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viernes, 3 de julio de 2020

Política Digital para la Cultura

Política Digital para la Cultura: una primera dosis para el Covid-19 

Carlos Lara G.
Jorge Bravo
Jorge Fernando Negrete P.
José Manuel Hermosillo

Nelson Mandela decía que no había herramienta más poderosa de transformación social que la educación. Suscribimos, sostenemos y extendemos la afirmación: no hay herramienta más poderosa de transformación social que la Internet y los servicios de telecomunicaciones. En época de pandemia es la infraestructura digital la que preserva y garantiza los derechos humanos, al permitir su ejercicio. La infraestructura digital habilita el derecho a conocer y sentir, a transferir y transportar símbolos de la mano de sus significados.

Mientras te mantengas conectado, tendrás acceso a tus derechos
Como sabemos, han existido decenas de pandemias en la historia de la humanidad, pero la actual es la primera donde hay una poderosa infraestructura digital para enfrentar el confinamiento al que nos ha llevado y mantener vigentes nuestros derechos fundamentales e indicadores económicos. Es la primer pandemia que mantiene la libertad de expresión intacta, el derecho de acceso a la información pública, a la salud, la educación, al trabajo de este siglo (el teletrabajo) y, particularmente, el acceso a la cultura. 
No solo eso, será la primera en la cual la tecnología digital ayude a reactivar la economía, el empleo y la normalidad social. Lo que ello signifique. Y es que por primera vez en la historia de la humanidad el ecosistema digital en su conjunto (cómputo, procesadores, software, dispositivos móviles, infraestructura de telecomunicaciones y empresas digitales) interactúa con un solo objetivo: conectar para preservar el Bienestar Digital Cultural. De ahí la consideración de que una política pública digital en materia de cultura tenga su base no solo en el reconocimiento de los derechos fundamentales y en la planeación del desarrollo nacional, sino también en la  rectoría económica del Estado y, más concretamente, en la reforma constitucional en materia de telecomunicaciones.
La reclusión que estamos viviendo ha generado un proceso de inmersión digital visceral, intrusivo, inesperado e inevitable. Un cisne negro para la política cultural. Pero debemos ser capaces de observar que la cultura está frente a una oportunidad inestimable, la infraestructura digital. Todo lo que sea digital será digital, incluida la política cultural. Cuando regresemos del confinamiento seremos una sociedad más digital. La transformación digital involuntaria exigirá una nueva generación de política pública, la digital, ahora mismo.
La administración pública de la cultura no será la misma, necesita nueva política cultural, se llama política digital para la cultura y su expresión es una Agenda Digital para la Cultura.
¿Una idea es un proyecto? No. ¿Tenemos hoja de ruta en la política cultural? No. ¿Tenemos una visión digital para la cultura? No. ¿Sabemos el destino, los objetivos y el camino? No. ¿Tenemos una visión 5G del sector cultural con Realidad Virtual, Realidad Aumentada, Internet de las Cosas, Big Data e Inteligencia Artificial para la experiencia del visitante y mantenimiento del patrimonio cultural de museos, bibliotecas y zonas arqueológicas? No. ¿Contamos con una política de preservación digital del patrimonio cultural en su conjunto? Tampoco. ¿Una visión para los capítulos de propiedad intelectual, economía digital y telecomunicaciones del TMEC? Mucho menos. ¿Cuál es la posición del Estado en materia de plataformas OTT como Netflix o Spotify? No sabemos. ¿Contamos con política digital para la industria editorial, para los fondos de catálogo en Kindle y Amazon? Ojalá. ¿Contamos con Agenda Digital para los Medios Públicos? La respuesta es la misma: no.
Las actividades sociales y económicas que se digitalizaron son las que están enfrentando de mejor forma la pandemia y la reclusión. La infraestructura digital les ha permitido ser resilientes y sobrevivir. La falta de demanda de servicios in situ ha sido transportada  al universo digital. La ausencia de política digital para la cultura no solo manifiesta un abandono, viola y traiciona -ipso iure- derechos humanos, conculca derechos culturales y agrede de forma íntima la creatividad y el patrimonio artístico y cultural de una nación.
La oportunidad
La emergencia sanitaria ha cambiado planes, programas y prioridades en todos los ámbitos de la vida económica y social, la cultura entre ellos. Ha alterado el fondo y la forma como se están tomando las decisiones. Sin embargo, millones de personas han constatado al mismo tiempo que podían vivir sin restaurantes, aviones, plazas, tiendas departamentales, autos, etcétera. No así sin música, libros, películas, series televisivas… El arte y la cultura han demostrado una vez más su capacidad para mantener la cordura social y hacer más llevadero el confinamiento. Es por ello que la cultura en general es un derecho fundamental que debe ser garantizado por el Estado. 
La Secretaría de Cultura anunció un programa a través de plataformas digitales, al igual que decenas de gobiernos del mundo: un conjunto de acciones parecidas más a una ocurrencia que a un set de política pública de vanguardia.
Los artistas, creadores y profesionales de la cultura, así como las organizaciones del sector cultural, han desempeñado un papel fundamental en la promoción del bienestar y la resiliencia de las personas y las comunidades, ejercieron su derecho a la información, libertad de expresión y creativa, han fomentado la conciencia cívica y la tolerancia y crean las capacidades para imaginar las sociedades del futuro, que ya se configuran en medio de esta gran agitación mundial que vivimos por la emergencia sanitaria. Son ellos de quienes ha venido la inspiración de la acción pública, las mejores iniciativas.
Estamos convencidos de que el poder de la cultura y su actividad económica a través de una política digital nacional puede contribuir, sin precedentes, a la construcción de comunidades sanas, sustentables, creativas, innovadoras y resilientes, al desarrollo económico y social. 
La acción gubernamental, si decide implementar una estrategia digital enmarcada en una Política Digital para la Cultura, debe partir, como hemos señalado, del reconocimiento de los derechos fundamentales, de la rectoría económica y de la planeación para el desarrollo del Estado, así como de la consideración de la reforma constitucional en materia de telecomunicaciones, razonando el propósito de convertir al ciudadano en el eje rector de los medios, entre ellos los de servicio público, en la acción de gobierno.
Implementar una política cultural al respeto comporta en estricto sentido de saber transitar en dos vías de forma simultánea para reducir la brecha digital entre la población y garantizar el derecho de acceso a la cultura. 
Por ello, la primera forma es mediante la inclusión digital universal que asegure la realización del derecho a participar en la vida cultural y la presencia de bienes y servicios culturales que todas las personas puedan aprovechar, que asegure a la población su integración a la Sociedad de la Información y el Conocimiento, que garantice el derecho de acceso a las Tecnologías de la Información y Comunicación.  
Una segunda vía es que a través de los servicios públicos de telecomunicaciones y radiodifusión, sea capaz de brindar los beneficios de la cultura a toda la población, y que sean los medios para la difusión y desarrollo del arte y la cultura. Que a través de dichos medios se garantice el acceso a los bienes y servicios que está obligado a prestar el Estado, con el acento puesto en la diversidad cultural en todas las manifestaciones y con pleno respeto a la libertad creativa. 
Diseñar e implementar una política digital para la cultura significa construir nuevas oportunidades, desafíos y políticas asociados a la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales.
Las dimensiones
La dimensión digital de la cultura habilita la preservación digital del patrimonio cultural, su reconstrucción, evocación, documentación e incluso búsqueda geográfica. Las más recientes tecnologías permiten reconocer las topografías y geografías escondidas y revelarlas con el patrimonio cultural adosado a la naturaleza, generando historia y enriqueciendo nuestra cultura. Podemos preservar en el imaginario digital todo el patrimonio cultural. Las lenguas originarias, el patrimonio cultural inmaterial, el histórico y artístico deben ser sujetos de la más ambiciosa preservación digital de nuestra historia. ¿Dónde está la Mediateca Nacional?
Estar conectados significa interpretar, ejecutar para todos en el universo digital: ¿para qué una sala de conciertos si tenemos un universo propio, millones de pantallas como oportunidad de transmisión cultural? ¿Para qué un mensaje para unos, cuando el mundo observa? ¿Para qué interpretar en una sala remota, cuando podemos tocar juntos, desde distintas geografías, nacionalidades, razas y culturas? ¿Para qué ser solo provechosamente nacionales si podemos ser generosamente universales? La conquista de las audiencias es una oportunidad para las artes escénicas, las artes plásticas y la industria audiovisual.
El sector público requiere en estos momentos de la infraestructura digital para orientar la prestación de bienes y servicios culturales que garanticen el derecho de acceso a la cultura, potenciando su actividad económica, así como el ejercicio de los derechos culturales. 
Un momento cumbre de la civilización cultural será el de la combinación de los servicios públicos culturales como museos, zonas arqueológicas y bibliotecas, habilitados por el derecho de acceso a los servicios de telecomunicaciones e Internet. Se entiende que los servicios públicos culturales prestan un servicio para todos en el universo digital. En síntesis, consideramos que una de las enseñanzas que debe dejarnos esta emergencia sanitaria es la de apostar por el diseño e implementación de una Política Digital para la Cultura.
Una Política Digital para la Cultura
Desde hace algunos años, tanto Jorge Fernando Negrete, Director de Digital Policy and Law, como José Manuel Hermosillo y Carlos Lara G., socios fundadores de Artículo 27 S. C., hemos venido madurando esta idea, pasar de la digitalización de la burocracia al desarrollo de una política pública en materia de cultura. Una Política Digital para la Cultura que fusione principios constitucionales, legislación secundaria, programa de gobierno, líneas de acción gubernamentales y una alineación transversalidad con otros sectores estratégicos para la creación de indicadores y el desarrollo de metas institucionales.
Partimos de lo establecido en la Estrategia Digital Nacional, donde el gobierno federal se ha comprometido a desarrollar una Agenda Digital de Cultura promotora de visitas virtuales a museos y sitios históricos… Dicha Agenda está orientada a impulsar el aprovechamiento de las Tecnologías de la Información. Cuenta con líneas de acción orientadas a posibilitar el acceso universal a la cultura mediante el uso de las TIC; a desarrollar una estrategia nacional de digitalización, preservación digital y accesibilidad en línea del patrimonio cultural; a dotar la infraestructura cultural nacional de acceso a las TIC. Asimismo, estimular el desarrollo de las industrias creativas y crear plataformas digitales para la oferta de contenidos culturales, así como impulsar la creación e innovación digitales. Todo esto está establecido y considerado tanto en la reforma en materia de telecomunicaciones.
En este modelo de Política Digital para la Cultura consideramos necesario observar las relativamente recientes reformas a las Leyes de Ciencia y Tecnología, General de Educación y Orgánica del Conacyt, encaminadas a terminar de democratizar la información y el libre acceso a todo lo que el Estado produce con fondos públicos. Esto es, caminar hacia el paradigma del “acceso abierto” a través de la difusión gratuita del conocimiento generado con recursos públicos y con la creación del Repositorio Nacional de Acceso Abierto a Recursos de Información Científica, Tecnológica y de Innovación, de Calidad e Interés Social y Cultural, que deberá estar disponible para todos los ciudadanos. Lo anterior garantiza el derecho de todos a estar informados a través de los nuevos medios de comunicación, así como a acceder a bienes y servicios culturales que aún no terminan de ser nacionales.
Conscientes de que el derecho a la cultura se fortalece a través de la educación, en la Política Digital para la Cultura consideramos también lo establecido en la Estrategia Digital Nacional en materia de educación de calidad, cuyo compromiso es integrar y aprovechar las TIC en el proceso educativo para insertar al país en la Sociedad de la Información y el Conocimiento, mediante objetivos y líneas de acción encaminadas a dotar de infraestructura TIC a las escuelas del sistema educativo, ampliar las habilidades digitales entre los alumnos mediante prácticas pedagógicas, crear contenidos digitales alineados con planes curriculares e impulsar la evaluación de éstos con el propósito de incorporar el uso de las TIC, así como la incorporación de éstas en la formación docente como herramienta de uso y enseñanza.
En materia de acceso a bienes y servicios culturales, plateamos la posibilidad de diseñar e implementar una agenda de eventos conmemorativos y recreativos de la identidad cultural nacional, regional, estatal y municipal en plazas y espacios públicos; particularmente, en aquellos que se han venido recuperando como parte del programa de cultura para la paz, que tiene el propósito de fomentar el esparcimiento y la recreación. 
En los sitios tradicionales, tales como quioscos, casas de la cultura y plazas públicas, es necesario echar mano de la tradición que sigue reuniendo a las personas en torno a estos espacios, generalmente para escuchar música. Se requiere realizar un inventario, un registro y una catalogación de espacios públicos para saber cuál es la capacidad instalada real en el país, así como los bienes y servicios culturales con los que se cuenta y lo que podría aportar cada una de las secretarías de Estado de manera trasversal. Lo anterior para, en su caso, digitalizar, adaptar a un formato de presentación y transmitir una agenda estratégica de eventos artísticos y culturales.
Estamos seguros que una Política Digital para la Cultura que sepa utilizar la conectividad puede desarrollar un programa verdaderamente nacional de los conciertos, por ejemplo, de la Orquesta Sinfónica Nacional, del Coro y del Ballet del Instituto Nacional de Bellas Artes, así como lo mejor de la programación de las instituciones culturales del país. 
Considérese el material de la Cineteca Nacional, las producciones del Centro de Capacitación Cinematográfica, el trabajo realizado por los becarios del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes; hallazgos e investigaciones del INAH; documentales, programas y series de los canales 11 y 22 y TV UNAM; obras teatrales de espacios como el Helénico, etcétera. Todo esto complementado con realizaciones artísticas y culturales de cada región, entidad o ciudad de la República para tener una agenda equilibrada. Asimismo, manifestaciones culturales de otros países para recrear de la mejor manera posible nuestra identidad cultural y el diálogo entre culturas.
Los elementos
En nuestra opinión, toda política pública tiene un campo de acción concreto. En ese sentido, sostenemos que la acción de gobierno desarrollada mediante políticas públicas debe apegarse al menos a las siguientes características para imprimir solidez, coherencia y trascendencia.
Legalidad. Que cuente con alguna base en la legislación que no dependa exclusivamente de la voluntad del gobierno en turno. Respeto al orden legal.
Recursos. Un presupuesto digno para diseñar e implementar acciones encaminadas a garantizar derechos fundamentales.
Transversalidad. Que el Estado, a través de sus tres poderes y los tres niveles, implemente y coordine de forma transversal la prestación de bienes y servicios en el ámbito cultural, favoreciendo una suerte de federalismo cultural subsidiario.  
Continuidad de acciones. Que exista una continuidad a través del tiempo y de los cambios de gobierno que favorezca la continuidad de acciones, con claridad, prominencia y consistencia. Aquí descansa uno de los pilares más importantes que hacen la diferencia entre lo coyuntural y lo estructural.
Conectividad. Fundamental para sintonizar y conectar con el nuevo consumo cultural de bienes y servicios culturales que es cada vez más algorítmico, que viaja cada vez más por la red y que es también cada vez más confinado.
Participación ciudadana. Que los ciudadanos, particularmente los grupos de la sociedad civil organizada impactados por la política pública, la conozcan y en términos generales la acepten. Asimismo, que exista alguna forma de rendición de cuentas por parte de las autoridades responsables de aplicarla.
Relativa autonomía. Necesaria para la ágil implementación de acciones, así como para la contratación y pago de bienes y servicios.
Medición del impacto (sociocultural). Aún y cuando es complicado construir indicadores para medir el impacto sociocultural, es necesario hacerlo, porque se trata de medir el cambio de las condiciones en que vive una comunidad a partir de la implementación de acciones o programas.
Transparencia. No sólo hablamos de rendición de cuentas, también de aplicar el principio de máxima publicidad, porque esto es lo que genera participación ciudadana, continuidad, etcétera.
El tránsito de la posesión al acceso en la datósfera
Es fundamental que tanto el gobierno como los agentes culturales comprendan este tránsito que estamos viviendo, donde el libro impreso, como aún lo conocemos, ha sido durante siglos la base de la cultura, por lo menos desde la denominada Galaxia Gutenberg. En las últimas décadas del siglo XX, en la denominada Galaxia McLuhan, fue un importante difusor de ideas y base central de la educación formal. En la actualidad, en esta segunda década del siglo XXI, enmarcada en lo que podríamos denominar como la Galaxia Microsoft, hemos pasado de la posesión de bienes culturales a la suscripción y al acceso de los mismos. Una suerte de moneda social de venta algorítmica mediante aplicaciones, que pasa de la obra al texto y de éste al hipertexto: una transición marcada por la desvaloración del trabajo escrito, característico de ese emocionante paso de lo narrativo a lo visual y de lo visual a las plataformas multimedias propias de nuestra cultura actual, una cultura de masas personalizada. Lo anterior nos convierte en una suerte de prosumidores o produsuarios en movimiento; que se mueve en una cultura red, misma que se erige en una cultura de autoría donde, como diría Emmanuel Carballo, suele haber más escritores que lectores.
Visto así, desde el ámbito de la industria editorial y del comercio de bienes y servicios culturales, el libro enfrenta diversas batallas, una de ellas ocurre constantemente al seno de organismos como la UNESCO, que concibe el libro como un bien cultural, en oposición a la Organización Mundial de Comercio, para la cual un libro es un producto más en el mercado. 
Como sabemos, México forma parte de ambos organismos. Por ende, es de los países que ha optado por el modelo continental, partidario de las políticas, fomento e impulso al libro y la lectura; contrario al modelo anglosajón, promotor del libre mercado, la oferta y la demanda. Es aquí nuevamente donde la conectividad, en el marco de una Política Digital para la Cultura, puede garantizar la bibliodiversidad en la industria del libro y la lectura.
Otro de los puntos relevantes que consideramos debe tener en cuenta el gobierno y los agentes culturales es que vivimos una digitalización de contenidos en la que, la mayoría de las veces, la realidad nos demuestra que más es menos. Ya no es necesario apropiarse de esos objetos culturales llamados libros con aquella actitud burguesa de antaño, como afirma Frédéric Martel (2014), sino optar solo por tener acceso a ellos. 
Esta inmersión es una suerte de datósfera donde la suscripción, y ya no la propiedad, determina el consumo cultural, marcando el futuro de los bienes y servicios culturales, el libro entre ellos. En efecto, disfrutamos cada vez más de las descargas y ese efecto catálogo de la industria del entretenimiento, lo que demuestra que hemos pasado de una industria generadora de bienes culturales a una industria generadora de servicios, donde la capacidad de almacenamiento es determinante. Por eso es importante una Política Digital para la Cultura; no basta la digitalización de contenidos.
Recientemente la Organización Mundial de la Salud, en el marco de la emergencia sanitaria, recomendó, por primera vez en su historia, incluir el arte y la cultura en los sistemas sanitarios. Advierten que el arte y la cultura benefician seriamente la salud. Como señalamos al inicio, en este confinamiento por la pandemia de Covid-19, el arte y la cultura se convirtieron en una evidencia para muchos, que buscan eventos culturales en línea o se dedican a actividades artísticas para matar el aburrimiento, la ansiedad o simplemente para expresarse. Han hecho más llevadero el confinamiento.
El organismo señala que la música, la pintura o la danza benefician la salud: escuchar música, por ejemplo, ayuda a controlar el nivel de glucosa en la sangre, hacer música mejora el sistema inmunitario y la gestión del estrés, bailar proporciona beneficios en todo el cuerpo y la mente y la pintura o la escultura ayudan en los estados depresivos. 
Lo anterior es muy importante, no solo por ser la primera vez que dicho organismo realiza un estudio a gran escala sobre los lazos entre el arte, la salud y el bienestar, sino también por ser la primera vez en que hace un llamado a los gobiernos y autoridades a aplicar políticas que mejoren la colaboración entre los sectores sanitario y artístico. La oficina regional para Europa ha analizado 900 publicaciones científicas de todo el mundo y la principal conclusión es que “involucrarse en el arte, ya sea bailar, cantar o acudir a museos y conciertos ofrece una dimensión añadida a cómo podemos mejorar nuestra salud física y mental”, según Piroska Östlin, directora regional de la OMS para Europa. 
Los ejemplos citados en el informe de la OMS muestran cómo las artes pueden abordar problemas de salud insidiosos o complejos como la diabetes, la obesidad y la mala salud mental. Consideran la salud y el bienestar en un contexto social y comunitario más amplio y ofrecen soluciones que hasta ahora la práctica médica común no ha podido abordar con eficacia. Cabe señalar que el organismo ha venido apoyando recientes descubrimientos sobre el papel de la música y la creatividad como un suplemento en tratamientos severos que incluso puede potenciar los efectos positivos. 
En conclusión, una Política Digital para la Cultura puede impulsar la garantía, tanto de acceso a bienes y servicios culturales como el ejercicio de los derechos culturales que el Estado está obligado a prestar, en condiciones de normalidad como de confinamiento. En ambas ha quedado demostrado que el arte y la cultura, materializados en bienes y servicios, han sido determinantes para la convivencia y recreación de las personas, las familias y comunidades enteras. Han fortalecido la esperanza, la solidaridad y la cohesión social. Así de importante es una Política Digital para la Cultura.
10 acciones de Política Digital para la Cultura:
1. Diseño inmediato de una Agenda Digital para la Cultura. Política digital para preservar derechos y patrimonio cultural en una sociedad digital.
2. Estudio estratégico y prospectivo sobre el impacto y oportunidades de la tecnología digital en la cultura: 5G, Internet de las Aosas, análisis de los grandes datos, Inteligencia artificial, Realidad Aumentada y Realidad Virtual.
3. Análisis estratégico de los capítulos de Propiedad Intelectual, Telecomunicaciones y Comercio Digital del TMEC, su impacto, amenazas y oportunidades en la política cultural. 
4. Programas de educación artística a distancia en todas las disciplinas.
5. Programas de preservación y mantenimiento digital del patrimonio cultural.
6. Creación de la Mediateca Nacional.
7. Diseño de política editorial en el mundo digital.
8. Diseño de política para preservar el servicio público y acceso de bibliotecas, museos y zonas arqueológicas en el mundo digital.
9. Política digital para la industria cinematográfica.
10. Creación del programa de pyme cultural digital.

martes, 25 de septiembre de 2018

La bravuconería de la izquierda en materia de cultura

La bravuconería de la izquierda en materia de cultura 
Carlos Lara G.
Pues sí, atrás quedó la presunción de ese interés por la cultura que suele mostrar (de boquilla) la autodenominada izquierda del país, ahora desdibujada por lo más freático del priismo y la ramplonería del integrismo cristiano del Partido Encuentro Social. Me pregunto ¿Dónde están las carcajadas de El fisgón y su historieta esa de La raíz nazi del PAN? ¿Dónde la indignación de los intelectuales y la comentocracia cultural que descalificaba el arribo de Fox a la Presidencia? ¿Dónde los defensores del Estado laico? Elenita y su pancarta de “No al PES”; Taibo y sus Revueltas…Hoy que lo tienen todo, sepultan (Por el momento), el mito aquel de René Avilés Fabila y adláteres, de que la izquierda era quien más quería a la cultura.
Un breve recuento de la historia de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, nos dice que la izquierda queda a deber (Esto si consideramos su bravuconería y ese gran discurso que por décadas le confirió el papel de guardián de la cultura nacional). Por ejemplo, la Legislatura LIV 1988-1991, que fue la primera Comisión de Cultura como la conocemos, estuvo presidida por Jaime Sabines y Fernando Córdoba Lobo, del Partido Revolucionario Institucional. Lo único que hizo dicho partido fue dejar de lado al sindicato magisterial que venía utilizando en las comisiones de educación y cultura, para ir por parte del sector intelectual y actoral del país[1].
La legislatura siguiente, LV 1991-1993, presidida por Abhum Idelfonso Sorrilla Cuevas, también del Partido Revolucionario Institucional, elaboró el primer programa de trabajo en el que destacó la protección y difusión del patrimonio cultural.[2] En la Legislatura LVI 1994-1997, la presidenta fue Dulce María Sauri, Osbelia Arellano y Florentino Castro del Partido Revolucionario Institucional. Centraron su atención en la protección y difusión del patrimonio cultural, así como en la publicación de trabajos especializados. Destaca el Primer seminario de derecho de autor, el tratamiento fiscal de la industria cultural y los autores; el instructivo contable para los autores; las mesas de análisis sobre política cultural y legislación, y la creación del Museo Legislativo.
En la Legislatura LVII 1997-2000, conocida como la legislatura de la alternancia, pues fue la primera en que el PRI no contó con mayoría en el Congreso, la Comisión de Cultura fue presidida por la actriz María Rojo; fue también la primera ocasión en que este órgano legislativo era presidido por un partido distinto, el Partido de la Revolución Democrática. Destacó por la realización de seminarios, foros y publicaciones; tales como  “Los que nos somos Hollywod”, el denominado “Caso Cuicuilco” y la realización y publicación de El quehacer de la cultura; experiencias estatales (Primer encuentro entre legisladores de los estados y agentes culturales del país). Destaca la presentación de la primera iniciativa sobre derecho de acceso a la cultura, que fue uno de los resolutivos del encuentro antes mencionado[3].
La Legislatura LVIII 2000-2003, fue nuevamente presidida por el PRI, representado por José Manuel Ceseña, quien apostó por la elaboración y presentación de un proyecto de Ley General de Cultura, que no prosperó. De la misma manera y con el mismo resultado, la legislatura siguiente, LIX 2003-2006, que tuvo a la cabeza a Filemón Arcos Suárez del PRI, intentó impulsar una Ley General de Cultura. Realizó el foro denominado “Hacia un parlamento de cultura” y comenzó la asignación de recursos adicionales al subsector (Los denominados “Etiquetados). La Legislatura LX 2006- 2009, presidida una vez más por el PRD, en la figura de Emilio Ulloa, trabajó a favor de la protección del patrimonio cultural, a través de numerosos puntos de acuerdo y retomó la Reforma Cultural al enmarcar en el artículo 4to., constitucional el derecho de acceso a la cultura.
La Legislatura LXI 2009-2012 fue presidida por Kenia López Rabadán (Primera vez que fue encabezada por el Partido Acción Nacional). Impulsó reformas a la Ley de Monumentos, el levantamiento del veto a la nueva Ley del Libro y la aprobación de un presupuesto histórico para el subsector (Tomando en consideración el periodo que va de la creación de la Comisión y del CONACULTA, al año 2012).
Para el periodo 2012-2015, la Legislatura LXII tuvo como presidenta de este órgano a la diputada Margarita Saldaña también del PAN, quien asumió los trabajos con el cambio de nombre de la Comisión, que adoptó los asuntos cinematográficos. Destacó por la presentación de reformas a la Ley Federal de Monumentos, por la presentación de una iniciativa para crear la Ley General de Cultura y otra, encaminada a establecer la Secretaría de Cultura, iniciativas que tampoco prosperaron. La legislatura que recién termina, la LXIII 2015-2018, terminar el proceso de la denominada Reforma Cultural, al sacar adelante la creación de la Secretaría de Cultura y la primera ley de cultura, la Ley General de Cultura y Derechos Culturales. Impulsó además la aprobación de un nuevo estímulo fiscal, el EFIARTES, que se suma el EFICINE y al EFITEATRO.
El desdén morenista a la cultura
Bajo mi particular punto de vista, Jorge Castañeda y Roger Bartra son quienes mejor relatan, el motivo por el cual los intelectuales de izquierda vomitaron la alternancia encabezada por Vicente Fox. Bartra analizó la paradoja del rechazo, odio, desprecio o animosidad de una parte importante de la intelectualidad nacional hacia Fox, en una cena contada por el primero entre ellos dos y Carlos Monsiváis, organizada por Gerardo Estrada en 2001[4], en la que se preguntaba por qué la intelectualidad mexicana no apoyaba al gobierno de Fox; por qué no se había incorporado al mismo; por qué lo abandonaba en manos de la derecha; por qué casi prefería que se transformara plenamente en un gobierno conservador en lugar de jalarlo hacia el centro, y, en algunos aspectos, hacia la izquierda. Es verdad, la autodenominada izquierda no hizo más que lamentarse y documentar las frivolidades del sexenio. Detestaban a Fox por razones lógicas y hasta comprensibles, como afirma Castañeda, la principal era la enorme desilusión que para muchos significó el hecho histórico de que la salida del autoritarismo en México se diera por el centro-derecha y el PAN, y no por una izquierda.
Otra de las razones fue su origen. Era el primer presidente de la república salido de las filas del PAN, pero no propiamente un panista formado en la tradición política de este instituto, sino un personaje que agrupaba todo tipo de males para la izquierda: mocho, empresario y empresariófilo de la productora de las aguas negras del imperialismo; que rompió los valores sobreentendidos de la política en ámbitos como la religión, el patrioterismo anti yanqui, que adoptó a Madero y no a Juárez, que no rindió culto a la Revolución y fue en contra del paternalismo estatal. De lo inculto y mal hablado ya no hablamos (Y lo que son las cosas, lo sustituyó otro más inculto y ahora llega otro aún más). No le perdonaron el hecho de no haberse rodeado de personas que lo cuidaran de su ignorancia, o por lo menos la disimulara, como era la costumbre en Los Pinos. Algunos agradecemos, por lo menos, no haber echado mano de la tradicional cooptación que solía hacer el gobierno a la comentocracia intelectual del país, para que fungiera como correa de transmisión. Una práctica ya en decadencia.
En uno de sus primeros discursos en materia de cultura, Fox sostuvo la vieja idea vasconcelista de realizar una “Revolución cultural”, de la misma manera que ahora Andrés Manuel habla de una Cuarta Transformación… La cultura en el PAN era algo totalmente ajeno a lo implementado por Fox; contrastaba por mucho con su gobierno, o mejor dicho, con el de Los Amigos de Fox, que llegaron al poder sin referentes claros que la definieran, sin cuadros en este campo, sin un discurso coherente ni interlocutores con la comunidad cultural. Igual que Andrés Manuel, o mejor dicho, su Coalición Juntos Haremos Historia, que no es ni por asomo lo más granado tampoco de la social democracia, sino un batiburrillo de ideologías, donde destaca la ignorancia, y en el ámbito que nos ocupa, sin cuadros que sepan de Administración Pública de la Cultura, eso sí, conserva lo mejor de los agoreros del país, buenos para hablar, escribir y recitar lo que, según ellos, debe hacerse en cultura. El acto más osado que han tenido hasta el momento, ha sido oponerse a que un actor como Sergio Mayer encabece la Comisión de Cultura, quizá porque creen que esto refrenda su estatus de intelectuales, pero todo queda ahí. Estos guardianes de la catedral de la cultura, siempre a la espera de ser informados de cómo se gobierna, han acabado como cronistas de un pesimismo irresponsable, alérgico a la operación política; un pesimismo que no se la juega, que no emprender acciones eficaces para hacer valer su condición intelectual. Su audacia termina en la publicación de un desplegado que los coloca como abajofirmantes, y en el mejor de los casos como mesarredonderos.
Haber dejado la Comisión de Cultura y Cinematografía en manos de un partido rémora que creció en las axilas de la también autodenominada Cuarta Transformación, es poco más que un desdén de la izquierda a la cultura. Un mal mensaje. Esperemos que en el fondo, en la dirección de las acciones, el presupuesto, la política cultural y las estrategias de gestión, esto quede en una anécdota y demuestren un verdadero interés que los ponga al corriente con esa historia que tanto han pregonado. Por el momento el mensaje es claro, donde esté el poder, que se quite la cultura, ese elemento decorativo ligeramente estorboso.



[1] La política cultural en México surgió al mismo tiempo que la Comisión de Cultura en el Congreso de la Unión, hoy Comisión de Cultura y Cinematografía. Fue en la Legislatura LIV (1988-1991) y estuvo presidida por el poeta Jaime Sabines. Debido a que tuvo que renunciar casi de inmediato por problemas de salud, y a que no existe registro alguno en la Comisión sobre el trabajo realizado, podemos decir que no hubo acciones relevantes.
[2] En los archivos de la Comisión figura también como presidente el diputado Luis Danton Rodríguez
[3] La propuesta establecía este derecho en el artículo 3ro., constitucional; después, siendo Senadora volvió a presentar esta misma propuesta pero establecida en el artículo 4to.

domingo, 12 de agosto de 2018

La libertad y la gratuidad en los contenidos de Internet

Los contenidos que circulan en la Internet, pueden ser libres, pero no gratuitos. Existe una profunda diferencia entre la libertad y la gratuidad en el derecho de acceso a la información y el derecho de acceso a la cultura, que atraviesa a los derechos culturales, más concretamente los derechos de autor.

Mi opinión en torno al tema para el periódico El Universal, en el siguiente sitio:

http://www.eluniversal.com.mx/cultura/mexico-sin-debate-sobre-gratuidad-de-contenidos-en-internet

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La red compartida y el acceso a la cultura

Hace un par de semanas fue dado a conocer al ganador de la licitación de la Red Compartida, el Consorcio Altán, integrado por varias empresas constituidas entre fondos de inversión y operadores del sector de las telecomunicaciones. Lo que ganó este grupo fue una concesión para construir, operar y actualizar durante 20 años el proyecto de servicios móviles más ambicioso de la historia del país, conocido Red Compartida, cuyo propósito es mejorar servicios de seguridad nacional, telemedicina, educación a distancia y generar un mayor acceso a bienes y servicios culturales. Los ganadores de la licitación deberán desplegar una gran infraestructura a lo largo del país; un proyecto complejo, dada la orografía y extensión territorial, tanto que ha sido considerado de alto riesgo financiero y tecnológico, lo que explica que solo haya habido dos competidores en la licitación y que el ganador haya tenido que integrar un consorcio de varias empresas. Es verdad que es importante estar conectados, pero bajo mi punto de vista, lo más importante en este ambicioso proyecto es el objetivo social; conectar a los desconectados y llegar a sitios donde los operadores de otras licitaciones no han invertido; en otras palabras, donde el Estado no ha hecho valer su rectoría en la materia. La cobertura proyectada es de 92.2%, permitirá garantizar el derecho de acceso a las TIC y la banda ancha en seis años, esto es, impulsando con ello el derecho de acceso a los bienes y servicios culturales, puesto que se instalarán más redes de banda ancha, para detonar el crecimiento económico, social y cultural del país.
Debo decir que la presentación del proyecto se quedó corta en relación a lo que se puede lograr en materia de acceso a la cultura, pues solo consideró en su avance progresivo de cobertura, a los denominados Pueblos Mágicos, lo cual me parece muy limitado, puesto que debemos ver este despliegue tecnológico más allá de esta oferta turística. Representa la oportunidad de implementar una Política Digital para la Cultura. Desde hace algunos años, el colega Jorge F. Negrete, Director de Mediatelecom Policy and Law y yo, hemos venido madurando la idea de pasar de la digitalización de la burocracia al desarrollo de una política pública en la materia, uniendo principios constitucionales, legislación secundaria, programa de gobierno, líneas de acción gubernamentales y una alineación transversalidad con oros sectores estratégicos para la creación de indicadores y el desarrollo de metas institucionales. El objetivo general es garantizar un mayor acceso a los bienes y servicios culturales que debe prestar el Estado. Partimos de lo establecido en la Estrategia Digital Nacional, donde el gobierno federal se ha comprometido a desarrollar una Agenda Digital de Cultura, promotora de visitas virtuales a museos y sitios históricos…Dicha Agenda está orientada a impulsar el aprovechamiento de las tecnologías de la información; cuenta con líneas de acción orientadas a posibilitar el acceso universal a la cultura mediante el uso de las TIC; a desarrollar una estrategia nacional de digitalización, preservación digital y accesibilidad en línea, del patrimonio cultural; a dotar a la infraestructura cultural nacional de acceso a las TIC; a estimular el desarrollo de las industrias creativas y a crear plataformas digitales para la oferta de contenidos culturales, así como a impulsar la creación e innovación digital. Todo esto está establecido y considerado tanto en las reformas en materia de telecomunicaciones como en la reciente licitación de Red Compartida.
En este modelo de Política Digital para la Cultura, es necesario considerar también las recientes reformas a las Leyes de Ciencia y Tecnología, General de Educación y Orgánica del Conacyt, orientadas a terminar de democratizar la información y el libre acceso a todo lo que el Estado produce con fondos públicos. Esto es, caminar hacia el paradigma del “Acceso Abierto”, a través de la difusión gratuita del conocimiento generado con recursos públicos y con la creación del Repositorio Nacional de Acceso Abierto a Recursos de Información Científica, Tecnológica y de Innovación, de Calidad e Interés Social y Cultural, que deberá estar disponible todos los ciudadanos. Lo anterior garantiza el derecho de todos a estar informados a través de los nuevos medios de comunicación, así como a acceder a bienes y servicios culturales, que aún no terminan de ser nacionales.
Con este acceso abierto en la sociedad del conocimiento, con las reformas secundarias en materia de telecomunicaciones y esta licitación, se impulsan de forma progresiva los Derechos Humanos al ponerlos en concordancia con el desarrollo tecnológico. Estamos ante una reforma fuertemente ligada al artículo 4to., constitucional en materia de cultura, que establece el derecho de acceso a los bienes y servicios culturales que debe prestar el Estado.
Conscientes de que el derecho a la cultura se fortalece a través de la educación, en la Política Digital para la Cultura, consideramos también lo establecido en la Agenda Digital Nacional en materia de educación de calidad, cuyo compromiso es integrar y aprovechar a las TIC en el proceso educativo para insertar al país en la Sociedad de la Información y el Conocimiento, mediante objetivos y líneas encaminadas a dotar de infraestructura TIC a las escuelas del sistema educativo; ampliar las habilidades digitales entre los alumnos mediante prácticas pedagógicas, crear contenidos digitales alineados con planes curriculares e impulsar la evaluación de estos, con el propósito de incorporar el uso de las TIC, así como la incorporación de estas en la formación docente como herramienta de uso y enseñanza.
En materia de acceso a bienes y servicios culturales, plateamos la posibilidad de diseñar e implementar una agenda de eventos conmemorativos y de recreación cultural nacional regional, estatal y municipal en plazas y espacios públicos; particularmente, en aquellos que se han venido recuperando como parte del programa de cultura para la paz, que tiene el propósito de fomentar el esparcimiento y la recreación. En los sitios tradicionales, tales como quioscos, casas de la cultura y plazas públicas, es necesario echar mano de la tradición que sigue reuniendo a la gente en torno a estos espacios a escuchar música. Realizando un inventario, un registro y una catalogación, de espacios públicos para saber cuál es la capacidad instalada real en el país, así como los bienes y servicios culturales con los que se cuenta y lo que podrían aportar cada una de las secretarías de manera trasversal. Lo anterior para en su caso digitalizar, adaptar a un formato de presentación y generar un mayor consumo.
Estoy seguro que una Política Digital para la Cultura que sepa utilizar la conectividad, puede desarrollar un programa verdaderamente nacional de los conciertos, por ejemplo, de la Orquesta Sinfónica Nacional, del Coro y del Ballet del Instituto nacional de Bellas Artes, así como lo mejor de la programación de las instituciones culturales del país. Considérese el material de la Cineteca Nacional, las producciones del Centro de Capacitación Cinematográfica, el trabajo realizado por los becarios del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes; hallazgos e investigaciones del INAH; documentales, programas y series del Canal 22; obras teatrales de espacios como el Helénico etc. Todo esto, complementado con realizaciones artísticas y cultuales de cada región, entidad o ciudad de la república para tener una agenda equilibrada. Asimismo, manifestaciones culturales de otros países, para recrear de la mejor manera nuestra nueva identidad nacional, fomentando el diálogo entre culturas.
Por todo esto, considero que la licitación de la Red Compartida y el alcance que se plantea a seis años, es una buena noticia para el sector cultural, para hacer realidad de manera progresiva el derecho de acceso a los bienes y servicios culturales que debe prestar el Estado, a través de una Política Digital para la Cultura.
La apertura de la Cumbre Asia-Pacífico en Perú hace unos días, no pudo ser más descriptiva. Inaugurada por el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg y un mensaje especial del presidente anfitrión, Pedro Pablo Kuczynsky quien, con gafas de realidad virtual, pidió a los asistentes un mundo más conectado para combatir la desigualdad. 

lunes, 23 de marzo de 2015

El acceso a la cultura según el Grupo Reforma

Una nota del Grupo Reforma del viernes 20 de marzo asegura en su encabezado que “Perciben jóvenes más acceso a la cultura”. Que estos consideran que el acceso a la cultura ha aumentado un 77 % en la última década. Lo anterior, de acuerdo a una encuesta patrocinada por dicho grupo editorial.
Nada más lógico e irrelevante que estos datos, si consideramos que son precisamente los jóvenes universitarios, quienes por edad y por las habilidades propias que les brinda la universidad, están en condiciones de tener un mejor y mayor acceso a la cultura. En la citada encuesta, según refiere la nota, una alumna universitaria del Claustro de Sor Juana, manifiesta que la oferta cultural en el Distrito Federal se ha incrementado gracias a los esfuerzos del Gobierno local y los proyectos independientes que impulsa; lamentó al mismo tiempo la centralización de las acciones culturales. Aquí tampoco hay novedad alguna. Si algo sabemos desde hace décadas, es que la actividad cultural tanto en la Ciudad de México como en el resto del país está centralizada, entre otras cosas debido a que tanto los gobiernos como la mayoría de promotores culturales suelen salir a pescar en pecera, en ese arte de hacer carpetas y llenar reportes del que ya hemos hablado en este espacio.
En 2010 la investigadora social Rossana Reguillo habló en otro medio editorial, de las carencias de espacios de expresión y participación cultural, para miles de jóvenes en el país, por no darse en condiciones de igualdad. Señaló la existencia de una desigualdad en cuanto a los niveles de acceso a la cultura, en contraste con la oferta existente de diversas manifestaciones culturales a nivel de redes sociales. Consideró incluso la existencia de dos Méxicos,  uno en el que los jóvenes están conectados y en condiciones de un mejor acceso (los universitarios por supuesto, a los que alude la encuesta de la que hablamos), y otro en el que para un vasto sector juvenil, la cultura es un lujo difícilmente imaginable. Citaba al ensayista Carlos Monsiváis, quien insistía en la inclusión cultural como un derecho ciudadano. Lamentó desde entonces la existencia de enormes sectores de mexicanos que estaban quedando fuera de la alfabetización cultural, que dejaba fuera a miles de jóvenes del acceso a la cultura y su derecho al ocio.
La nota que viste la encuesta del Grupo Reforma, a manera de publirreportaje, nos habla de las actividades que realiza la Secretaría de Cultura del DF; y pues qué nos va a decir, que son una maravilla realizando actividades culturales gratuitas, emprendimientos…Y para cerrar con esta perla del periodismo de investigación, muestra las preguntas hechas a 2 mil 331 estudiantes de educación superior inscritos en 17 de los programas de mayor matrícula en la Ciudad de México. La primera es ¿Con respecto a los últimos 10 años consideran que la cultura en México ha aumentado? El 77% dijo que sí; y el 23% que ha disminuido. La segunda pregunta es ¿Considera que en los últimos 10 años la cantidad de bienes y servicios culturales ha aumentado? Mucho dijo un 15%; poco dijo el 62; ha disminuido mucho dijo el 12 y ha disminuido poco el 11 %.
Lo anterior no solo es una muestra de la decadencia del periodismo de investigación en nuestro país, sino también la enorme necesidad de analizar en serio y a fondo el acceso a la cultura y su repercusión en el desarrollo social, y no solo su aparente incidencia en el mundo universitario y ese merecido derecho de pasarlo bien.