, lo nacional, lo global…Y lo mismo para los observatorios, conversatorios, las redes de gestores culturales universitarios, independientes, gubernamentales, infantiles, juveniles, bioculturales, veganos etc. Pues nada, que se echa en falta el gestor cultural profesional. Insisto, es necesario apostar por la colegiación e iniciar por la formación antes que por la afición, la formación en competencias profesionales y mediáticas, de lo contrario seguiremos teniendo aficionados a todo y especialistas en nada.  Quienes me conocen, saben que no es mi estilo tratar de endulzar el oído de nadie, no ando en busca de cursos, ni materias, ni alumnos, ni seguidores de Facebook. Digo las cosas como las veo y puedo estar equivocado. Sigo viendo porristas mentales que desde la gestión dicen a los gestores ¡Venga chicos vamos bien, sigamos construyendo universos simbólicos, tejidos sociales, ciudadanías pluriétnicas, nociones de comunidad, diálogos interculturales…Lo cual está muy bien, pero deberían también motivarles a la profesionalización, porque esa misma falta de experiencia y profesionalización que exigimos en los legisladores y en el funcionariado cultural del país, es la misma que falta en los denominados gestores culturales.

martes, 15 de mayo de 2018

La revaloración como política pública Carlos Lara G.

Escuché con atención el diálogo sobre la reforma cultural al que convocó el Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura y la Editorial Editarte, entre los representantes de las coaliciones electorales, el cual merece una felicitación por el esfuerzo, la coordinación y la convocatoria. Sobre lo discutido comparto tres puntos de vista.

Los acuerdos

El primero es que todos los representantes de las coaliciones reconocen que la cultura es importante, que es eso que ya sabemos, generadora de identidad y cohesión social, pilar del desarrollo, más del 7 % del PIB, un ámbito desatendido, y al mismo tiempo un sector con perspectivas de crecimiento. Todos se decantan por un incremento al presupuesto en igual porcentaje, por un mayor apoyo por parte de la iniciativa privada, una relación más cercana con la sociedad civil,  la descentralización de los bienes y servicios culturales, la seguridad social para los artistas y el robustecimiento de la Secretaría atrayendo áreas sustanciales que ahora forman parte de otras secretarías. En fin, hacer de la cultura una política de Estado. Como vemos, hacer de la revaloración una suerte de política pública. Ah y la ocurrencia del evento: ¡Que la Secretaría de Cultura pueda ser denominada Secretaría de las Culturas! Bueno, si eso hace feliz a alguien, adelante.

Horas antes del evento leía la columna semanal de Jesús Silva Herzog-Márquez, me viene a la mente una afirmación para tan atinada ocurrencia. Dice que este gobierno (yo diría que todos), ha hecho del narcisismo su principal política pública. Que los recursos públicos sirven para celebrarse. Que el Estado Narciso se adora y pretende que todos nos unamos en el amor a su espejo. En efecto, habiendo necesidades apremiantes, nos detenemos a vernos en el espejo para preguntar cómo se vería mejor la Secretaría. Entiendo que los temas de nomenclatura hacen feliz a muchas personas, y emplean a otras tantas, pero rompamos ya ese espejo para salir del espejismo. Por cierto, no dejo de preguntarme por qué tenemos una política cultural endógena. Sí, diseñada e implementada casi exclusivamente para los creadores y promotores del arte y la cultura, donde la evaluación es positiva por aceptar la afirmación de, si ellos están bien, estamos haciendo las cosas bien. Parte de la respuesta está en el evento de ayer, la mayoría de los asistentes eran creadores y promotores del arte y la cultura, lo cual está muy bien, simepre que no se piense que son los únicos destinatarios o los destinatarios finales de las acciones públicas en esta materia, sino agentes mediadores cuyo trabajo hace llegar las bondades del arte y la cultura a los ciudadanos.

Las propuestas

El segundo punto es relativo a las propuestas. A ver, en realidad este ejercicio fue una buena y necesaria puesta al día de temas de la agenda cultural. La oportunidad para que las coaliciones respondan lo que la comunidad cultural escuche lo que desea escuchar. Es decir, ya no analizamos y cuestionamos a los partidos (hoy coaliciones) en función o a partir de lo que registraron ante el Instituto Nacional Electoral, hoy todo es acumulable y expresable en el camino; algo así como ¿Qué proponen? Lo que usted guste, y si no lo traigo o no lo he dicho, se lo digo ahora mismo. Bastaría que alguien con demasiado tiempo disponible hiciera una correlación entre lo que registraron ante el INE y lo que dijeron ayer, para darnos cuenta de que todo está en construcción.

Dentro de las propuestas a destacar están las de la representante de Margarita Zavala, Consuelo Sáizar, quien planteó la necesaria descentralización de los bienes y servicios culturales, con indicadores, el incremento del presupuesto al 1 % del presupuesto aprobado, la  creación del instituto de guionismo, así como de cinetecas y una mayor atención a los trabajadores de la cultura. Raúl Padilla, representante de la coalición Por México al Frente, planteó la necesidad de aumentar la deducibilidad fiscal en el impulso de los bienes y servicios culturales, una sana distancia con Secretaría de Hacienda, debido a que debe ser la Secretaría de Cultura quien realice la gestión y aplicación de los recursos, así como un mayor impulso a la denominada economía creativa, considerando el crecimiento y el rumbo económico del país y una ley de mecenazgo. Beatriz Paredes, representante de la Coalición Todos por México, lanzó la expresión del candidato Meade, de impulsar un programa cultural sin precedentes, a partir de los ejes rectores de la inclusión y la pluriculturalidad. Sostuvo que la cultura es un eje transversal de la acción gubernamental, por tanto las políticas culturales también debían serlo. Propuso también la seguridad social para los artistas, apoyos a la industria cinematográfica y la acciones que consoliden a las instituciones culturales en general.

Por su parte, la representante de la Coalición Juntos Haremos Historia, Alejandra Frausto, señaló que la propuesta consiste en orientar las acciones culturales a la reconstrucción social y hacerla valer como una herramienta de paz. Se decantó también por apoyar a los creadores y trabajadores de la cultura, así como una política cultural gestada directamente desde los municipios, a manera del programa México Cultura para la Armonía, aprovechando la infraestructura cultural, fortaleciendo la legislación de los derechos de autor y devolviendo el Fonart a las Secretaría de Cultura, propuesta a la que se sumaron los demás representantes.

La revaloración como política pública

El tercer punto es justo la revaloración de todo lo que ya sabemos, como política pública. No es que no hayan dicho nada nuevo, como muchos han comentado. Sucede que llevamos años sin acciones progresivas de gobierno, hablamos de transvesarilad pero no la vemos, de descentralización y tampoco, de presupuesto y menos… Sé que todo está dicho, pero como nadie escucha hay que repetirlo, diría Cortázar. Por esa razón cada tres y seis años escuchemos lo mismo. Considérese que desde inicios del siglo pasado, en lo que hoy conocemos como Comisión de Cultura y Cinematografía, no solo hemos tenido como legisladores a gente destacada en el ámbito de la creación, sino también interés por el cuidado y difusión del patrimonio cultural, tanto hemerográfico, bibliográfico, fotográfico, como el histórico e indígena[1]. Desde entonces se ha venido reconocido el asfixiante centralismo y la necesidad de impulsar la descentralización de la función pública en esta materia, de dar mayor presupuesto e incorporar a la realización de sus tareas, a la representación colectiva etc.

Ya en la etapa moderna del país, particularmente en 1996 fue presentado lo que podríamos considerar el primer proyecto legislativo de la Comisión de Cultura. Resultado de diez mesas de trabajo que llevaron por título Análisis en Materia de Política y Legislación Cultural, en las que se abordaron temas como el registro fiscal aplicable a los productores e industrias culturales, y a los creadores de arte, intérpretes y ejecutantes. Mesas divididas en: Producción cultural en medios audiovisuales; derechos de autor; culturas indígenas y populares; educación, arte e investigación en y para la cultura; promoción de la lectura; patrimonio material e intangible; infraestructura, centros comunitarios y regionales; el papel de la sociedad civil en la cultura; promoción y difusión de la cultura y empresas culturales y estructura de la creación artística[2]. Como vemos, ni la estructura de los foros ha cambiado.

Ese mismo año tuvimos un Primer Seminario de Derechos de Autor en la LVI Legislatura, celebrado en noviembre de 1996, así como El Tratamiento Fiscal de la Industria Cultural y los Autores; la publicación del Instructivo Contable para los Autores un año después; la organización del Foro Virtual de la Cultura Mexicana en 1997[3]. La elaboración del Proyecto Legislación Cultural realizado por la legislatura y la Dirección de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma Metropolitana, en junio de 1997[4]. Desde ese mismo año se vienen organizando al seno de la Comisión de Cultura, foros ciudadanos acerca de las reformas y adiciones a la Ley Federal del Derecho de Autor y cinematografía. Un año después, se organizó un foro ciudadano más, orientado a la creación de la Ley Federal del Libro.
Posteriormente en la Legislatura LV (1991-1993) la Comisión de Cultura elaboró el primer programa de trabajo del órgano congresional, basado en los “Objetivos de la política cultural del gobierno de México” así como del Plan Nacional de Desarrollo 1989-1994, en el que destacó la protección y difusión del patrimonio cultural del país, el apoyo a la creación y la difusión del arte y la cultura. En la legislatura siguiente, la LVI (1994-1997) la Comisión centró su trabajo en la protección y difusión del patrimonio cultural, así como en la publicación de trabajos especializados como el Primer Seminario de Derechos de Autor, uno más enfocado en el Tratamiento Fiscal de la Industria Cultural y los Autores, del cual salió el Instructivo Contable para los Autores, así como las primeras mesas de análisis sobre política cultural y legislación.
La siguiente legislatura, la LVII (1997-2000) realizó diversos seminarios, foros y publicaciones, entre los que destaca Los que no somos Hollywood, donde se discutió la legislación en materia cinematográfica, de cara a la discusión de las reformas a la Ley Federal de Cine. Asimismo, el primer foro interparlamentario denominado “El quehacer de la cultura. Experiencias estatales”, cuyo objetivo fue conocer el trabajo cultural de los diferentes estados: la problemática, alcances y perspectiva. Fue en este foro donde se adoptó el resolutivo de presentar la iniciativa de incluir el derecho de acceso a la cultura en la Constitución, particularmente en el artículo 3º constitucional.
Sí, en efecto, lo que vimos ayer fue la revaloración de nuestra cultura como base de una política pública. Nada nuevo en realidad a lo ya analizado, discutido, propuesto e incumplido en otros años, en otros foros, tales como La agenda para un México nuevo presentada por el equipo de cultura de Vicente Fox, la primera Encuesta Nacional de Cultura 2003, del foro Hacia un Parlamento de Cultura realizado en 2006 en la LIX Legislatura, del foro Parlamento Alterno de Cultura y Educación celebrado ese mismo año en la ENA, del foro Identidad y cultura organizado por los seguidores de la izquierda mexicana, en torno a Andrés Manuel López Obrador, de las propuestas publicadas por revistas como Nexos, en particular su No. 135 titulado ¿A quién le importa la cultura?. El frustrado intento de la UNAM por hacer, con recursos aprobados por la Cámara de Diputados, lo que denominó El Diagnóstico Nacional de Cultura; el pliego petitorio presentado en 2007 por Víctor Hugo Rascón Banda a la Comisión de Cultura; las enriquecedoras propuestas publicadas en el número 362 de la Revista Nexos de febrero de 2008 intituladas “Rumbas y rabias de mamá cultura”, el libro Revisión y prospectiva de la cultura mexicana, presentado en 2008, coordinado por Francisco Toledo, Enrique Florescano y José Woldenberg, el foro Modelos de gestión para el México del siglo XXI celebrado por el entonces Conaculta en febrero de 2009 en el Auditorio Nacional; el foro El futuro del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, organizado por la Comisión de Cultura de la LX Legislatura en julio de 2009; en los foros de Reflexión Compromiso por México, realizados por el PRI en junio de 2010.
Y qué decir de la Segunda Encuesta Nacional de Hábitos Prácticas y Consumo Culturales, presentada en noviembre 2010; del foro Por una cultura para el bienestar y el desarrollo, realizado por la Fundación Colosio en septiembre de 2011; del foro México 2020, organizado por los promotores de la candidata panista Josefina Vázquez Mota en noviembre de 2011; del foro Mesoamericano de Cultura, Turismo e Identidad, realizado en noviembre de 2012; el foro Una política cultural para México, organizado por la Fundación Colosio en la ciudad de Guadalajara, en mayo de 2012; del foro Cultura y Arte, realizado en febrero 2012 por los seguidores de Morena en la ciudad de Morelia.

Qué decir también de los Diez puntos básicos para la política cultural 2010-2018 (carta entregada por parte de un grupo representativo de la denominada comunidad cultural a los candidatos presidenciales, y en mano, al ahora Presidente de México en 2012); del foro La configuración estratégica para las políticas culturales en México, organizado por el gobierno federal; del foro El papel del Estado en la cultura del siglo XXI, organizado por el Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012. Del Pacto por México en materia de cultura; del foro de Consulta Ciudadana México actor con responsabilidad global, realizado por el gobierno federal en Marzo 2013; del foro Federalismo y financiamiento de la cultura, organizado por la Comisión de Cultura del Senado de la República en febrero de 2013; el foro México con Educación de Calidad para Todos, realizado por el gobierno federal en abril 2013. Las propuestas para la agenda legislativa entregadas a la Comisión de Cultura y Cinematografía de la LXII de la Cámara de Diputados, por parte del Consejo Asesor de la Comisión en mayo de 2013; del Foro interparlamentario de cultura, organizado por la Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados en mayo de 2013…Sería ocioso continuar con el conteo de foros. Sobre el contenido de los mismos se puede ver el libro Voces ecos y propuestas para la agenda cultural del siglo XXI. Disponible en: http://biblioteca.diputados.gob.mx/janium/bv/md/LXII/voc_eco_prop.pdf

De los libros y plataformas políticas y legislativas ya no hablamos, pero igualmente vienen en el citado libro.

¿Cómo queremos al Estado en la cultura, como facilitador, patrocinador, arquitecto o ingeniero?

Al hablar del fundamento de la actividad cultural del Estado, autores como Antonio Pau y María J. Roca (2009), rechazan acertadamente que dicho fundamento radique en una función social dirigida a los artistas, debido a que el servicio cultural no debe ser visto como una especie de seguridad social para éstos. No tiene como meta, dicen, el sólo hecho de asegurar su sustento. Reconocen en el servicio cultural una función social que es la prestación, pero una prestación referida a los consumidores del arte. En el derecho de acceso a la cultura, el Estado, a través de los poderes públicos que lo integran debe generar acciones positivas para garantizar un piso mínimo de acceso de forma subsidiaria. Esto es, apoyar al que no puede acceder a los bienes y servicios culturales, pero no suplir su esfuerzo individual de forma asistencial. Citando a Milton Cumming y Richard S. Katz, pregunto ¿Cómo queremos al Estado después de la Reforma Cultural? Creando diversas fuentes de financiamiento a través de una política impositiva con libertad de opción de los individuos y corporaciones donantes (Facilitador). Respetuoso del principio de autonomía con un Consejo que determine a quienes se apoya (Patrocinador). Como financiador de las artes a través de un funcionariado cultural que las apoye como parte de los objetivos generales de bienestar social basados en la tradición histórica (Arquitecto). O bien, como dueño de todos los medios artísticos de producción, que financie sólo el arte que alcanza los niveles políticos de excelencia (Ingeniero). Es el modelo de política pública de Estado el que se debe discutir y no solo las propuestas de forma aislada. Desde luego, me decanto por un Estado arquitecto, matizando mi elección con lo señalado por Stefan Huster, quien al hablar de la cultura del Estado constitucional, señala lo que da sentido a la intervención de los poderes públicos en materia de cultura. La cuestión, dice, no es la responsabilidad del Estado por la cultura, sino la responsabilidad de la cultura por la sociedad. En esto los creadores deben ser subsidiarios y asumirse como agentes mediadores en el consumo cultural de los ciudadanos. 

Concluyo diciendo que la cultura es un sector sobre diagnosticado, por ello es que se ha hecho de la revaloración de sus bondades una suerte de política pública en cada foro 2) Que en el sector cultura nunca llueve a gusto de todos, y por ello en esta ocasión, ninguna propuesta está escrita en piedra, sino que se encuentra en elaboración continua. El análisis ya no es a partir de las propuestas registradas eante el INE, sino de lo que va saliendo en el camino, que si la economía naranja en Colombia, que si el mecenazgo francés, que si el vale cultura brasileño… 3) Que el gran reto de la política cultural de Estado en la que todos estamos de acuerdo, se reduce al sintagma expresado por Raúl Padilla: voluntad política. 





[1] Un resumen, no actualizado por cierto, del historial de la ahora Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados se puede ver en: http://www.diputados.gob.mx/cesop/Comisiones/5_cultura.htm Otro más actualizado se encuentra disponible en: https://www.academia.edu/16458774/Historial_de_la_Comisión_de_Cultura_de_la_Cámara_de_Diputados
[2] Los resultados de este encuentro conformaron un “Resumen analítico” bajo los criterios de problemática general o diagnóstico del tema, denuncias e inconformidades de los participantes, propuestas y argumentos. La información se estructuró de la siguiente manera: Diagnóstico y fundamentación, planteamiento histórico, conceptual o ideológico. Ordenamiento geográfico, por sectores, académico, público, privado, social, gubernamental, no gubernamental. Criterios cualitativos y cuantitativos para la sistematización de las demandas, propuestas, argumentos, etc. Clasificación de las propuestas; Especificación sobre la normatividad cultural, política cultural, económica, social, profesional relacionado con temas de cada mesa. Organizaciones e instituciones encargadas de las tareas culturales. Estímulos y apoyos a la creación artística y a la actividad laboral y gremial. Clasificación de inconformidades y comentarios.
[3] Un foro de discusión en torno a las políticas culturales a través de Internet con diferentes actores sociales
[4] Se trata de un inventario electrónico de la legislación cultural en México desde 1903