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domingo, 18 de marzo de 2018

El libro de compañía, o el tsundoku en la era de la infoxicación

Estoy leyendo un sugerente y provocador ensayo del escritor y analista Michael Bhaskar sobre la importancia de la curaduría, su entendimiento no propiamente como la conocemos, asociada al arte, sino a la vida misma, de cómo determina el problema de la abundancia de contenidos, de información, de entretenimiento. En síntesis, el poder de la selección curatorial en un mundo de excesos como el que vivimos, donde la escasez ya no es un problema.

En la parte inicial del ensayo, Bhaskar señala que parte de los problemas que padecemos en la actualidad mediática, no son propiamente causados por la tecnología,i la globalización o los hábitos de lectura, sino también por una fuerza más allá de uno de estos factores: el exceso de oferta. Una tendencia identificada por el autor, detrás de otras tendencias que dificultan el mercado editorial. Lo anterior, en el mundo del consumo editorial, nos lleva a experimentar eso que los japoneses llaman, tsundoku, un juego de palapbras que significa “pila de lectura”, apilar libros, dejar que algo se acumule, en concreto, comprar libros para no leerlos, sino acumularlos para después. Recuerdo que una querida amiga promotora de la lectura, solía decir que un libro era siempre una promesa. En efecto, a todos nos ha pasado en menor o mayor grado. Entre las razones que percibo está la falta de tiempo, la falta de hábito lector y la infoxicación que padecemos, precisamente porque nuestro entorno carece generalmente de curaduría y eso nos hace perder lo que menos tenemos, tiempo.  
Hace un par de días, captó mi atención un twitt que escribió @jOsearcadiO al guionista Guillermo Arriaga, en el que dice: “Espero pueda responderme una pregunta. Si se compra un libro y empieza a leerlo, pasan muchas páginas y no le atrapa la historia, estilo etc. ¿Se obliga usted a leerlo, o habiendo tanto por leer en el mundo, pasa de dicho libro? A lo que el guionista respondió: “Le doy una oportunidad al empezar. Si no termina por convencerme después de determinado tiempo, lo dejo. Eso no quiere decir que sea malo. Simplemente no estaba escrito para mí. Hace años que dejé de obligarme a terminar un libro”. Tanto la pregunta como la respuesta nos regala una fotografía del momento que vivimos. La falta de curaduría, de críticos, de filtros que nos ayuden a no perder tiempo. A no hacer de la lectura una obligación.
María Luisa Funes, periodista del diario ABC, considera que para muchas personas, estar rodeados de libros aporta una sensación placentera y reconfortante, da la tranquilidad de tener más conocimientos y entretenimientos a mano. Bajo esta lógica, puede ser que comprar libros sin fin, dice, no sea otra cosa que seguir buscándose a sí mismo en cada uno de ellos. 
Ahora bien, en el caso de quienes padecen tsundoku, llama la atención que esta especie de coleccionista-lector no desee dejar su vicio; es más, gasta demasiado en libros y suele atiborrar cualquier espacio disponible, echando mano del suelo si es necesario. Por cierto, la periodista considera que, dado que ninguna palabra en español hace referencia precisa a este hábito de comprar libros compulsivamente para terminar dejándolos apilados sin leer, propone el término “libro de compañía”. Para mí, sería más adecuado utilizar el término procrastinación, que es justo lo que solemos hacer, procrastinar.  
Esta anécdota no podría tener mejor final. Resulta que como suele ocurrir a menudo, los japoneses han encontrado una posible respuesta al padecimiento del tsundoku, a decir de Bhaskar. En el distrito de Guinza, ubicado en la ciudad de Tokio, existe una librería que solo vende un libro por persona. Lo sé, puede no ser la solución, pero creo que podría reforzar el hábito lector y hacer que el libro deje de ser una promesa, una simple compañía, una moneda social e incluso, una obligación.  

sábado, 25 de octubre de 2014

El égola inoculado de los BookTubers

Como todo lo ensalzado por las industrias de la moda y del aligeramiento efectista de la cultura, la industria editorial y los medios de comunicación, han presentado a partir de su presencia en la Feria del Libro de Monterrey, a los denominados BookTubers (jóvenes que recomiendan libros a través de YouTube a cambio de dinero, estímulos o regalos editoriales), como los nuevos críticos literarios. Nos hablan de una profesión emergente que, en efecto, comenzó como parte del uso de su tiempo libre de estos jóvenes. El número de “likes”, el rating de las redes sociales, los hizo visibles para la industria y comenzaron a recomendar libros a petición de parte. Estamos ante un movimiento de redes sociales cuyo modelo de negocios se encuentra aún en etapa embrionaria, no así el  ego que comienza a caracterizar a sus protagonistas, que está ya inoculado. Pocas posibilidades tienen de ocupar el privilegiado lugar de los críticos literarios, quienes han fungido como filtros y guías de los lectores, y para ello han tenido que pasar la mitad de su vida leyendo, estudiando, investigando y escribiendo. Por ello me parece demasiado apresurado el ensalzamiento que los medios y la industria editorial hace de esta tendencia, de este pasatiempo juvenil; en particular la forma en que lo convierte rápidamente en negocio y logran hacer que una parte de los lectores lean por encargo las recomendaciones editoriales de jóvenes sin el estudio, preparación y experiencia de los verdaderos críticos literarios. Este ensalzamiento es el que ha generado más escritores que lectores, como diría Emmanuel Carballo. Está apuntalando una cultura que es parte ya de los pilares que sostienen la actualidad humana en su existencia contemporánea, esto es, el sistema financiero, los medios y la digitalización de la sociedad, así como una tendencia social en la que es mejor mostrar que explicar, en particular en el mundillo de las redes sociales, donde reina la publicación del estatus. Aquí es donde reside el éxito de los BookTubers, en la publicación del estatus. Todo esto en el marco de una cultura que ha dejado de ser un estimulante, como bien apunta Bauman, para convertirse en un relajante. En mi opinión, estamos ante un grupo de screenagers que de momento puede aspirar a traducir las obras de Jordi Rosado, y de todos aquellos cantantes juveniles que la industria ha lanzado como escritores, screenagers que deben aprender a inhalar el helio que inyecta la industria editorial y los medios del infotainment, sino quiere nmorir a causa del égola que esto produce.