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viernes, 18 de junio de 2021

La geopolítica cultural en la CDMX después del 6 de julio

La geopolítica cultural en la CDMX después del 6 de julio. Carlos Lara G.

Por primera vez en la historia de la CDMX, la infraestructura cultural más importante del país será gestionada por una alianza opositora al gobierno central y al gobierno federal. 
La alianza opositora está compuesta por los partidos que han impulsado la Reforma Cultural. 
La plataforma cultural de la alianza opositora es más robusta y coherente que la plataforma de la alianza gobernante.

jueves, 28 de enero de 2021

La servucción en la prestación de bienes y servicios culturales. Carlos Lara G.

La Servucción es necesaria como estrategia de gestión cultural. Particularmente en momentos de crisis como el que estamos viviendo, pero más aún en un país donde el gobierno se desentiende de la cultura, descalifica a la sociedad civil organizada, desaparece mecanismos financieros de participación público privada y apuesta por un solucionismo populista que no ha podido estar a la altura de las circunstancias. Un gobierno donde fallar es cuestión de método. En días pasados circuló una nota en el diario Reforma sobre la renta (otra vez), de la Biblioteca Vasconcelos para la realización de escenas de una narco serie sobre la corrupción en México. El señalamiento es por la violación al Reglamento General de Servicios Bibliotecarios, que establece que estos recintos no pueden ser usados para otros fines que no sean los propios del espacio cultural. Como sabemos, en 2007 este mismo recinto fue escenario también de una pasarela para un catálogo del Palacio de Hierro. 

Bajo mi particular punto de vista, no podemos ver la renta de un espacio cultural solo desde la antropología o la sociología, sino también desde la administración pública, pues la cultura además de ser un fenómeno y un derecho, es también un servicio público. Esto nos permitiría separar el valor simbólico del inmueble para analizar las posibles oportunidades que nos podría dejar este caso. Haré un apretado ejercicio de reflexión. Si bien esta biblioteca es un recinto cultural que promueve el libro y la lectura, dicha función no debiera frenar la diversificación de sus bienes y servicios, la posibilidad de generar recursos financieros adicionales y sobre todo la posibilidad de retenerlos. Así recuperaría una parte de los recursos que le ha quitado el gobierno en el presupuesto. Es decir, si el gobierno no es capaz de dar un presupuesto digno, por lo menos debería generar condiciones para compensar la situación. Al ser una disposición reglamentaria, es decir, que está en el tramo competencial del Poder Ejecutivo, tiene fácil solución a través de un decreto presidencial, de esos que tanto gustan al mandatario. La Secretaría de Cultura debería impulsar dicho decreto para generar y retener el recurso autogenerado en estos recintos. Pensemos en lo que hubiera hecho la Biblioteca Vasconcelos con estos 311 mil 110 pesos que han ido a parar a la Tesofe. 

Es verdad que el Reglamento General de Servicios Bibliotecarios establece que las instalaciones, mobiliario, equipo y acervo de las bibliotecas, serán de uso exclusivo de las mismas, y que ninguna persona o institución ajena a ellas puede disponer o hacer uso de estos para actividades ajenas a su naturaleza. Sin embargo, también es verdad que la Ley General de Bibliotecas, en su artículo noveno, establece que el Consejo de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, formulará a solicitud expresa, recomendaciones para lograr una mayor participación de los sectores social y privado, comunidades y personas interesadas en el desarrollo de la Red. Con criterios como este, Secretaría de Cultura podría impulsar el mencionado decreto que permita el aprovechamiento de estos espacios culturales. Es una pena ver al director de la Vasconcelos hablar del heroísmo solidario de sus bibliotutores, personas que ofrecen sus servicios por solidaridad y con sus propios recursos, puesto que lo único que muestra es un menosmalismo reprochable (menos mal que no cobran). Envía un mensaje negativo a la administración central: podemos vivir del presupuesto y del salario emocional. 

Tony Puig es un destacado analista catalán que ha escrito, entre otras, una obra intitulada Ciudades con marca, en la que contrapuntea el marketing de servicios con las burocracias casposas. Expone el concepto de Servucción, entendido como la síntesis entre servicio y producción, con un énfasis especial en la idea de que un servicio está siempre en proceso de producción. Esto es, todo servicio concluye su producción en la personalización, en el momento del uso. La idea central de este concepto es que en la prestación de servicios siempre se está en acción: “La repetición monótona no es posible”. Es así que la calidad del servicio público puede depender más del embalaje o la artesanía de su proceso de producción, que de la tecnología, el personal especializado o la operación en edificios arquitectónicos de firma. 

En la Servucción el usuario de cualquier servicio público siempre espera encontrar en él respuestas, propuestas, soluciones y pistas útiles. En el caso de la biblioteca, soportes y acompañamiento para su vida cultural, social, educativa, vecinal y recreativa. Por tanto, en un tipo ideal weberiano, el equipo de producción de cada bien o servicio cultural que presta, debería ser capaz de diseñar, a partir de competencias profesionales y mediáticas, cada utilidad de manera satisfactoria y darle forma de servicio, en lugar de negarlo, o peor aún, de condenarlo.

En otras palabras, un servicio no es un producto que se manufacture una vez y, que mediante los retoques necesarios, se repita casi infinitamente mientras encuentre usuarios. Esto es, la prestación (que no el servicio en sí), termina cuando el ciudadano, usuario o prosumidor lo usa. Recintos como la Vasconcelos corren el riesgo, pese a los esfuerzos que hace su director, de padecer el mal de los museos del país; el de tener dos visitas en la vida del mexicano, la de cuando eres niño y la de cuando eres padre. Y es que la peor la gestión de un recinto cultural como este, es intentar hacerlo pertinente y necesario en el ecosistema del nuevo consumo cultural, con mentalidad y actitudes de bibliotecario. ¿Por qué no pensar en una gran pasarela literaria anual que combine moda y literatura? Demasiada osadía para este gobierno claro.

Volviendo al punto. En la Servucción un servicio no es, casi nunca, un sólo servicio, siempre es un conjunto de servicios. Un servicio central (el núcleo) fuerte, pensado y trazado para satisfacer la necesidad comprendida de los destinatarios. El servicio nuclear en este caso es el acceso a la base de la cultura que es el libro, así como la promoción de la lectura. El libro es un bien cultural, un bien físico, que al ser digitalizado pasa a ser un servicio, un servicio prestacional que ofrece el Estado a través de este tipo de instituciones culturales. La pregunta es, qué otros servicios radiales pueden prestar en un marco de aprovechamiento para salir del precariato y sostener su actividad sustancial de una forma más digna. Además de la citada pasarela, se me ocurre otro tipo de Servucción, la de ofrecer el espacio como set de grabación para películas y series; cenas, recepciones etc… con los respectivos controles por supuesto. Creo que deberíamos abrir un poco nuestra mentalidad bibliotecaria. Dicho esto sin desdén de la profesión, antes bien como una de sus cualidades que la hace ser tan seria que vive encorsetada por inercias históricas y normas inoperantes. Debemos aprender que la única ley científica que la historia enseña, es que las cosas cambian, como bien dice el maestro José Álvarez Junco. 


martes, 26 de enero de 2021

El pensamiento a granel en la promoción del arte y la cultura. Carlos Lara G.

El pensamiento a granel suele producir demasiados entes diletantes en la promoción del arte y la cultura. Es incluso hasta perjudicial, en particular en este momento en el que estamos por entrar a una siguiente etapa de la pandemia, la de la vacuna. Los promotores, gestores, trabajadores, agentes, o como quieran llamarles, del arte y la cultura deben saberlo y entenderlo. Es verdad que fue uno de los sectores más golpeados, que la cultura fue fundamental en el confinamiento, que el comportamiento gubernamental ha sido ingrato y que juntos, el arte y la cultura, son algo más que la sustancia activa de cualquier vacuna contra el Covid… La pregunta es ¿Qué hacemos con todo esto? 

Organismos internacionales como la Unesco, parecen haberse quedado en la primera etapa de la pandemia, no paran de documentar la deplorable situación del sector durante el confinamiento, pero se quedan cortos al momento de plantear posibles soluciones. Promueven y publican documentos con señalamientos como: el arte y la cultura han sido las actividades humanas más golpeadas por la pandemia, el Coronavirus ha obligado a los gobiernos a tomar medidas drásticas de aislamiento social; durante esta época el mundo se ha volcado hacia el arte y la cultura... Es ahora que se hace notorio el valor de la música, el arte, el cine, la literatura, el baile y todas las disciplinas de contenido cultural a las que la población mundial recurre buscando calmar la ansiedad, liberar el estrés provocado por el confinamiento, por lo que han lanzado diversas campañas de promoción y acceso virtual a bienes y servicios artísticos y culturales.

En lo personal, considero que todo esto ha estado muy bien, pero como parte de una primera etapa pandémica. Ahora es necesario comenzar a pensar en las siguientes etapas. Pasar del recuento de daños y el autoelogio al arte, a la cultura y a sus promotores, a la necesidad de que los planes, estrategias y programas de recuperación económica de cada gobierno incluyan a la cultura como sector estratégico. Por ejemplo, materializar el llamado que hace la Organización Mundial de la Salud a los gobiernos del mundo para aprovechar la conexión de estos ámbitos en la mejoría y beneficio adicional de la salud física y mental de los pacientes. Aquí hay una vertiente prometedora para emplear al sector en el desarrollo integral de los tratamientos médicos.

La reunión de Ministros del G20 del 4 de noviembre pasado fue histórica por haber reconocido la creciente contribución de la cultura a la economía mundial; en particular “su potencial en el espectro de las políticas públicas para forjar sociedades y economías más sostenibles”. Más específicamente, este grupo geopolítico llamó a la cultura, por primera vez en su historia, al centro de sus debates por ver en ella un componente clave para la recuperación económica y social. Muy bien, pero ¿Qué hacemos con esto? ¿Seguir regando este discurso para alimentar el pensamiento a granel? ¿O exigir y acompañar el desarrollo de estas inclusiones estratégicas desde la sociedad civil organizada? El gobierno mexicano ha sido incapaz de ver y entender esto. A mediados de la pandemia, el sector empresarial del país presentó 68 ideas para la recuperación económica. El documento no solo no contenía una sola idea en materia de cultura, sino que el presidente no lo entendió, mucho menos lo acepto. Recientemente, su cuestionada Secretaria de Economía, publicó un plan de recuperación económica verdaderamente pobre, el cual tampoco contiene en ninguno de sus cuatro ejes, una sola idea en materia de arte y cultura. Así las cosas, solo quedaría insuflar el aislado, separado, solitario y nada transversal ñoñismo verbal de una secretaría que no para de repetir “La cultura es la herramienta más poderosa de la transformación social”, “Que nadie se quede atrás”, “La cultura no ha parado” “La cultura comunitaria…”.- Este ñoñismo verbal es fuente inagotable del pensamiento a granel. 

Solo espero que el sector cultural no sea ingenuo, cretino ni pretencioso que siga creyendo que la cultura será esa arma poderosa de transformación social, ahora en su versión de antibiótico post pandémico. No lo es porque la sustancia activa de esa poderosa herramienta es el ñoñismo verbal de siempre en otra presentación. Es decir, un intento por promover el arte y la cultura como placebo para seguir dando de comer a la diletancia. 

Creo que la cultura, vista desde un punto de vista menos pretencioso, será algo más parecido al suero en la etapa postpandémica, que no es cosa menor. El suero permite inyectar sustancias al organismo que aportan elementos imprescindibles. Tiene la capacidad de irrigar cavidades y tejidos, así como entrar a las venas cuando hay disminución de líquidos o volumen de sangre. Una perfusión intravenosa en la sociedad, haría llegar de mejor forma los beneficios de un programa de recuperación económica publico-privado de mejor manera, si se hiciera a través del suero de la cultura. Se trata de que la sangre salga del corazón y llegue al cerebro de las personas y comunidades de otra manera. Ahora, esto no va a ocurrir por obra y gracia de la taumaturgia. O exigimos, acompañamos y persuadimos a golpe de señalamientos y denuncias al Estado y a la iniciativa privada la inclusión del arte y la cultura en la recuperación económica del país; o hacemos de coro de acompañamiento al ñoñismo verbal, que este 2021 viene con el discurso del “Año Internacional de la Economía Creativa para el Desarrollo Sustentable” y anda en busca de gestores dispuestos a alimentar el pensamiento a granel.  

Menos mártires y más apóstoles en este proceso es lo que necesita la promoción del arte y la cultura en esta etapa de la vacuna. Aquí, el primer paso es dejar de ser diletantes repetidores del ñoñismo verbal que parece no haber pasado por la pandemia. 



martes, 12 de enero de 2021

El sofisma de la resiliencia en las políticas culturales. Carlos Lara G.

El término resiliencia, como muchos seguramente saben, es propio del campo de la epidemiología social. Con el tiempo, fue abrazado con especial ahínco por la física y más recientemente llevado por diversos especialistas a las área de la psicología y las relaciones humanas. Su cualidad más reconocida es esa de resistir. Creo que es precisamente esa idea de resistencia la que imantó la atención de algunos gestores y promotores culturales para sugerir su adopción en el ámbito del arte y  la cultura, y más particularmente al de la cultura comunitaria mediante la denominada Gestión Cultural. Lo hicieron asumiéndola generalmente a partir de la gastada definición de conjunto de procesos socioculturales e intrafísicos que pueden generar una vida sana en un medio insano.
Hace un par de años tuve la oportunidad de conocer al mercadólogo francoamericano Clotaire Rapaille, estuve en una de sus intensas dinámicas de grupo en la Ciudad de México. Clotaire es especialista en arquetipos culturales, creatividad e innovación, ha escrito diversos libros y ensayos a lo largo de su vida en los que analiza y explota el código cultural de determinadas culturas en el desarrollo de bienes y servicios comerciales. En una de sus obras más recientes, El verbo de las culturas, identifica esa marca verbal que suele definir a los habitantes de cada país. A partir de esta identificación sostiene, por ejemplo, que el verbo de la cultura alemana es obedecer; que dentro de su objetivo como cultura esta el orden y la planeación. Asimismo, que el orden, la disciplina, los sistemas, la inteligencia y la búsqueda permanente de la perfección (ingeniería), son parte de su complejo de superioridad. En tanto que el verbo de la cultura estadounidense es hacer y el de los franceses pensar. En efecto, para estos es más importante pensar que hacer. En América Latina el verbo de la cultura colombiana, según Clotaire, es vivir (su música es prueba de ello), en tanto que el de la cultura argentina es ser soberbio (Maradona nos lo recordó). En el caso mexicano identifica tres verbos: sufrir, sobrevivir y aguantar. En ese orden, siendo el último de estos el verbo más representativo de nuestra cultura. Esto explica muchas cosas.
Ahora bien, ¿Por qué sostengo que la resiliencia es una suerte de sofisma en el campo de las políticas culturales? Por la razón de que llevamos décadas escuchando, leyendo y comentando ese estribillo verbal ya casi algorítmico, de la resiliencia como resistencia, aguante y capacidad para seguir adelante regenerando el también desgastado tejido social (otro estribillo). Haciendo comunidad (uno más), sin recursos, y por ende, sin resultados. Sin infraestructura, con una escasa participación del mercado, un reducido apoyo de mecenas y mecanismos de patrocinazgo, así como un nulo acompañamiento del Estado para abrir mercado. Así las cosas solo queda la familia y el sacrificio personal, eso sí, con un alto salario emocional. ¿Quieren ver casos de éxito de otras comunidades que han sido más inteligentes en el desarrollo de sus respectivos temas? Vean la historia del desarrollo del derecho de acceso a la información (que inició dos años después que el derecho a la cultura) , o bien, el tema de género en las políticas públicas.
Recientemente, el medievalista Martín Ríos Saloma, entrevistado por la periodista Mónica Mateos Vega para el diario La Jornada, señalaba la resiliencia como la principal enseñanza que nos han dejado las pandemias. Que las sociedades han demostrado que se saben coordinar para enfrentar esos males. El especialista reflexiona acerca de las consecuencias y cambios que se derivan de crisis sanitarias mundiales, como esta del Covid-19. Sostiene que la principal enseñanza que las pandemias dejan en una sociedad es la capacidad de resiliencia para enfrentar esas tragedias, y una de las grandes herramientas es la esperanza, la cual tiene que ver con la idea de que “así como sobrevivió una parte importante de la población en el pasado, así vamos a sobrevivir nosotros. Por tanto, bajo su punto de vista, es la sensación de esperanza la que nos tiene que motivar a construir entre todos una sociedad más justa, equitativa, solidaria y respetuosa con el medio ambiente, y evitar las grandes desigualdades sociales que esta pandemia ha mostrado. Lo cual quiere decir que, desde la visión clásica del término resiliencia, después de la pandemia, volveremos a recobrar la esperanza. Sin embargo, si vamos más allá del término clásico, que solo nos instala de regreso al mismo sitio, podríamos en verdad construir una sociedad más justa. Esta me parece la forma más apropiada en que debieramos concebir el término; asumiéndola como una capacidad humana para enfrentar una determinada situación adversa y salir fortalecido por la experiencia que nos dejó. Como capacidad de voluntad y superación que nos aleje lo más posible de la visión medianera y conformista que tiende a situar a la comunidad cultural siempre en el mismo auditorio, para escuchar el mismo discurso, pues es también como se justifica la mediocridad gubernamental.
En lo personal, considero que debemos ser capaces ya, de superar esa suerte de glosario emocional que nos han implantado por décadas para referirnos a conceptos que han venido quedando huecos y ya nada representan, porque no van acompañados de acciones, sino de emociones. Hay una gran cantidad de gestores que creen que el tejido social, el lazo social y la cohesión social, se restauran con alitas de mariposa. La creación de comunidades está muy bien, pero ¿para qué? Para hablar de universos posibles, resiliencia, gobernanza. No hay mejor teoría que una buena práctica.
En ese contexto, el gestor cultural más osado en una pandemia logra hacer cubre bocas de diseño independiente, ecológico, sostenible, biodegradable e inclusivo, pero sin mercado donde colocarlo. Porque solo pensó en cómo iba a recrear la identidad cultural de quienes lo portaran y lo colorido que se vería circulando por las redes sociales. Peor aún, sin autoridades que le abran paso a sus creaciones. Por eso sostengo que hoy el Embajador estadounidense Cristopher Landau, y la empresa Amazon, hacen más que la Secretaría de Cultura y Fonart juntos, en el desarrollo del Arte Popular Mexicano. 
A estas alturas ya deberíamos saber que la comunidad cultural no es resiliente. Bajo la máxima de Jesús Reyes Heroles: “Lo que resiste apoya”, el sector cultural resiste, apoya, ayuda e impulsa a otras comunidades y sectores a superar su adversidad, pero este sector en sí, no supera nada, vuelve al estado en que estaba antes de cada crisis. La historia nos dice que la cultura es un sector al que suele recurrir el gobierno cuando hay una crisis social, política, económica y ahora también sanitaria. Es como el perro de pueblo, al que sacan al frente de la casa cuando sienten la amenaza de algún forastero, y lo encierran en el patio trasero cuando vienen las visitas. Suelen ponerla al frente de cualquier amenaza a la soberanía para detonar el patrioterismo de clóset, de cara, por ejemplo, a las ocurrencias del Presidente y su esposa, sobre el Penacho de Moctezuma o el pretendido préstamo de códices, pero la esconden en el patio trasero cuando viene la discusión del presupuesto o la firma de un tratado comercial como el TMEC, un tratado que demostró lo farsante que es la autodenominada izquierda gobernante, que hizo creer a sus seguidores en otra torpe ocurrencia, esa de “sacar la cultura de los tratados comerciales”. 
Así las cosas, la pandemia que vivimos a causa del Covid, aunada al desenfrenado desarrollo tecnológico, a la crisis económica y la tensión creciente entre un mundo que no termina de morir y otro que no termina de nacer, como diría David Konsevik, nos deben llevar a superar la antropologizada visión de la resiliencia, el lenguaje agrícola y toda esa floritura discursiva de las instituciones culturales que solo recrea reuniones de zoom y charlas de café en las que se vierten ideas contemplativas bien pensadas, mejor formuladas, pero que generalmente no llevan a ninguna parte. En el mejor de los casos, conducen al punto anterior de partida. Por cierto, en una de las conferencias mañaneras recientes el presidente preguntó: “A ver, que es eso de la resilencia (sic), porque está de moda…” Sin comentarios...
Lo dicho, si queremos diseñar e implementar políticas culturales con impacto social, es necesario abandonar los elementos discursivos de la gastada resiliencia, que mucho daño han generado; exigir una mejor promoción por parte del Estado y una mayor intervención del mercado, sin miedo a emprender: sin miedo a hacer empresa con la promoción del arte y la cultura.    






sábado, 5 de diciembre de 2020

Nos mean, y Secretaría de Cultura dice que llueve. Carlos Lara G.

Nos mean, y Secretaría de Cultura dice que llueve 

Una de las primeras acciones del actual gobierno del presidente López Obrador fue lanzarse en contra de la sociedad organizada en asociaciones civiles. Acto seguido, desapareció los “etiquetados” que asignaban los diputados, pero no para democratizarlos, sino para etiquetarlos él mismo. Después, estancó el presupuesto, centralizó los apoyos, los recursos y no conforme con eso, disolvió instituciones e instrumentos financieros de apoyo al arte y la cultura. Ahora, retira el recurso a las entidades federativas e intenta desactivar a la comunidad artística que no hace más que solicitar sus pagos y hacer que cumplan lo prometido. La secretaria de cultura, Alejandra Frausto, contagiada por los arranques de idealismo del presidente, solo atina a decir “La cultura no ha parado”. 
Muchos nos preguntamos qué sucedió con los activos culturales que tenía la mal llamada izquierda mexicana. Parece ser que al incorporarse al servicio público fueron devorados por el oficinismo. Muchos no sabían llenar un recibo de honorarios, quizá esto explique los impagos y la falta de eficiencia en la ya de por sí burocrática y ahora arruinada administración. Algo vieron venir seguramente en esta panda de funcionarios gente como Laura Esquivel, primera en no aceptar la invitación a trabajar en este club de las ocurrencias; lo mismo Horacio Franco y Luis Mandoki. Mario Bellatin no se aguantó la comezón, quiso intentar y ya ven, quitarlo parece haber sido hasta ahora el único acierto de Alejandra Frausto. A dos años de todo esto, vemos un desastroso equipo sin rumbo ni dirección; un fracaso para una izquierda que se ufanaba de tener a lo más granado de este sector. Lo cierto es que deben dejar a los creadores ser creadores y echar mano de los servidores públicos más capaces, que los hay, esperando una oportunidad en el marco del servicio civil de carrera.
Estos dos años de salario emocional a la distancia, de precariedad, ocurrencias y desatinos en la Secretaría de Cultura son enmarcados de forma inmejorable por la ignorancia del vocero de la misma, quien señala que el apoyo a las instituciones estatales no es una obligación de la federación. Es vocero y no ha leído el artículo 4to constitucional, desconoce las facultades y obligaciones del Estado e ignora qué es un derecho prestacional. Atentar contra las asociaciones civiles en general y contra de la comunidad cultural en lo particular, mediante un vergonzoso chat que intenta desactivar su esencia y razón de ser, es atentar contra la libertad creativa establecida en el artículo 4º de la Constitución, contra el derecho de asociación previsto en el artículo 9º del mismo ordenamiento. Es pasar por alto el derecho al trabajo en los términos del artículo 5º. Es vulnerar el ejercicio de los derechos culturales que tanto trabajo ha costado desarrollar.
El pretendido cambio de régimen de la 4T ha resultado ser un vulgar cambio de funcionarios; dispuestos a implementar el populismo punitivo y la mediocridad como política pública. Adiestrados ya para de desincentivar la participación, para aplaudir los ataques y ofensas presidenciales a la sociedad civil organizada, a la libertad de expresión, a la libertad creativa y ahora también, la desactivación de la comunidad artística sin el menor recato. Nos mean, y nos dicen que llueve, solía decir Eduardo Galeano en relación a los medios. Aquí ocurre lo mismo pero desde el gobierno. Un gobierno culturalmente regresivo que tiene a un maniquí de cubre bocas artesanales en la Secretaría de Cultura.

martes, 1 de septiembre de 2020

Secretaría de Cultura pierde el partido sin tocar el balón. Carlos Lara G.


La Secretaria de Cultura no ha podido tocar ningún balón importante desde que comenzó el Torneo Apertura 2018, denominado Cuarta Transformación. Al inicio tuvo buenas jugadas como la de pelear un mayor presupuesto para el sector, pero todos los balones se estrellaron, cuando no en la barrera en los travesaños, hasta convertirse en la única curva que han podido aplanar. Cabe destacar que desde antes del torneo practicaron muy buenas jugadas de pizarrón como esa de descentralizar los bienes y servicios culturales, pero se atravesó el dedito presidencial con el proyecto Chapultepec y terminó enviando el balón nuevamente al centro del terreno de juego. Una de las llegadas más clara fue esa del hallazgo de la voz de Frida Kahlo, de no ser porque saltó un aficionado desde las gradas y desvió el esférico a tiro de esquina.

Meses después tuvo un gran pase, esta vez frente a la portería y sin portero, con la presentación de la Estrategia Nacional de Lectura, pero el entrenador anunció el cambio, la envió a la banca y entró la antojadiza no primera dama, Beatriz Gutiérrez Müller, con ese imponente apellido alemán, que en el futbol es una gran carta de presentación, y sacó de la chistera El Tratado de Mocorito, arrebatándo así también ese balón.

Ya en el Clausura y Apertura 2019 experimentó una despiadada goliza registrando una racha peor que la del Atlas en temporada normal. Perdió siete partidos al hilo. Fue una triste espectadora de todo, en el palco de la transversalidad: La desaparición forzada del programa Pueblos Mágicos, ProMéxico, los fines de semana largos, el Instituto Nacional del Emprendedor, la nefasta absorción del Foprocine, el intento de desaparición forzada del Fidecine, el lamentable recorte en Alas y Raíces; la deplorable y vergonzosa reducción presupuestal al Fondo de Cultura Económica (en este partido los abucheos se escuchaban en América Latina), y qué decir del partido más reciente, el de la cancelación de ferias del libro en su versión digital, porque sus jugadores son todavía analógicos. Un auténtico desastre.

Hay que señalar que pese a ello, la secretaria no se dio por vencido, conocemos de su ahínco como buena guerrerense. Saltó a la cancha a jugar contra la pandemia portando una leyenda en la camiseta que decía “Contigo en la Distancia”. No le fue mal. Era un rival difícil contra el que nunca nos habíamos enfrentado. El problema es que fue en un torneo corto y en formato digital. No sé, era como ver un Necaxa Atlante narrado por Juan Dosal un domingo a las 11: 45. Dicho esto, no por la calidad de los jugadores, sino por el medio de transmisión en un momento de mucha, muchísima oferta audiovisual.

En términos generales no ha sido un buen torneo para la Secretaría de Cultura. Si tuviera que resumir en términos futboleros su desempeño de cara a las próximas temporadas, diría que es como jugar contra el Barça y tener a Messi dentro del área. No hay mucho que hacer. Y es que las indicaciones de su director técnico son las de replegarse lo más posible y correr tras los balonazos de Hacienda y la reducción del presupuesto, el decretazo presidencial de auteridad, los recortes laborales, la cancelación de programas, proyectos y fideicomisos, la lentitud en la implementación de acciones y sacar el pecho por ese maltrecho Programa Nacional de Cultura y su incleible confusión de estrategias con enunciados, propósitos y objetivos.

Es de entenderse que no haya asistido al mundial de clubes. Sí, la dejaron fuera del T-MEC, aunque hubo quienes decidieron jugar por la libre, pero más tardaron en bravuconear la muerte del neoliberalismo por decreto, que en votar a favor el tratado sin respingar; echando a la basura sus promesas en materia de cinematografía y ese empalagoso, obtuso y obnubilado discurso de sacar la cultura de los tratados comerciales. 

Ahora bien, el equipo de la Secretaría de Cultura cuenta con un gran mediocampista ofensivo; el porblema es que le ha pasado lo mismo que a Maradona cuando debutó como director técnico de la Selección Argentina. Exacto, fracasó. Su nombre, Paco Ignacio Taibo II. Al igual que el 10, solía criticar a los hombres de pantaloncillo largo, a los directivos del balonpié por ineptos, capitalistas y corruptos. Claro, al igual que el 10, en la cancha, se había ganado el derecho a decir eso y más. Al igual que el 10, grandes goles lo inmortalizaron, son muy recordados Belascoarán, Pancho Villa y el Che Guevara. Al igual que el 10, había callado a sus más intransigentes críticos y detractores. Sí, al igual que Maradona podría, si quisiera, tatuarse en el brazo izquierdo “La mano de Dios”, alusivo al gol que metió a los ingleses en el mundial de México 86, Taibo podría tatuarse “Se las metimos doblada camarada”, alusiva a la forma en que llegó al FCE. Sin embargo, son sus bravuconadas ante la prensa y esa forma tan personal de jugar sin soltar el balón (caprichosas publicaciones personales acerca de autores exiliados y el gusto personal por los escritores muertos en dictaduras, refugiados, censurados), las que le distraen de su función sustancial. Por ello, Taibo es la más fiel imagen de Maradora en Sudáfrica 2010.

Siguiendo con la mala racha de Secretaría de Cultura, no podemos obviar la indisciplina en el equipo y esos balones difíciles que le ha puesto Jesusa Rodríguez, el propio Taibo, la desubicada periodista que preside Notimex y los aplaudidores a sueldo de Canal Once. Así las cosas, La Secretaría de Cultura solo puede hacer de coro de acompañamiento en ese remedo de estrategia transversal del subsecretario de salud, sumándose al minuto de silencio todos los días a las 12 de la mañana. Es como perder el partido sin tocar el balón.

Juan Villoro, que de esto sabe mucho, sostiene algo muy preocupante cuando señala la característica principal de los aficionados mexicanos al futbol (que son muchos). Dice que se saben desentender del resultado. Que su pasión no requiere de evidencia, que es una eficaz forma del autoengaño. Que por eso se resigna con facilidad y que el verdadero espectáculo en nuestros estadios está en las gradas: “Donde el público siempre hace más esfuerzo que los jugadores”. Fuerte, raso y colocado Villoro. Como los buenos pénaltis.

Bueno, es así como Secretaría de Cultura y su entusiasta equipo de gobernantes de izquierda, férreos conocedores, defensores, amantes, protectores y difusores del arte y la cultura del país, vuelve a ser el equipo llanero de La Cultura del Poder. Un equipo destinado a ser parte de la crónica del daño. Penúltimos en la tabla general, se limitan a hacer lo único que les ha enseñado su timonel: campaña. Ahora, no todo es malo en el descenso. El futbol llanero les ofrece la oportunidad de jugar contra equipos con los que se sentirán más ancanchados (nunca mejor empleado el término). Por ejemplo, Los trapicheros de Hidalgo, Los tlacoyeros del Bajío, Las bombas de mecate, Los carboneros de Bartlett, Los Mineros de Napito, Los eloteros de la Ciénega y Los jalapeños de piña miel. De momento, este es su nivel de juego. Visto desde el cuatroteismo, es decir, con harto optimismo, desde ahí podrían por lo menos practicar su gran afición al remedo.

viernes, 3 de julio de 2020

Política Digital para la Cultura

Política Digital para la Cultura: una primera dosis para el Covid-19 

Carlos Lara G.
Jorge Bravo
Jorge Fernando Negrete P.
José Manuel Hermosillo

Nelson Mandela decía que no había herramienta más poderosa de transformación social que la educación. Suscribimos, sostenemos y extendemos la afirmación: no hay herramienta más poderosa de transformación social que la Internet y los servicios de telecomunicaciones. En época de pandemia es la infraestructura digital la que preserva y garantiza los derechos humanos, al permitir su ejercicio. La infraestructura digital habilita el derecho a conocer y sentir, a transferir y transportar símbolos de la mano de sus significados.

Mientras te mantengas conectado, tendrás acceso a tus derechos
Como sabemos, han existido decenas de pandemias en la historia de la humanidad, pero la actual es la primera donde hay una poderosa infraestructura digital para enfrentar el confinamiento al que nos ha llevado y mantener vigentes nuestros derechos fundamentales e indicadores económicos. Es la primer pandemia que mantiene la libertad de expresión intacta, el derecho de acceso a la información pública, a la salud, la educación, al trabajo de este siglo (el teletrabajo) y, particularmente, el acceso a la cultura. 
No solo eso, será la primera en la cual la tecnología digital ayude a reactivar la economía, el empleo y la normalidad social. Lo que ello signifique. Y es que por primera vez en la historia de la humanidad el ecosistema digital en su conjunto (cómputo, procesadores, software, dispositivos móviles, infraestructura de telecomunicaciones y empresas digitales) interactúa con un solo objetivo: conectar para preservar el Bienestar Digital Cultural. De ahí la consideración de que una política pública digital en materia de cultura tenga su base no solo en el reconocimiento de los derechos fundamentales y en la planeación del desarrollo nacional, sino también en la  rectoría económica del Estado y, más concretamente, en la reforma constitucional en materia de telecomunicaciones.
La reclusión que estamos viviendo ha generado un proceso de inmersión digital visceral, intrusivo, inesperado e inevitable. Un cisne negro para la política cultural. Pero debemos ser capaces de observar que la cultura está frente a una oportunidad inestimable, la infraestructura digital. Todo lo que sea digital será digital, incluida la política cultural. Cuando regresemos del confinamiento seremos una sociedad más digital. La transformación digital involuntaria exigirá una nueva generación de política pública, la digital, ahora mismo.
La administración pública de la cultura no será la misma, necesita nueva política cultural, se llama política digital para la cultura y su expresión es una Agenda Digital para la Cultura.
¿Una idea es un proyecto? No. ¿Tenemos hoja de ruta en la política cultural? No. ¿Tenemos una visión digital para la cultura? No. ¿Sabemos el destino, los objetivos y el camino? No. ¿Tenemos una visión 5G del sector cultural con Realidad Virtual, Realidad Aumentada, Internet de las Cosas, Big Data e Inteligencia Artificial para la experiencia del visitante y mantenimiento del patrimonio cultural de museos, bibliotecas y zonas arqueológicas? No. ¿Contamos con una política de preservación digital del patrimonio cultural en su conjunto? Tampoco. ¿Una visión para los capítulos de propiedad intelectual, economía digital y telecomunicaciones del TMEC? Mucho menos. ¿Cuál es la posición del Estado en materia de plataformas OTT como Netflix o Spotify? No sabemos. ¿Contamos con política digital para la industria editorial, para los fondos de catálogo en Kindle y Amazon? Ojalá. ¿Contamos con Agenda Digital para los Medios Públicos? La respuesta es la misma: no.
Las actividades sociales y económicas que se digitalizaron son las que están enfrentando de mejor forma la pandemia y la reclusión. La infraestructura digital les ha permitido ser resilientes y sobrevivir. La falta de demanda de servicios in situ ha sido transportada  al universo digital. La ausencia de política digital para la cultura no solo manifiesta un abandono, viola y traiciona -ipso iure- derechos humanos, conculca derechos culturales y agrede de forma íntima la creatividad y el patrimonio artístico y cultural de una nación.
La oportunidad
La emergencia sanitaria ha cambiado planes, programas y prioridades en todos los ámbitos de la vida económica y social, la cultura entre ellos. Ha alterado el fondo y la forma como se están tomando las decisiones. Sin embargo, millones de personas han constatado al mismo tiempo que podían vivir sin restaurantes, aviones, plazas, tiendas departamentales, autos, etcétera. No así sin música, libros, películas, series televisivas… El arte y la cultura han demostrado una vez más su capacidad para mantener la cordura social y hacer más llevadero el confinamiento. Es por ello que la cultura en general es un derecho fundamental que debe ser garantizado por el Estado. 
La Secretaría de Cultura anunció un programa a través de plataformas digitales, al igual que decenas de gobiernos del mundo: un conjunto de acciones parecidas más a una ocurrencia que a un set de política pública de vanguardia.
Los artistas, creadores y profesionales de la cultura, así como las organizaciones del sector cultural, han desempeñado un papel fundamental en la promoción del bienestar y la resiliencia de las personas y las comunidades, ejercieron su derecho a la información, libertad de expresión y creativa, han fomentado la conciencia cívica y la tolerancia y crean las capacidades para imaginar las sociedades del futuro, que ya se configuran en medio de esta gran agitación mundial que vivimos por la emergencia sanitaria. Son ellos de quienes ha venido la inspiración de la acción pública, las mejores iniciativas.
Estamos convencidos de que el poder de la cultura y su actividad económica a través de una política digital nacional puede contribuir, sin precedentes, a la construcción de comunidades sanas, sustentables, creativas, innovadoras y resilientes, al desarrollo económico y social. 
La acción gubernamental, si decide implementar una estrategia digital enmarcada en una Política Digital para la Cultura, debe partir, como hemos señalado, del reconocimiento de los derechos fundamentales, de la rectoría económica y de la planeación para el desarrollo del Estado, así como de la consideración de la reforma constitucional en materia de telecomunicaciones, razonando el propósito de convertir al ciudadano en el eje rector de los medios, entre ellos los de servicio público, en la acción de gobierno.
Implementar una política cultural al respeto comporta en estricto sentido de saber transitar en dos vías de forma simultánea para reducir la brecha digital entre la población y garantizar el derecho de acceso a la cultura. 
Por ello, la primera forma es mediante la inclusión digital universal que asegure la realización del derecho a participar en la vida cultural y la presencia de bienes y servicios culturales que todas las personas puedan aprovechar, que asegure a la población su integración a la Sociedad de la Información y el Conocimiento, que garantice el derecho de acceso a las Tecnologías de la Información y Comunicación.  
Una segunda vía es que a través de los servicios públicos de telecomunicaciones y radiodifusión, sea capaz de brindar los beneficios de la cultura a toda la población, y que sean los medios para la difusión y desarrollo del arte y la cultura. Que a través de dichos medios se garantice el acceso a los bienes y servicios que está obligado a prestar el Estado, con el acento puesto en la diversidad cultural en todas las manifestaciones y con pleno respeto a la libertad creativa. 
Diseñar e implementar una política digital para la cultura significa construir nuevas oportunidades, desafíos y políticas asociados a la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales.
Las dimensiones
La dimensión digital de la cultura habilita la preservación digital del patrimonio cultural, su reconstrucción, evocación, documentación e incluso búsqueda geográfica. Las más recientes tecnologías permiten reconocer las topografías y geografías escondidas y revelarlas con el patrimonio cultural adosado a la naturaleza, generando historia y enriqueciendo nuestra cultura. Podemos preservar en el imaginario digital todo el patrimonio cultural. Las lenguas originarias, el patrimonio cultural inmaterial, el histórico y artístico deben ser sujetos de la más ambiciosa preservación digital de nuestra historia. ¿Dónde está la Mediateca Nacional?
Estar conectados significa interpretar, ejecutar para todos en el universo digital: ¿para qué una sala de conciertos si tenemos un universo propio, millones de pantallas como oportunidad de transmisión cultural? ¿Para qué un mensaje para unos, cuando el mundo observa? ¿Para qué interpretar en una sala remota, cuando podemos tocar juntos, desde distintas geografías, nacionalidades, razas y culturas? ¿Para qué ser solo provechosamente nacionales si podemos ser generosamente universales? La conquista de las audiencias es una oportunidad para las artes escénicas, las artes plásticas y la industria audiovisual.
El sector público requiere en estos momentos de la infraestructura digital para orientar la prestación de bienes y servicios culturales que garanticen el derecho de acceso a la cultura, potenciando su actividad económica, así como el ejercicio de los derechos culturales. 
Un momento cumbre de la civilización cultural será el de la combinación de los servicios públicos culturales como museos, zonas arqueológicas y bibliotecas, habilitados por el derecho de acceso a los servicios de telecomunicaciones e Internet. Se entiende que los servicios públicos culturales prestan un servicio para todos en el universo digital. En síntesis, consideramos que una de las enseñanzas que debe dejarnos esta emergencia sanitaria es la de apostar por el diseño e implementación de una Política Digital para la Cultura.
Una Política Digital para la Cultura
Desde hace algunos años, tanto Jorge Fernando Negrete, Director de Digital Policy and Law, como José Manuel Hermosillo y Carlos Lara G., socios fundadores de Artículo 27 S. C., hemos venido madurando esta idea, pasar de la digitalización de la burocracia al desarrollo de una política pública en materia de cultura. Una Política Digital para la Cultura que fusione principios constitucionales, legislación secundaria, programa de gobierno, líneas de acción gubernamentales y una alineación transversalidad con otros sectores estratégicos para la creación de indicadores y el desarrollo de metas institucionales.
Partimos de lo establecido en la Estrategia Digital Nacional, donde el gobierno federal se ha comprometido a desarrollar una Agenda Digital de Cultura promotora de visitas virtuales a museos y sitios históricos… Dicha Agenda está orientada a impulsar el aprovechamiento de las Tecnologías de la Información. Cuenta con líneas de acción orientadas a posibilitar el acceso universal a la cultura mediante el uso de las TIC; a desarrollar una estrategia nacional de digitalización, preservación digital y accesibilidad en línea del patrimonio cultural; a dotar la infraestructura cultural nacional de acceso a las TIC. Asimismo, estimular el desarrollo de las industrias creativas y crear plataformas digitales para la oferta de contenidos culturales, así como impulsar la creación e innovación digitales. Todo esto está establecido y considerado tanto en la reforma en materia de telecomunicaciones.
En este modelo de Política Digital para la Cultura consideramos necesario observar las relativamente recientes reformas a las Leyes de Ciencia y Tecnología, General de Educación y Orgánica del Conacyt, encaminadas a terminar de democratizar la información y el libre acceso a todo lo que el Estado produce con fondos públicos. Esto es, caminar hacia el paradigma del “acceso abierto” a través de la difusión gratuita del conocimiento generado con recursos públicos y con la creación del Repositorio Nacional de Acceso Abierto a Recursos de Información Científica, Tecnológica y de Innovación, de Calidad e Interés Social y Cultural, que deberá estar disponible para todos los ciudadanos. Lo anterior garantiza el derecho de todos a estar informados a través de los nuevos medios de comunicación, así como a acceder a bienes y servicios culturales que aún no terminan de ser nacionales.
Conscientes de que el derecho a la cultura se fortalece a través de la educación, en la Política Digital para la Cultura consideramos también lo establecido en la Estrategia Digital Nacional en materia de educación de calidad, cuyo compromiso es integrar y aprovechar las TIC en el proceso educativo para insertar al país en la Sociedad de la Información y el Conocimiento, mediante objetivos y líneas de acción encaminadas a dotar de infraestructura TIC a las escuelas del sistema educativo, ampliar las habilidades digitales entre los alumnos mediante prácticas pedagógicas, crear contenidos digitales alineados con planes curriculares e impulsar la evaluación de éstos con el propósito de incorporar el uso de las TIC, así como la incorporación de éstas en la formación docente como herramienta de uso y enseñanza.
En materia de acceso a bienes y servicios culturales, plateamos la posibilidad de diseñar e implementar una agenda de eventos conmemorativos y recreativos de la identidad cultural nacional, regional, estatal y municipal en plazas y espacios públicos; particularmente, en aquellos que se han venido recuperando como parte del programa de cultura para la paz, que tiene el propósito de fomentar el esparcimiento y la recreación. 
En los sitios tradicionales, tales como quioscos, casas de la cultura y plazas públicas, es necesario echar mano de la tradición que sigue reuniendo a las personas en torno a estos espacios, generalmente para escuchar música. Se requiere realizar un inventario, un registro y una catalogación de espacios públicos para saber cuál es la capacidad instalada real en el país, así como los bienes y servicios culturales con los que se cuenta y lo que podría aportar cada una de las secretarías de Estado de manera trasversal. Lo anterior para, en su caso, digitalizar, adaptar a un formato de presentación y transmitir una agenda estratégica de eventos artísticos y culturales.
Estamos seguros que una Política Digital para la Cultura que sepa utilizar la conectividad puede desarrollar un programa verdaderamente nacional de los conciertos, por ejemplo, de la Orquesta Sinfónica Nacional, del Coro y del Ballet del Instituto Nacional de Bellas Artes, así como lo mejor de la programación de las instituciones culturales del país. 
Considérese el material de la Cineteca Nacional, las producciones del Centro de Capacitación Cinematográfica, el trabajo realizado por los becarios del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes; hallazgos e investigaciones del INAH; documentales, programas y series de los canales 11 y 22 y TV UNAM; obras teatrales de espacios como el Helénico, etcétera. Todo esto complementado con realizaciones artísticas y culturales de cada región, entidad o ciudad de la República para tener una agenda equilibrada. Asimismo, manifestaciones culturales de otros países para recrear de la mejor manera posible nuestra identidad cultural y el diálogo entre culturas.
Los elementos
En nuestra opinión, toda política pública tiene un campo de acción concreto. En ese sentido, sostenemos que la acción de gobierno desarrollada mediante políticas públicas debe apegarse al menos a las siguientes características para imprimir solidez, coherencia y trascendencia.
Legalidad. Que cuente con alguna base en la legislación que no dependa exclusivamente de la voluntad del gobierno en turno. Respeto al orden legal.
Recursos. Un presupuesto digno para diseñar e implementar acciones encaminadas a garantizar derechos fundamentales.
Transversalidad. Que el Estado, a través de sus tres poderes y los tres niveles, implemente y coordine de forma transversal la prestación de bienes y servicios en el ámbito cultural, favoreciendo una suerte de federalismo cultural subsidiario.  
Continuidad de acciones. Que exista una continuidad a través del tiempo y de los cambios de gobierno que favorezca la continuidad de acciones, con claridad, prominencia y consistencia. Aquí descansa uno de los pilares más importantes que hacen la diferencia entre lo coyuntural y lo estructural.
Conectividad. Fundamental para sintonizar y conectar con el nuevo consumo cultural de bienes y servicios culturales que es cada vez más algorítmico, que viaja cada vez más por la red y que es también cada vez más confinado.
Participación ciudadana. Que los ciudadanos, particularmente los grupos de la sociedad civil organizada impactados por la política pública, la conozcan y en términos generales la acepten. Asimismo, que exista alguna forma de rendición de cuentas por parte de las autoridades responsables de aplicarla.
Relativa autonomía. Necesaria para la ágil implementación de acciones, así como para la contratación y pago de bienes y servicios.
Medición del impacto (sociocultural). Aún y cuando es complicado construir indicadores para medir el impacto sociocultural, es necesario hacerlo, porque se trata de medir el cambio de las condiciones en que vive una comunidad a partir de la implementación de acciones o programas.
Transparencia. No sólo hablamos de rendición de cuentas, también de aplicar el principio de máxima publicidad, porque esto es lo que genera participación ciudadana, continuidad, etcétera.
El tránsito de la posesión al acceso en la datósfera
Es fundamental que tanto el gobierno como los agentes culturales comprendan este tránsito que estamos viviendo, donde el libro impreso, como aún lo conocemos, ha sido durante siglos la base de la cultura, por lo menos desde la denominada Galaxia Gutenberg. En las últimas décadas del siglo XX, en la denominada Galaxia McLuhan, fue un importante difusor de ideas y base central de la educación formal. En la actualidad, en esta segunda década del siglo XXI, enmarcada en lo que podríamos denominar como la Galaxia Microsoft, hemos pasado de la posesión de bienes culturales a la suscripción y al acceso de los mismos. Una suerte de moneda social de venta algorítmica mediante aplicaciones, que pasa de la obra al texto y de éste al hipertexto: una transición marcada por la desvaloración del trabajo escrito, característico de ese emocionante paso de lo narrativo a lo visual y de lo visual a las plataformas multimedias propias de nuestra cultura actual, una cultura de masas personalizada. Lo anterior nos convierte en una suerte de prosumidores o produsuarios en movimiento; que se mueve en una cultura red, misma que se erige en una cultura de autoría donde, como diría Emmanuel Carballo, suele haber más escritores que lectores.
Visto así, desde el ámbito de la industria editorial y del comercio de bienes y servicios culturales, el libro enfrenta diversas batallas, una de ellas ocurre constantemente al seno de organismos como la UNESCO, que concibe el libro como un bien cultural, en oposición a la Organización Mundial de Comercio, para la cual un libro es un producto más en el mercado. 
Como sabemos, México forma parte de ambos organismos. Por ende, es de los países que ha optado por el modelo continental, partidario de las políticas, fomento e impulso al libro y la lectura; contrario al modelo anglosajón, promotor del libre mercado, la oferta y la demanda. Es aquí nuevamente donde la conectividad, en el marco de una Política Digital para la Cultura, puede garantizar la bibliodiversidad en la industria del libro y la lectura.
Otro de los puntos relevantes que consideramos debe tener en cuenta el gobierno y los agentes culturales es que vivimos una digitalización de contenidos en la que, la mayoría de las veces, la realidad nos demuestra que más es menos. Ya no es necesario apropiarse de esos objetos culturales llamados libros con aquella actitud burguesa de antaño, como afirma Frédéric Martel (2014), sino optar solo por tener acceso a ellos. 
Esta inmersión es una suerte de datósfera donde la suscripción, y ya no la propiedad, determina el consumo cultural, marcando el futuro de los bienes y servicios culturales, el libro entre ellos. En efecto, disfrutamos cada vez más de las descargas y ese efecto catálogo de la industria del entretenimiento, lo que demuestra que hemos pasado de una industria generadora de bienes culturales a una industria generadora de servicios, donde la capacidad de almacenamiento es determinante. Por eso es importante una Política Digital para la Cultura; no basta la digitalización de contenidos.
Recientemente la Organización Mundial de la Salud, en el marco de la emergencia sanitaria, recomendó, por primera vez en su historia, incluir el arte y la cultura en los sistemas sanitarios. Advierten que el arte y la cultura benefician seriamente la salud. Como señalamos al inicio, en este confinamiento por la pandemia de Covid-19, el arte y la cultura se convirtieron en una evidencia para muchos, que buscan eventos culturales en línea o se dedican a actividades artísticas para matar el aburrimiento, la ansiedad o simplemente para expresarse. Han hecho más llevadero el confinamiento.
El organismo señala que la música, la pintura o la danza benefician la salud: escuchar música, por ejemplo, ayuda a controlar el nivel de glucosa en la sangre, hacer música mejora el sistema inmunitario y la gestión del estrés, bailar proporciona beneficios en todo el cuerpo y la mente y la pintura o la escultura ayudan en los estados depresivos. 
Lo anterior es muy importante, no solo por ser la primera vez que dicho organismo realiza un estudio a gran escala sobre los lazos entre el arte, la salud y el bienestar, sino también por ser la primera vez en que hace un llamado a los gobiernos y autoridades a aplicar políticas que mejoren la colaboración entre los sectores sanitario y artístico. La oficina regional para Europa ha analizado 900 publicaciones científicas de todo el mundo y la principal conclusión es que “involucrarse en el arte, ya sea bailar, cantar o acudir a museos y conciertos ofrece una dimensión añadida a cómo podemos mejorar nuestra salud física y mental”, según Piroska Östlin, directora regional de la OMS para Europa. 
Los ejemplos citados en el informe de la OMS muestran cómo las artes pueden abordar problemas de salud insidiosos o complejos como la diabetes, la obesidad y la mala salud mental. Consideran la salud y el bienestar en un contexto social y comunitario más amplio y ofrecen soluciones que hasta ahora la práctica médica común no ha podido abordar con eficacia. Cabe señalar que el organismo ha venido apoyando recientes descubrimientos sobre el papel de la música y la creatividad como un suplemento en tratamientos severos que incluso puede potenciar los efectos positivos. 
En conclusión, una Política Digital para la Cultura puede impulsar la garantía, tanto de acceso a bienes y servicios culturales como el ejercicio de los derechos culturales que el Estado está obligado a prestar, en condiciones de normalidad como de confinamiento. En ambas ha quedado demostrado que el arte y la cultura, materializados en bienes y servicios, han sido determinantes para la convivencia y recreación de las personas, las familias y comunidades enteras. Han fortalecido la esperanza, la solidaridad y la cohesión social. Así de importante es una Política Digital para la Cultura.
10 acciones de Política Digital para la Cultura:
1. Diseño inmediato de una Agenda Digital para la Cultura. Política digital para preservar derechos y patrimonio cultural en una sociedad digital.
2. Estudio estratégico y prospectivo sobre el impacto y oportunidades de la tecnología digital en la cultura: 5G, Internet de las Aosas, análisis de los grandes datos, Inteligencia artificial, Realidad Aumentada y Realidad Virtual.
3. Análisis estratégico de los capítulos de Propiedad Intelectual, Telecomunicaciones y Comercio Digital del TMEC, su impacto, amenazas y oportunidades en la política cultural. 
4. Programas de educación artística a distancia en todas las disciplinas.
5. Programas de preservación y mantenimiento digital del patrimonio cultural.
6. Creación de la Mediateca Nacional.
7. Diseño de política editorial en el mundo digital.
8. Diseño de política para preservar el servicio público y acceso de bibliotecas, museos y zonas arqueológicas en el mundo digital.
9. Política digital para la industria cinematográfica.
10. Creación del programa de pyme cultural digital.

lunes, 1 de junio de 2020

¿Para qué subir el piso si podemos bajar el techo? La mediocridad como política pública. Carlos Lara G.

Para qué pensar en ir al espacio, si vamos a tener un tren, para qué pensar en energías limpias, mejor el carbón, así ingresamos a los records destructivos del populismos continental; para qué impulsar una economía creativa, en la que somos líderes en América Latina, si podemos implementar una economía moral para acomplejados, para qué universidades con estándares de calidad si podemos tenerlas con estudiantes felices sin exámenes ni eficiencia terminal; para qué seguir midiendo el PIB si podemos medir la felicidad, para qué guiarnos por el estado de derecho, si podemos hacerlo con el estado de ánimo. Para qué invertir en ciencia y tecnología, si tenemos trapiches, bombas de mecate, carbón, elotes, piña de miel y petróleo. En síntesis: Para qué subir el piso, si podemos bajar el techo. 
En abril del año pasado, el mexicano Edmundo Gómez Moreno, estudiante de ingeniería, realizaba una estancia en la NASA, estancia que decidió abandonar para perseguir su verdadero sueño: hacer cumbias (Cada quien su sueño). Sí, con 28 años de edad y una formación musicial adquirida en el coro de la iglesia de su barrio, este joven promesa oriundo del Estado de México, dejó un prometedor camino dentro de su carrera para ser cumbianchero. Medianamente conocido en YouTube como “Raymix” tiene en su haber una cumbia viral que le ha dado un premio Billboard en la categoría de Canción Regional Mexicana, con el tema “Oye mujer”. No sé ustedes, pero hasta el momento, no conocía un caso tan alarmante de baja audioestima. Ahora, creo que a la NASA se abandona con algo más original, no sé, algo así como: En realidad, siento que la agencia me exige más de lo que me ofrece… ¿A que suena chingón? Pues nada, perdió la oportunidad de ser el primer cumbianchero en llegar cantando a Marte y tener su nombre en alguna calle del país, como lo tiene la perrita Laika, de hecho, y sin ser mexicana. Imaginen a Edmundo cantando una canción al planeta rojo. Pues nada, Dios te bendiga Raymix. La NASA siempre estará ahí, por si cambias de opinión. Lo sé, perdimos un talento de la ingeniería espacial, pero ganamos un cumbianchero. Andamos escasos en eso. Pasemos de esta anécdota coyuntural, al problema estructural. Mientras Estados Unidos lanza una nave espacial por todo lo alto, México da el banderazo a la construcción... de un tren. Sí, de un tren. La diferencia entre estos dos proyectos de nación, radica en que el gobierno estadounidense entiende bien la función que desempeña el empresariado en una misión de esta naturaleza, en tanto que el empresariado entiende también el papel del mandatario en el regreso de Estados Unidos a la carrera espacial. En México no, aquí el presidente y su gabinete impulsan la política pública del rencor en contra del empresariado. Por lo que crean sus propios indicadores, sus propios datos, sus propias empresas, sus propias licitaciones (directas) y sus propios beneficiarios. Es más, sus propios científicos y sus propias cifras, unas para que el pueblo debe seguir quedándose en casa y otras para que el presidente salga a hacer campaña. Duro golpe para quienes han defendido, tanto los títulos de los médicos especialistas como sus cifras.  
México tiene un gobierno de vapor en pleno siglo XXI, si consideramos el dato del conservador y vituperado diario Reforma: La nave de SpaceX que acaba de lanzar Estados Unidos le tomará 19 horas llegar a la Estación Espacial Internacional, más o menos lo mismo que el presidente López Obrador tardará en ir de la CDMX a Cancún... en auto.
En 2006 la escritora Elena Poniatowska presentó lo que según ella y la pléyade de intelectuales de izquierda de chaqueta de pana con coderas, consideraban era un programa cultural para el ahora presidente. Aquel intento de propuesta, publicado en el semanario Proceso, era en realidad una oda al petróleo y al elote. Hoy están viendo su sueño hecho realidad.
El problema del populismo mediocre y acomplejado de la Cuarta Transformación, no es la bisoñez de sus operadores, sino su política pública de bajar el techo en lugar de subir el piso. A este paso, habrá toda una generación que crea que hemos subido un peldaño en la carreta espacial, al pasar de crédulos espectadores de una Agencia Espacial Mexicana, a diseñadores de trajes de astronauta. Por cierto, felicidades el emprendedor mexicano José Fernández por otro más de sus éxitos. Su talento y osadía le han permitido rebasar la barrera de la ciencia ficción y llegar al espacio. Espero que en México los trapiches, las bombas de mecate, el carbón, los elotes, la piña de miel, o ya de plano la música de Edmundo Gómez Moreno, mejor conocido como “Raymix” desde que renunció a la NASA, generen, si no bienestar, por lo menos algo de felicidad... a través de la cumbia

miércoles, 27 de mayo de 2020

El Fonca, el Foprocine y el Fidecine. Una batalla por la libertad creativa Carlos Lara G.

El Fonca, Foprocine y el Fidecine; una batalla por la libertad creativa


Carlos Lara G.


El poco o nulo entendimiento de la autodenominada Cuarta Transformación en materia de arte y cultura es alarmante. No solo por el estancamiento presupuestal (por cierto, la única curva que han podido aplanar), sino por el triste papel de la Secretaría de Cultura ante los caprichos presidenciales. Si a esto sumamos ocurrencias como el Centro Cultural Chapultepec en el centro del país, el invasivo Tren Maya en el sureste, la caprichosa compra de un estadio de béisbol en el norte y la escuálida visión agrícola de la propia Secretaria, el panorama de ese estornudo mental al que llamaron “El poder de la cultura”, queda en eso, en un estornudo.
La desaparición del Fonca, el absorbido Foprocine y el intento de desaparición del Fidecine han generado una suerte de hipoxia en el sector cultural que ya comienza a asfixiar la libertad creativa. No podría ser de otra manera, si consideramos que el presidente comulga con una economía moral, enemiga de la economía creativa; economía en la que México es líder continental. Entendible también desde la peregrina idea de los índices de felicidad y bienestar…El presidente es un digno profesor titular de la materia optativa de Economía Política del Rencor, como bien dice Enrique Serna. 
Está visto que el populismo es incapaz de producir algo, sé que es un pleonasmo esto que digo, ya quer el populismo es alérgico a la productividad; su talento está en la destrucción. No cabe duda, la Cuarta Transformación es una era geológica.
Hemos insistido desde hace año y medio en la necesidad de diseñar e implementar acciones transversales, una política cultural y programas con esta visión. De hecho, en el discurso, la transversalidad ha sido incorporada ya al algoritmo verbal cuatroteista en voz de la propia secretaria, pero en los hechos, la única acción transversal que han implementado, tanto ella como sus compañeros de gabinete, es la de aplaudir los caprichos presidenciales en Twitter.
La movilización generada por la pretendida desaparición del Fidecine fue posible, no solo por la participación de figuras relevantes de este sector, sino también porque en la apretada negociación y acercamiento con el Poder Legislativo se puso sobre la mesa lo que en realidad representaba: un ataque directo a la libertad creativa. Pero efectivamente, no nos engañemos, el amago al Fidecine y la absorción del Foprocine solo demuestra que en materia de cultura, la solución está en manos del problema.

martes, 16 de julio de 2019

El doblaje, un debate entre el interés público y el interés económico

El debate sobre el doblaje. La integridad de las obras y el crecimiento de una industria
Caros Lara G.  

Hace casi 20 años inició un debate en México que, a primera vista parecía un capricho nacionalista, pero en el fondo, ponía de relieve un aspecto fundamental del arte y la cultura: la integridad de los elementos en una creación artística. Hablo del doblaje de las películas. Hoy, a menos de un año del anuncio que hiciera el extinto ProMéxico el 21 de agosto pasado, de apoyar a empresas del sector audiovisual en el marco de MIPCOM 2018 en la ciudad de Cannes, Francia, donde se dio a conocer la creación del Consejo Mexicano de la Industria del Doblaje, tenemos un par de problemas nada menores, la desaparición de ProMéxico y el regreso a la agenda legislativa de la prohibición del doblaje. 
Por un lado escuchamos a quienes opinan y sostienen que estamos ante una industria muy importante que, en efecto, en estos 20 años se ha consolidado y cuenta con el antes mencionado Consejo Mexicano de la Industria del Doblaje, integrado en un principio por empresas como Caaliope Communications, Dubbing House, Grupo Macias y Labodigital. 
Como sabemos, México es líder continental en el campo audiovisual, cuenta con una gran producción creativa generada por el cine, la televisión, la animación, los videojuegos, así como los efectos visuales digitales, la realidad virtual y la realidad aumentada. Industrias que suelen defender y ser consecuentes con el derecho de autor y los denominados derechos conexos. ¿Que por qué subrayo esto? Porque considero que el doblaje en la industria cinematográfica, atenta contra los derechos del intérprete de los autores y contra los derechos de autor de los creadores de la obra original; coarta además los derechos de la sociedad, de la audiencia, a la posibilidad de ver las obras en su forma primigenia.
Uno de los propósitos del citado Consejo Mexicano de la Industria del Doblaje, a decir del extinto ProMéxico, es tener una personalidad representativa ante diferentes organismos gubernamentales y empresariales; impulsar y fortalecer el adecuado uso del idioma español; acreditar internacionalmente la experiencia actoral de ocho décadas de doblaje mexicano y ubicar claramente a los estudios de doblaje de calidad mundial certificada. Sin embargo existe un problema. Que quitando los documentales y las producciones infantiles, el doblaje altera, por no decir afecta, las obras cinematográficas en una parte que es sustancial, como la banda sonora que, dicho sea de paso, forma parte de un derecho conexo. La banda sonora es consustancial a la actuación, a la realización de las escenas y a su intensidad, comporta intencionalidad. Bajo mi personal punto de vista, el doblaje mata la esencia de los procesos de actuación, de esa intensidad e intencionalidad en las interpretaciones. Altera y modifica el guión y la dirección al anular la carga emocional Que tanto e guionista como el director imprimen en la obra. Todo esto nos priva de la oportunidad de ser cómplices de escenas que abrazan perversidad, ternura, maldad, odio, esperanza, en fin, emociones. 
Estamos ante una expresión (la cinematográfica), que es y ha sido una eficiente forma de comunicación en la que todo cuenta, un gesto por ejemplo, una mirada, la profundidad de una frase, puesto que encierra un poder simbólico y muestra al espectador la intención artística de este denominado séptimo arte. En el teatro como en el cine el cuerpo es la escenografía de la palabra, por tanto, si esta se altera mediante la voz, la banda sonora y en general la atmósfera creada por el director, se ven afectadas debido al doblaje, que termina por alterar la obra en la forma en que fue concebida. Pensemos por ejemplo, en el trabajo del responsable del casting, una actividad en la que la actuación, la intencionalidad y el poder interpretativo de los actores es fundamenta. Los actores son elegidos por estas cualidades, que se van a la basura lo mismo que la dirección etc. 
La pregunta es ¿Qué consideramos debe prevalecer, la integridad de los elementos  de una obra, el respeto a la banda sonora, los derechos de autor... o el crecimiento económico de una industria? En lo personal, considero que no podemos estar a favor del respeto de ciertos derechos y hacer excepciones por un factor económico, pasando por alto un tema de interés público. 
Ahora bien, recordemos que el español no es la única lengua en el país; si quedaba alguna duda, el amparo promovido por el poeta Maldonado Carballo en 2016, en contra del obtuso artículo 230 de la Ley Federal de Telecomunicaciones y radiodifusión, llevó a la Primera Sala de la SCJN a determinar que, establecer el uso exclusivo o preferente del idioma español en las concesiones de radiodifusión era inconstitucional, ya que la Constitución no reconoce una sola lengua nacional. ¿Por qué entonces no doblar las cintas a las diferentes lenguas que se hablan en nuestro país? No me digan, ¿Por un criterio económico? Por ese mismo criterio es que las comunidades alejadas de los centros urbanos, por cierto, en general son las mismas que hablan otro idioma diferente al español, no tienen cobertura de Internet. 
Insisto, la sociedad tiene el derecho de recibir la obra en la forma original en que fue concebida, como atinadamente señaló en su momento la Ministra Olga Sánchez Cordero; derecho que el doblaje viola como ya hemos señalado. Ahora, lo más importante de este debate es que, con la autorización del doblaje, los poderes públicos colocan un tema del interés público en el terreno de los intereses privados. El lucro y el crecimiento económico de una industria no puede pasar por encima del interés público establecido en una normatividad orientada a salvaguardar la originalidad, autenticidad y finalidad de las obras artísticas.
Las grandes cadenas distribuidoras de cintas se han diversificado tanto, creando y adaptando salas para los que quieren vivir las emociones con mayor intensidad, para los que no pueden dejar de comer, para quienes desean comer en plan VIP acompañados de una película, para los que no pueden desconectar de los teléfonos; para los que desean ver la final de un partido de futbol en una sala, para los que quieren festejar un cumpleaños etc... Su motivación siempre es la misma: poder llegar a más público. Solo que en este caso, insisto, estamos ante un tema fundamental enmarcado en el interés público. Por cierto ¿Qué hacemos con los sordos? 
Creo que debemos preservar el arte cinematográfico en la forma en que fue originalmente concebido. En lo personal, soy partidario de la promoción de los valores culturales y artísticos de cualquier nacionalidad, en particular del cine, por lo que representan tanto para la obra en sí, como para los derechos autorales, el trabajo de dirección, el trabajo autoral y de los responsables del casting (donde es fundamental y determinante, no solo la actuación, sino también la interpretación y la intencionalidad de lo escrito en el guión), lo mismo que la musicalización etc. Es verdad que la Corte ya sentó un criterio, que ya se manifestó sobre la constitucionalidad de esta práctica, por lo que revivir este debate a casi 20 años de distancia y a uno de la creación del Consejo Mexicano de la Industria del Doblaje, deberá por lo menos reconsiderar el interés público de las obras y la regulación del interés privado de una industria que las altera. Un tema que es todo, menos algo sencillo de abordar desde el Poder Legislativo. La pregunta es, cómo entenderán, tanto los legisladores como los Ministros de la Corte, el artículo 4to., de la Constitución que hace 19 años no existía, y el cual establece que: Toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfrute de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el EJERCICIO DE SUS DERECHOS CULTURALES.  El Estado promoverá los medios para la difusión y desarrollo de la cultura, atendiendo a la diversidad cultural EN TODAS SUS MANIFESTACIONES Y EXPRESIONES CON PLENO RESPETO A LA LIBERTAD CREATIVA.