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lunes, 26 de enero de 2015

Prosumidores en movimiento

Comencé a leer con especial interés un libro coordinado por el maestro Guillermo Orozco, titulado “Tvmorfosis 3, Audiencias audiovisuales: consumidores en movimiento”, que llegó a mis manos por generosidad de Gabriel Torres, Director del Sistema de Radio t Televisión de la Universidad de Guadalajara. Abre el libro una sugerente reflexión del especialista argentino, Carlos Scolari, quien se pregunta ¿A dónde van las audiencias que no se quedaron? Lo primero que hago es cambiar el título para esta entrega y hablar de "prosumidores" en movimiento (consumidores insatisfechos, que tienen la posibilidad tecnológica de mejorar lo que compran y consumen).
Bajo este planteamiento me parece atinado sugerir que las audiencias se encuentran, ni siquiera en otros medios, sino en otras plataformas, ni siquiera consumiendo, sino prosumiendo.
Y es que en la actualidad las audiencias son todo menos un conglomerado de receptores pasivos; son audiencias cada vez más participativas en y desde las redes sociales. Lo anterior, debido a que la explosión tecnológica de la comunicación que experimentamos, ha recolocado el orden del paradigma informacional Emisor-Mensaje-Receptor, un fenómeno que ha llevado a la mayoría de los medios de comunicación ha optar por el camino fácil del soft news, del infotainment y de las notas de agencia. Han desaparecido casi por completo el paradigma de Lasswell.
En la actualidad, quienes nos dedicamos al análisis de la comunicación y la cultura, vemos que la diferencia fundamental entre los discursos político, cultural, publicitario, etcétera, reside en la importancia que se le otorga al receptor en cada uno de estos ámbitos. En ese sentido, en la era de las comunicaciones que estamos viviendo cada vez de manera más intensa e interactiva, como bien apunta el semiólogo italiano, Umberto Eco, las batallas se ganan desde el receptor. Por ello es que vemos a todos los medios, tradicionales y emergentes, viviendo a diario por y para los followers en las redes sociales, el rating del siglo XXI. Lo lamentable es que al mismo tiempo van dejando de lado el esencial compromiso de explicar, de narrar, de describir, de contar historias... Por algo, el especialista camerunés Dominique Wolton, ha señalado el acto de comunicar como el gran reto del siglo XXI.
Lo decía Octavio Paz en su momento, a cada explosión de la comunicación, corresponde una implosión del pensamiento. Esto es precisamente lo que hacen especialistas como Guillermo Orozco, José Carlos Lozano, Germán Franco, Ignacio Ramonet, Wolton y Scolari en el citado libro, analizar la implosión del pensamiento que ha generado la era de las telecomunicaciones.

sábado, 25 de octubre de 2014

El égola inoculado de los BookTubers

Como todo lo ensalzado por las industrias de la moda y del aligeramiento efectista de la cultura, la industria editorial y los medios de comunicación, han presentado a partir de su presencia en la Feria del Libro de Monterrey, a los denominados BookTubers (jóvenes que recomiendan libros a través de YouTube a cambio de dinero, estímulos o regalos editoriales), como los nuevos críticos literarios. Nos hablan de una profesión emergente que, en efecto, comenzó como parte del uso de su tiempo libre de estos jóvenes. El número de “likes”, el rating de las redes sociales, los hizo visibles para la industria y comenzaron a recomendar libros a petición de parte. Estamos ante un movimiento de redes sociales cuyo modelo de negocios se encuentra aún en etapa embrionaria, no así el  ego que comienza a caracterizar a sus protagonistas, que está ya inoculado. Pocas posibilidades tienen de ocupar el privilegiado lugar de los críticos literarios, quienes han fungido como filtros y guías de los lectores, y para ello han tenido que pasar la mitad de su vida leyendo, estudiando, investigando y escribiendo. Por ello me parece demasiado apresurado el ensalzamiento que los medios y la industria editorial hace de esta tendencia, de este pasatiempo juvenil; en particular la forma en que lo convierte rápidamente en negocio y logran hacer que una parte de los lectores lean por encargo las recomendaciones editoriales de jóvenes sin el estudio, preparación y experiencia de los verdaderos críticos literarios. Este ensalzamiento es el que ha generado más escritores que lectores, como diría Emmanuel Carballo. Está apuntalando una cultura que es parte ya de los pilares que sostienen la actualidad humana en su existencia contemporánea, esto es, el sistema financiero, los medios y la digitalización de la sociedad, así como una tendencia social en la que es mejor mostrar que explicar, en particular en el mundillo de las redes sociales, donde reina la publicación del estatus. Aquí es donde reside el éxito de los BookTubers, en la publicación del estatus. Todo esto en el marco de una cultura que ha dejado de ser un estimulante, como bien apunta Bauman, para convertirse en un relajante. En mi opinión, estamos ante un grupo de screenagers que de momento puede aspirar a traducir las obras de Jordi Rosado, y de todos aquellos cantantes juveniles que la industria ha lanzado como escritores, screenagers que deben aprender a inhalar el helio que inyecta la industria editorial y los medios del infotainment, sino quiere nmorir a causa del égola que esto produce.

martes, 24 de septiembre de 2013

El consumo cultural según Hacienda

El colega Carlos Villaseñor tuvo a bien difundir esta semana un acertado y puntual comentario en relación a la iniciativa por la que se reforman, adicionan y derogan diversas disposiciones de la Ley del Impuesto al Valor Agregado, presentada por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP)http://culturamexico.wordpress.com/. Dicha propuesta pretende eliminar la exención en el IVA a los espectáculos públicos, excepto funciones de teatro y circo. Esto bajo el argumento de que el resto de los  espectáculos públicos cuentan con mayor asistencia y reciben más inversión de parte de los promotores artísticos. La medida va en contra de los artículos 4to., y 123 constitucionales. El primero establece que todo mexicano tiene derecho de acceso a la cultura y el segundo que “los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural…”. Si la progresividad en el cumplimiento de estos derechos es complicada, el cobro del IVA a espectáculos públicos la vuelve imposible. El proyecto de iniciativa señala que el gasto corriente monetario en espectáculos públicos está concentrado en los hogares de mayores ingresos: el 30% de éstos realiza el 80% del total de gasto por este concepto, en  comparación al 3.7% del 30% de los hogares de menores ingresos. Lo ridículo de la iniciativa es que Hacienda funda su decisión en los que arrojó la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Cultural 2010 del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes que según ellos, “permiten vislumbrar los porcentajes a nivel nacional del acceso y asistencia a estos espacios culturales”. La encuesta dice que sólo el 9.8% de la población nacional encuestada (de agosto de 2009 a agosto de 2010) ha asistido a estos eventos culturales, caso contrario muestran los eventos musicales (con 33.3% de asistencia). Señala además que las grandes compañías promotoras de este tipo de eventos destinan mayores cantidades pecuniarias para promover con soltura dichas actividades, por lo que ya no es necesario apoyarlas. Me burlo de la citada encuesta que toma Hacienda como base, por ser un documento no confiable. Está comprobado que fue uno más de los negocios sucios de Alejandra Sota, ex vocera de la Presidencia de la República en el gobierno de Felipe Calderón, quien pagó por ella más de 7 millones de pesos a una empresa sin experiencia en este tipo de mediciones. La empresa es Defoe Experts on Social Reporting y sus dueños un grupo de amigos y ex colaboradores de ella, como Rafael Giménez Valdés, ex director general de Investigación y Análisis Estratégico en Los Pinos, y coordinador de Opinión Pública de la Presidencia ¿Por qué CONACULTA no encargó la encuesta al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), que por cierto viene  trabajando la Cuenta Satélite de Cultura? ¿Por qué no a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) quien corrió la primera encuesta de 2003? ¿Por qué no a IBOPE? Lo menos que podría hacer el actual titular del CONACULTA, es quitarla de la página oficial del Consejo, por la cuenta que nos traen estos resultados ante la visión economicista de la Secretaría de Hacienda, que no entiende que gravar el consumo cultural es deteriorar el desarrollo humano; que el esparcimiento y el aprovechamiento del tiempo libre para la recreación es una necesidad cultural equiparable a la necesidad social de alimentarse bien. 

lunes, 17 de junio de 2013

La medición del consumo cultural en México

Hace 15 años no existían en el continente latinoamericano encuestas ni indicadores que permitieran medir el consumo cultual. En la actualidad, tomando como punto de partida el trabajo pionero La cultura da trabajo, entre la creación y el negocio (1997), que demostró con una metodología especializada, el valor económico de la cultura en Uruguay, elaborado por Luis Stolovich, Graciela Lescano y José Mourelle, y sin dejar de reconocer las aportaciones en nuestro país de Jorge González en relación a este tipo de consumo, hoy podemos presumir definiciones como esa de “Indicador cultural”, ofrecida por el brasileño Teixeira Coelho (2000), como “un referente de causalidad y cambio en los parámetros artificiales que construimos, ya sean cuantitativos o cualitativos, para modelar el posible cambio del actuar humano y valorar las alteraciones de los bienes, productos o ideas en un espacio y tiempo determinados”.
En 2004 nuestro país publicó la primera Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales. Un año después el economista Ernesto Piedras con el apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes publicó ¿Cuánto vale la cultura? Dos años después, él y el antropólogo Néstor García Canclini, publicaron Las industrias culturales y el desarrollo de México, un análisis sobre la importancia de estas industrias en clave de desarrollo bajo la perspectiva de cada uno de los autores. En 2009 diversas instancias públicas y privadas del gobierno de Chile publicaron la Canasta básica de consumo cultural. Una herramienta para garantizar el derecho a participar de la vida cultural y el acceso a los bienes y servicios culturales, en el que establecieron índices como el de Desarrollo Humano de Género, el Índice de Dinámica Cultural, el de Potenciación al Género y el de Recursos Culturales.  En 2010 fue publicada en nuestro país la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales, que esta ocasión tuvo datos desagregados por entidad federativa.
Un año antes, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad), publicó el Marco Estadístico Cultural, en el que se muestra la dimensión económica y social de la cultura, así como diversos conceptos, estructuras y códigos internacionales de clasificación en la materia, y presenta a México como líder continental en industrias creativas.
Esta semana fueron presentados dos trabajos estadísticos más: ¿Cómo vamos Ciudad de México? Un proyecto realizado en ciudades de América Latina y en algunas del país, que en el rubro de cultura y recreación, muestra hábitos y principales actividades ligadas al entretenimiento, que los ciudadanos suelen hacer una vez al año.
El otro resultado es un libro más de la dupla Néstor García Canclini y Ernesto Piedras, Jóvenes creativos: estrategias y redes culturales. Un trabajo que muestra las estrategias utilizadas por los artistas visuales, músicos, editores y creadores multimedia en la creación de sus propios empleos, así como la novedosa forma de agruparse y construir redes en la Ciudad de México en su calidad de “prosumidores”. Es verdad que no siempre es posible medir las creencias y valores en forma directa, pero sólo a condición de aceptar que sí es posible medir las prácticas y comportamientos asociados a ellos. Sin duda, aún falta mucho por hacer, pero haber pasado de lo coyuntural a lo estructural en la medición del consumo cultural, en un periodo de 15 años, no está a mal.