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lunes, 25 de febrero de 2019

Para selfimismados e infoxicados


Para selfimismados e infoxicados


Carlos Lara G.

Decía José Emilio Pacheco que vivir es tener espacio. Ya lo ven, una concepción de la vida tan simple como verdadera que no terminan de entender ni arquitectos, ni políticos ni empresarios de la urbanalización. Lo digo porque nunca como ahora las ciudades habían adquirido tanto el esquema informacional en sus trazos y servicios. Nunca como ahora, el selfimismamiento había sido tan visible entre la gente, en detrimento del sano esparcimiento y la recreación. Nunca como ahora la ansiedad tecnológica había generado tantos mercados en esto que llaman la economía de la atención. Lo anterior viene a cuento porque hace cinco años comenté que un grupo de empresarios españoles lanzaba el primer hotel para twitteros en la ciudad de Mallorca operado por la cadena Meliá. Sol Wave House lo llamaron, y fue pionero en la manera de fusionar redes sociales y alojamiento. Su especialización en el uso del Twitter, les permitía ofrecer hospedaje cerca del mar, así como servicios mediante un hashtag #SocialWave, exclusivo de la red wifi del establecimiento que funciona por medio de una sala de chat virtual en la que sus huéspedes interactúan, comparten fotos y sus cambiantes estados de ánimo en 140 caracteres. Asimismo, conocer a otros huéspedes a través de la red, acudir a ciberfiestas decoradas con los colores del Twitter, incluso hacer pedidos de mini bar utilizando los ingeniosos hashtag #Fillmyfridge. El trabajo de los twitter-conserjes es atienden a los huéspedes a través de Internet, animarles y generar ciberconversaciones.

Como decía, nunca antes se había invertido tanto tiempo y dedicación en fomentar y acentuar la dependencia tecnológica; una de las características de nuestra modernidad líquida Baumaniana, que nos muda del mundo de las costumbres y tradiciones al de los estilos de vida, donde sólo tiene valor aquello en lo que la gente invierte tiempo y dinero. Espacios y comunidades donde las únicas que hablan son las tarjetas de crédito.

No hace falta explicar la ironía. Depender de un teléfono para “pasarlo bien” en un espacio que se supone está diseñado para alojarse y descansar. En todo caso resaltar la incapacidad de estar solos con uno mismos. Ya pueden decir que este tipo de hotelería es parte del futuro esparcimiento como una tendencia que fortalece la tesis del maestro Jesús Martín Barbero en sus estudios acerca de la comunicación en clave cultural. Al establecer, dice, la aplicación del paradigma informacional a las ciudades; al acelerar el flujo de los tráficos vehicular, informático y telefónico, tal parece que ya no nos quieren juntos, sino conectados, pues una cosa es encontrarse socialmente con el otro y otra conectarse, esto último devalúa el espacio de la ciudad, incluso de no lugares como este tipo de hoteles.

Ahora bien, un hotel para twitteros como este no dista mucho lo que hacen cientos de alcaldías de nuestro país al adaptar los parque como ciberjardines, que los usuarios (ya no ciudadanos) dejan de utilizar como espacios para el esparcimiento y la recreación, transformándolos en una extensión de sus ocupaciones.

Por otro lado, existe ya un hotel en el que no pagas si eres capaz de no mirara el celular durante tu estancia. Sí, un establecimiento sueco, el Hotel Bellora, en la ciudad de Gotemburgo, adaptó una de sus habitaciones con una lámpara inteligente que mide las conexiones a Internet de sus clientes e indica el incremento del precio cambiando de color. Esto es, el precio se establece en función del tiempo que pasas conectado. El innovador servicio, denominado The Check Out Suite, comenzó el 14 de febrero pasado, con el propósito de que sus clientes pudieran relajarse, lejos del estrés que provocan las redes sociales y puedan pasar tiempo de calidad en su estadía. El servicio se presta en colaboración con una compañía de seguros de nombre Länsförsäkringar, responsable de la lámpara inteligente Skärmfri. Invento sueco programado para medir el tráfico de Facebook, Instagram, Twitter, YouTube y Snapchat de los usuarios con dispositivos conectados a su misma red.

Funciona más o menos así: llegas a la habitación, conectas tu teléfono a la red wifi del hotel, a la que está conectada también la lámpara, en ese momento comienza a emitir una luz blanca que va tornando en rojo por cada minuto que pasas pendientes de tus redes sociales. De esta manera te recuerda que llevas demasiado tiempo enganchado a Internet y el precio de la noche se va determinando después de que dejas la habitación, en función del tiempo de uso, registrado por la lámpara. Si eres capaz de abandonar por completo las redes sociales durante tu estancia, es decir, de descansar, el alojamiento es gratuito. Si no, te cobrarán 20 coronas suecas (equivalente a 40 pesos) por cada minuto que pases online. Si sobrepasas el límite de media hora que el hotel considera apropiado para dos personas, pagas el máximo, poco más de cinco mil pesos. 

Creo que los impulsores de este tipo de iniciativas saben bien que vivir, como decía el maestro Pacheco, es tener espacio; para uno, para quienes viven con nosotros, y para quienes conviven entre nosotros.

sábado, 14 de abril de 2018

Los numerati y el álgebra de la vida moderna


Los numerati y el álgebra de la vida moderna 

Carlos Lara G.

El álgebra de la vida moderna es una gran canción de Fito Páez, del disco Enemigos íntimos (1998). Retrata muy bien el delirante momento que vivimos como sociedad. Tomo prestado el título para unirlo a la tesis de un libro que acabo de leer, del colega Carlos Elías Pérez, intitulado El selfie de Galileo, software social, político e intelectual del siglo XXI. La obra nos ayuda a entender el poder de los numerati, estos marcatenientes de la red que controlan todo a través de algoritmos. Nunca las humanidades y las matemáticas habían estado tan de la mano, como señala el autor. Al analizar las matemáticas y la construcción de la realidad, lo hace precisando el término “Realidad”, en el marco de los adelantos tecnológicos que han generado fenómenos como el Second Life, así como la manera en que el mundo real se está definiendo como una consecuencia de la realidad virtual. Por ello, sostiene que el término “Ciberespacio” admitido por la RAE, ya no explica lo que ocurre en la sociedad de la segunda década del primer siglo del tercer milenio. Acude así a la definición de “Cibernética”, definida como el estudio de las analogías entre sistemas de control y comunicación de los seres vivos y de las máquinas; y en particular el de las aplicaciones de los mecanismos de regulación biológica a la tecnología. Esto es, biología y tecnología unidas en un mismo espacio definido en el entorno informático. 


Esta reflexión es reveladora si consideramos que, cuando se desarrolló la informática y la robótica y, en general lo que hoy conocemos como cibernética, se esperaba que la tecnología imitara a los seres vivos; jamás se previó la posibilidad de que los seres vivos desearan con tanto ahínco imitar a la tecnología. Hoy vemos una sociedad real deseosa de imitar patrones de la realidad virtual, con algunos eventos donde ya la inteligencia artificial y los algoritmos de los numerati están tomando el control de las acciones. Cambridge Analytica ha llevado a Mark Zukerberg, no solo a comparecer ante el senado estadounidense, sino también a cambiar los protocolos en la gestión de datos de los usuarios. Estamos pues ante una nueva realidad, que no es realidad virtual porque trasciende el ámbito informático, pero que tampoco puede entenderse sin la realidad diseñada en el entorno cibernético, sin las presiones de la opinión pública virtual que son cada día más determinantes en el espacio público. Esta nueva relación, entre lo real y lo virtual, podría definirse como bien sugiere Carlos Elías, como una “Ciberrealidad”, por hacer referencia a la realidad de los seres biológicos (los humanos), pero condicionada por lo que sucede en el entorno virtual. 

Un nuevo ecosistema comunicacional, nos diría otro Carlos, Scolari, investigador de las Hipermediaciones, a partir de su metáfora del estanque: un depósito en el que habitan diferentes bichos, y un día alguien introduce una especie distinta que comienza a alterar el ecosistema. La interrelación entre la  nueva especie y el resto, puede dar pie a la presencia de otro depredador, puede ser deborada y ser un ente maligno para algunas especies, o bien, generar una especie nueva más resistente y poderosa. Lo mismo ocurre en el ecosistema de los medios de comunicación, emergen nuevos medios, los numeratis diseñan nuevas aplicaciones y plataformas que depredan, mutan e impactan en el estanque  sociocultural de la opinión pública.

En el marco del Talent Land en Guadalajara, fue presentado el primer androide con inteligencia artificial avanzada creado en el planeta. El evento generó una gran fascinación por su grado de inteligencia, así como cierta preocución por el futuro, si este tipo de especie  entrase en contacto cotidiano con los humanos. Sophia es el nombre del androide y puede mantener dos tipos de conversaciones, casuales que implican intercambio de información básica y diálogos más complejos con argumentos programados en su disco duro. Si la identidad digital existe, y tiene como base la portabilidad numérica, Sophía es la representante de esta nueva identidad, la ciudadanía que le ha sido otorgada por el gobierno de Arabia Saudí, sostiene la afirmación. 

Respecto a la preocupación de que la inteligencia artificial actúe en contra de los humanos, como ocurre en las películas de ciencia ficción, hay que decir que esto ya sucede desde que el hombre dejó de hacer simbiosis con la naturaleza para hacer simbiosis con la tecnología. Desde entonces, no hemos dejado de pagar facturas en diversos ámbitos de la vida. El cambio climático es uno de ellos. En el terreno de las relaciones sociales y el comportamiento humano, tenemos las fake news, la infoxicación, la crisis de atención, el selfimismamiento en que vivimos, la privatización de la opinión pública que ejercemos en un entorno de aparente libertad y los dispositivos digitales como armas de distracción masiva.  

Hace un par de meses leí una entrevista difundida por Infobae/Sin embargo, al tecnólogo  del Centro sobre Responsabilidad en las Redes Sociales de la Universidad de Michigan, Aviv Ovadya, quien viene advirtiendo de los excesos de la economía de la atención creada por los numerati, debido a que no hay un sistema de controles y equilibrios que permita un uso adecuado en términos, no solo comerciales, sino también sociales. Las predicciones de Ovadya nos colocan en la peligrosa situación en la que cualquier persona u organización política con los recursos y malicia suficiente, puede desatar la infocalipsis. Sí, diseñar una realidad matemática para desatar problemas políticos y diplomáticos de consecuencias lamentables. La ecuación es simple: un algoritmo de aprendizaje automático, nutrido de cientos de horas de videos con mensajes de contrastes, diseñados para generar una incesante interacción, que vaya configurando una realidad virtual casi imperceptible. No olvidemos que el contenido de las plataformas es gobernado por incentivos emocionales y sensacionalistas, que es la base de la economía del like, lo que explica en parte el contenido de baja calidad que abunda en ecosistemas como Facebook, Twitter y YouTube, potentes aceleradores de contenidos.

Lo anterior tuvo sus inicios hace varias unas décadas. Uno de los primeros en observar este fenómeno fue Walter Lippman, en honor a él fue acuñado el término “Recurso lippmaniano”. Una corriente que intenta determinar la realidad, no precisamente por lo que experimentamos, sino por lo que publican los medios de comunicación, a los que hoy habría que agregar las nuevas plataformas mediáticas y redes socioculturales. Lo grave de esta realidad falsificada es que atenta contra uno de los fundamentos del discurso humano, que es justo la credibilidad de los hechos, como bien señala Ovadya.

El escritor y matemático Marcus Du Sautoy, en su reciente libro Lo que no podemos saber, aborda, entre otros, los límites del conocimiento científico. Una de sus premisas es que los que entienden matemáticas controlan el mundo: “Creo que la gente se da cuenta de que los numerati, los que tienen las matemáticas, tienen poder”. Otra, es que el conoccimiento es como una hidra griega: cortas una cabeza y aparecen dos más. Esta imagen del conocimiento es un círculo que, según crece, el borde, que representa la frontera con lo que desconocemos, también parece agrandarse. Enfatiza la relevancia que están teniendo las matemáticas, el idioma de los nuevos Jefes de Estado, los marcatenientes, los numerati de Google, Facebook y Apple, así como la necesidad de establecer límites, como de hecho está haciendo el senado estadounidense. 

La economía de la atención diseñada y promovida por los numerati, nos ha instalado en una excesiva abundancia, ante la desinformación y carencia de curaduría en los contenidos, pero quizá lo más grave de todo sea la privatización de la opinión pública, camuflada mediante algoritmos, la comercialización de las relaciones sociales, la venta de nuestros perfiles y esa desenfrenada e incorregible manera de compartir contenido basura, actitud que cierra la ecuación de este modelo económico. Todo esto que lleva a los perfilados de las redes, a la apatía, a la infobesidad, a la desorientación, a la individualidad colectiva ejercida y recreada en una profunda soledad, en una aparente sociabilidad (en redes). Tenemos una comunicación tecnológicamente más rica, pero humanamente más pobre, nos dice Dominique Wolton. Por tanto, la soledad parece ser la mejor forma de estar acompañados, como señala el poeta Raúl Bañuelos. Es la ecuación de la vida moderna, afirma el maestro Fito Páez.