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lunes, 16 de marzo de 2015

La resiliencia cultural en el proceso de regeneración del tejido social

El término resiliencia como muchos saben es propio del campo de la física. Sin embargo, recientemente diversos especialistas lo han trasladado al terreno de la psicología y las relaciones humanas. Como concepto está relacionado a la resistencia a los materiales, y es precisamente esa idea de resistencia la que atrae para sugerir su adopción para el terreno de la cultura, y más particularmente de la gestión cultural, como un conjunto de procesos socioculturales e intrafísicos que pueden posibilitan una vida sana en un medio insano. Lo anterior, teniendo claro que es necesario cambiar las circunstancias externas para llevar una vida sana, pero más importante es desarrollar habilidades internas (de resistencia y templanza) que permitan tener una vida sana en un medio cada vez más insano.
Pienso en la reflexión del colega Carlos Villaseñor, acerca de la necesidad de revalorar las Casas de la Cultura en el país. Es necesario elaborar e implementar una política orientada a su óptimo funcionamiento; enmarcarlas en ese pretendido desdoblamiento de la dimensión social de la cultura y el restablecimiento del tejido social.  Una política pública para el desarrollo de estos espacios que han demostrado ser, a golpe de acciones culturales, escuelas de sana recreación y convivencia. Herencia de la política cultural francesa André Malraux, quien estableció la primera casa de la cultura en junio de 1961 en la ciudad de Le Havre. Con esta acción marcó de manera simbólica una etapa en la política de descentralización cultural que se planteó. Las Casas de la Cultura en México deben ser los ojales por donde se enhebre el hijo que urda el tejido social. Considérese que en la mayoría de pueblos y localidades del país puede no haber infraestructura para otros servicios, pero una casa de cultura siempre; son como el kiosco, ahí están, a la deriva de las ocurrencias de alcaldes y funcionarios, que a falta de sentido común las convierten en oficinas del DIF, en caseta de policía…Y todo por falta de una política pública en la materia.
Como se señala al inicio, la propuesta de resiliencia cultural puede ser entendida por extensión metafórica, como la capacidad que tiene un material para recobrar su forma, luego de haber estado sometido a altas presiones. Esa característica elástica es la que resaltan algunos especialistas en el terreno de las ciencias sociales para sugerir que un ser o un grupo resiliente no retorna a un estado anterior al estrés o situación de adversidad debido al contrario a la facultad demostrada por el ente afectado para transformar dicha presión en oportunidad de impulso. En ese sentido, la resiliencia no debe ser entendida como invulnerabilidad, sino como esa capacidad voluntaria de superación. Su resultado más incuestionable es la adaptación exitosa frente y pese a circunstancias azarosas, como bien señala el Dr. Michel Duquesnoy de la Universidad Bernardo O´Higgins de Santiago, Chile. Especialistas como Aldo Melillo y Néstor Suárez Ojeda reconocen en el concepto de resiliencia dos vertientes importantes, por un lado la virtud de aguantar las desgracias; por el otro, la capacidad de fortalecerse a partir de ellas. Esto es, dos componentes positivos íntimamente vinculados actuarían de forma complementaria e interactiva: la resiliencia a la desintegración y la capacidad para reconstruir sobre escenarios o factores hostiles. Ahora bien, para Stefan Vanistendael, el concepto tiene igual relevancia en la persona que en grupos enteros, los que en definitiva se componen de entes (agentes) particulares. Señala incluso que la mayoría de las publicaciones actuales aplican el instrumento “resiliencia” al entendimiento de ciertos comportamientos de superación tanto a individuos como a colectividades. Afirma que la resiliencia “es la capacidad de un individuo o de un sistema social de vivir bien y desarrollarse positivamente y de un modo socialmente aceptable, a pesar de condiciones de vida difíciles.
En lo personal considero que el lazo social que apoya e impulsa la integración y desarrollo de las familias mexicanas, puede ser el elemento primario que dé cabida a un proceso de resiliencia cultural, encaminado a cohesionar los elementos de identidad mínimos de las personas que permitan su  convivencia. Un espacio secundario sería la recuperación de espacios públicos para el sano esparcimiento; de esta manera el lazo se extiende al tejido social, haciendo vivible el entorno inmediato, aunque el ambiente general siga siendo insano y decadente. En esto las casas de la cultura desempeñan un papel fundamental como la red de espacios estratégicos que pueden hacer del lazo un tejido y una urdimbre sociocultural importante para el desarrollo humano integral de las personas y las comunidades del país. A 55 años de la instalación de la primera casa de la cultura en el mundo, es pertinente pensar en sus valiosas contribuciones al proceso de resiliencia cultural que requiere la sociedad mexicana, una sociedad que no será la misma, de acuerdo a las reglas de la resiliencia, al terminar la pesadilla de inseguridad y debilitamiento del Estado que está viviendo en estos momentos.

martes, 25 de noviembre de 2014

La cultura y el multicitado tejido social

El presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Rafael Tovar y de Teresa, dijo que la cultura era lo único que podía restablecer el tejido social. La declaración ya no llama la atención de nadie, entre otras cosas porque esa frase hecha, se ha dicho tanto como eso, como una frase hecha.
Y para frases hechas, respuestas hechas: ¿Cuántos metros o kilómetros se han re-hilvanado en el sexenio de ese multicitado y maltrecho tejido social? Comparto sí, su señalamiento de que la cultura deberá seguir siendo el referente para poder tener una mejor vida colectiva, aunque no su arranque de idealismo: “incluso en momentos aciagos como este en el que observamos en actos de brutalidad tan grandes como la desaparición de los jóvenes de Ayotzinapa”.
La cultura será esto que dice el presidente del Conaculta cuando vaya más allá del discurso institucional. Hoy vuelve a ser llamada por el gobierno para remediar una vez más, los errores provocados por la política y la economía; y contrario a lo que se pudiera pensar de un país que ha sido líder en el desarrollo de políticas culturales, es el mismo gobierno quien la deja a la zaga de las reformas estructurales recientemente aprobadas.
 Cercanos ya a la mitad del sexenio, vemos cómo el discurso presidencial, el Plan Nacional de Desarrollo y el Programa Especial de Cultura y Arte, conciben y promueven a la cultura como el ámbito regenerador del tejido social, pero la dejan fuera de las reformas que le pudieron dar un estatus jurídico al Conaculta, una ley de cultura, o bien, la ley reglamentaria del principio constitucional plasmado en el artículo 4to., que establece el derecho de acceso a los bienes y servicios culturales que presta el Estado. La cultura será eso que dice el presidente del Conaculta cuando el subsector cultura sea un sector y la implementación de sus acciones sean transversales y tengan mayor fluidez en la administración pública. Cuando esté en mejores condiciones de desarrollar la tan anhelada política cultural del siglo XXI.

En tanto, seguirá siendo un atractivo elemento discursivo.
 
Nota publicada en el diario La Crónica